| |
El sentido de pertenencia nos mueve a
manifestaciones de apoyo a los equipos
deportivos que nos representan. Experimentamos
gran regocijo al presenciar una competencia
entre equipos del barrio, locales o torneos
nacionales, pero siempre nuestras preferencias
estarán dirigidas a uno en particular, aquel
equipo que por diversas razones creemos que
forma parte de nosotros, que nos identifica y
que posee los valores culturales, sociales, de
arrojo, destreza y valentía que garantiza la
victoria en la competencia. Como espectadores
buscamos ser partícipes de la gloria del
vencedor sin mayores esfuerzos que los que
demanda ser parte de esa masa anónima que
llamamos fanaticada.
Ahora bien, toda competencia deportiva no es más
que un conflicto simbólico más o menos velado,
donde se expresan manifestaciones chovinistas
que nos vienen dadas como recurso necesario de
supervivencia que incorporó la naturaleza, desde
mucho antes que existiéramos como especie, a
nuestro proceso evolutivo, es decir, la
violencia se manifiesta como fundamental acicate
para sobrevivir en un mundo donde las otras
especies parecen naturalmente mejor dotadas. La
observancia del comportamiento de primates
demuestra que los simios se mantienen en grupos
diferenciados y en permanente competencia
preservando así la carga genética y cultural que
los define. Los primeros hombres nómadas,
cazadores y recolectores, debían mantener la
tribu bajo los mismos patrones de comportamiento
donde lo interno al grupo prevalecía ante lo
externo, en función primordial de defender a los
suyos de toda amenaza que viniera de afuera de
un territorio reconocido como propio.
Esta práctica se proyecta hasta nuestros días y
es en esencia la motivación de todo
enfrentamiento, llámese competencia deportiva o
conflicto bélico: la violencia. El deporte en
general y el de competencia en particular
funciona como válvula de escape a ese violento
instinto de conservación que todos arrastramos.
La historia de la humanidad nos da claros
indicios de ésto y de cómo la guerra y el
deporte mantienen vínculos aparentemente
indisolubles, de los cuales es emblemático el
enfrentamiento entre El Salvador y Honduras a
finales de los 60 como consecuencia de una
disputa entre equipos de fútbol. Todo deporte
posee una gran dosis de violencia. Ha sido así
desde tiempos inmemoriales; recordemos el
tlachtli, deporte ritual practicado por los
aztecas precolombinos, el ancestral buzkashi
afgano jugado con el cuerpo de un cordero muerto
como pelota (antaño fue la cabeza del enemigo
capturado), los combates de gladiadores en el
imperio romano, y un sin fin de eventos que a lo
largo de las celebraciones de los juegos
olímpicos, se han dado con su correspondiente
saldo de muertes. Violencia que contagia al
espectador, a veces, hasta el paroxismo que
cobra vidas humanas, como el caso de los
italianos golpeados hasta morir por exaltados
fanáticos ingleses. Y aquí es necesario incluir
otro concepto: la política.
La sentencia del teórico de la guerra Carl von
Clausewitz sobre “la guerra como continuación de
la política por otros medios”, establece la
relación estrecha entre ambos conceptos, como
caras de una misma moneda y de éstos (lo
inferimos) con el deporte como reminiscencia
ancestral de la misma pulsión xenofóbica y sus
formas agresivas de expresión. Precisamente en
la Grecia antigua fueron organizadas las
olimpiadas como un paréntesis en las guerras,
podríamos decir, parafraseando a Clausewitz que
era la continuación de la guerra por otros
medios. Para los diseñadores que pensamos el
diseño en su sentido más general- como la
capacidad que tiene el hombre de trazar las
tareas necesarias para alcanzar un objetivo, y
que por lo tanto, no lo desligamos de la acción
consciente inmediata para alcanzarlo (táctica) y
la motivación última (estrategia), vemos en el
escenario de lo social un inmenso campo de
estudio y de reflexión. |
|
La
guerra, la política y el deporte como
actividades profundamente humanas, y la cualidad
violenta común a ellas, interaccionan de tal
modo que se hace necesario comprender las causas
que los sustentan y poder dilucidar nuestro
papel como elementos activos en el marco de la
sociedad que los genera, ya sea como deportistas
o como espectadores.
Los profesionales del deporte no sólo los
beisbolistas, si no también los tenistas,
futbolistas, basketbolistas, etc., conforman un
ejército de reserva del cual pocos serán
escogidos para integrar aquellos equipos élites
cuyas maquinarias son engrasadas por millones de
dólares y que se les acepta en la medida de su
condición de asalariado altamente plusválico,
sin que importe su suerte al ser vendido al
mejor postor, o una vez que han superado la edad
necesaria que garantiza su mejor rendimiento.
Son trabajadores que por sus altos niveles
salariales devengados y el mundo de espectáculo
que les rodea, difícilmente trascienden el
interés mercantilista que les mueve y que la
política para ellos, en el mejor de los casos,
es un tema subalterno. A los espectadores se les
mantiene circunscritos a su condición de
fanáticos (público), o sea, en un estado
acrítico de defensa desmedida de lo que
considera “su” divisa. El fanático no presencia
el juego para su disfrute, su búsqueda es la
emoción que le pueda proporcionar la victoria de
su equipo sin importar los medios con que se
alcance. Esa condición de fanático lo hace presa
fácil de la manipulación a que es sometido por
los medios de información, herramientas
esenciales del sistema para la conformación de
una opinión pública favorable para su
perpetuación.
Una sociedad que se plantee la transformación
sustancial de sus estructuras en función de
conformar un estado de justicia y equidad, debe
apostar a la solidaridad entre sus individuos,
priorizar por una educación del pueblo (que no
público) que le devuelva su condición soberana
consciente de su acción cívica y sortear así los
peligros que le acechen.
El sentimiento de patriotismo puede ser
saludable y necesario para la defensa de la
nación, y un cierto grado de violencia bien
canalizada mantendría un espíritu joven y
combativo en la población. El Estado debe crear
las condiciones para que ello sea posible y si
algún enfrentamiento es inevitable, que se
justifique decir como Clausewitz que “la forma
más bella de conflicto armado es la que lleva a
cabo un pueblo en su propio territorio, para dar
testimonio de su libertad e independencia”.
Quizá en un futuro no muy lejano, toda forma de
exclusión y las guerras que les son inherentes
pasen a ser parte del museo de la historia y la
violencia solo sea un remanente que impele al
deporte como actividad para el desarrollo del
cuerpo y la mente, a la aventura y al
descubrimiento para la grandeza de la especie
humana.
Este artículo está inspirado en las ideas
expuestas por Carl Sagan en su excelente ensayo
“Los cazadores de la noche del Lunes” publicado
en su libro “Miles de millones” el cual invito
al lector a revisar in extenso, ya que es una
lectura estimulante en grado sumo. |