El ajedrez y el dominó
  La aventura de emprender
  Reflexiones en torno
a las Ciencias del Deporte
  Donadelli y los Hooligans
  Hacia una filosofía del deporte
  El mediador fugaz
 
El deporte yaracuyano ilustrado por la vocación y la entrega:
Argenis Díaz Rangel
Rafael José "Cheo" Morales

 
  El sentido de pertenencia nos mueve a manifestaciones de apoyo a los equipos deportivos que nos representan. Experimentamos gran regocijo al presenciar una competencia entre equipos del barrio, locales o torneos nacionales, pero siempre nuestras preferencias estarán dirigidas a uno en particular, aquel equipo que por diversas razones creemos que forma parte de nosotros, que nos identifica y que posee los valores culturales, sociales, de arrojo, destreza y valentía que garantiza la victoria en la competencia. Como espectadores buscamos ser partícipes de la gloria del vencedor sin mayores esfuerzos que los que demanda ser parte de esa masa anónima que llamamos fanaticada.

Ahora bien, toda competencia deportiva no es más que un conflicto simbólico más o menos velado, donde se expresan manifestaciones chovinistas que nos vienen dadas como recurso necesario de supervivencia que incorporó la naturaleza, desde mucho antes que existiéramos como especie, a nuestro proceso evolutivo, es decir, la violencia se manifiesta como fundamental acicate para sobrevivir en un mundo donde las otras especies parecen naturalmente mejor dotadas. La observancia del comportamiento de primates demuestra que los simios se mantienen en grupos diferenciados y en permanente competencia preservando así la carga genética y cultural que los define. Los primeros hombres nómadas, cazadores y recolectores, debían mantener la tribu bajo los mismos patrones de comportamiento donde lo interno al grupo prevalecía ante lo externo, en función primordial de defender a los suyos de toda amenaza que viniera de afuera de un territorio reconocido como propio.

Esta práctica se proyecta hasta nuestros días y es en esencia la motivación de todo enfrentamiento, llámese competencia deportiva o conflicto bélico: la violencia. El deporte en general y el de competencia en particular funciona como válvula de escape a ese violento instinto de conservación que todos arrastramos. La historia de la humanidad nos da claros indicios de ésto y de cómo la guerra y el deporte mantienen vínculos aparentemente indisolubles, de los cuales es emblemático el enfrentamiento entre El Salvador y Honduras a finales de los 60 como consecuencia de una disputa entre equipos de fútbol. Todo deporte posee una gran dosis de violencia. Ha sido así desde tiempos inmemoriales; recordemos el tlachtli, deporte ritual practicado por los aztecas precolombinos, el ancestral buzkashi afgano jugado con el cuerpo de un cordero muerto como pelota (antaño fue la cabeza del enemigo capturado), los combates de gladiadores en el imperio romano, y un sin fin de eventos que a lo largo de las celebraciones de los juegos olímpicos, se han dado con su correspondiente saldo de muertes. Violencia que contagia al espectador, a veces, hasta el paroxismo que cobra vidas humanas, como el caso de los italianos golpeados hasta morir por exaltados fanáticos ingleses. Y aquí es necesario incluir otro concepto: la política.

La sentencia del teórico de la guerra Carl von Clausewitz sobre “la guerra como continuación de la política por otros medios”, establece la relación estrecha entre ambos conceptos, como caras de una misma moneda y de éstos (lo inferimos) con el deporte como reminiscencia ancestral de la misma pulsión xenofóbica y sus formas agresivas de expresión. Precisamente en la Grecia antigua fueron organizadas las olimpiadas como un paréntesis en las guerras, podríamos decir, parafraseando a Clausewitz que era la continuación de la guerra por otros medios. Para los diseñadores que pensamos el diseño en su sentido más general- como la capacidad que tiene el hombre de trazar las tareas necesarias para alcanzar un objetivo, y que por lo tanto, no lo desligamos de la acción consciente inmediata para alcanzarlo (táctica) y la motivación última (estrategia), vemos en el escenario de lo social un inmenso campo de estudio y de reflexión.

  La guerra, la política y el deporte como actividades profundamente humanas, y la cualidad violenta común a ellas, interaccionan de tal modo que se hace necesario comprender las causas que los sustentan y poder dilucidar nuestro papel como elementos activos en el marco de la sociedad que los genera, ya sea como deportistas o como espectadores.

Los profesionales del deporte no sólo los beisbolistas, si no también los tenistas, futbolistas, basketbolistas, etc., conforman un ejército de reserva del cual pocos serán escogidos para integrar aquellos equipos élites cuyas maquinarias son engrasadas por millones de dólares y que se les acepta en la medida de su condición de asalariado altamente plusválico, sin que importe su suerte al ser vendido al mejor postor, o una vez que han superado la edad necesaria que garantiza su mejor rendimiento. Son trabajadores que por sus altos niveles salariales devengados y el mundo de espectáculo que les rodea, difícilmente trascienden el interés mercantilista que les mueve y que la política para ellos, en el mejor de los casos, es un tema subalterno. A los espectadores se les mantiene circunscritos a su condición de fanáticos (público), o sea, en un estado acrítico de defensa desmedida de lo que considera “su” divisa. El fanático no presencia el juego para su disfrute, su búsqueda es la emoción que le pueda proporcionar la victoria de su equipo sin importar los medios con que se alcance. Esa condición de fanático lo hace presa fácil de la manipulación a que es sometido por los medios de información, herramientas esenciales del sistema para la conformación de una opinión pública favorable para su perpetuación.

Una sociedad que se plantee la transformación sustancial de sus estructuras en función de conformar un estado de justicia y equidad, debe apostar a la solidaridad entre sus individuos, priorizar por una educación del pueblo (que no público) que le devuelva su condición soberana consciente de su acción cívica y sortear así los peligros que le acechen.

El sentimiento de patriotismo puede ser saludable y necesario para la defensa de la nación, y un cierto grado de violencia bien canalizada mantendría un espíritu joven y combativo en la población. El Estado debe crear las condiciones para que ello sea posible y si algún enfrentamiento es inevitable, que se justifique decir como Clausewitz que “la forma más bella de conflicto armado es la que lleva a cabo un pueblo en su propio territorio, para dar testimonio de su libertad e independencia”.
Quizá en un futuro no muy lejano, toda forma de exclusión y las guerras que les son inherentes pasen a ser parte del museo de la historia y la violencia solo sea un remanente que impele al deporte como actividad para el desarrollo del cuerpo y la mente, a la aventura y al descubrimiento para la grandeza de la especie humana.


Este artículo está inspirado en las ideas expuestas por Carl Sagan en su excelente ensayo “Los cazadores de la noche del Lunes” publicado en su libro “Miles de millones” el cual invito al lector a revisar in extenso, ya que es una lectura estimulante en grado sumo.

univeryaracuy@gmail.com