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  Hacia una filosofía del deporte
 
El deporte yaracuyano ilustrado por la vocación y la entrega:
Argenis Díaz Rangel
Rafael José "Cheo" Morales

 
  Para empezar, si vemos bien, casi constituye un despropósito “pensar el cuerpo”, objeto que en algo no dejará de ser esencial dentro del tema que este artículo pudiera exigirnos.

La expresión misma parece un contrasentido, un oxímoron alrededor del cual se apostan muchos otros sentidos errantes. Pensar el cuerpo es situarse necesariamente fuera de él para contemplarlo: el mismo asunto del theorós y del hombre de la praxis, de la contemplación y la acción, de la psiquis y el soma, tan necesitados el uno del otro para definirse.

“Pensar desde el cuerpo” es una expresión, si no más acertada, al menos más atractiva. Asunto de la sensualidad y sus placeres, quizás. Pero no deja de ser una expresión confusa y sorprendente para la razón. Un tanto como que el cuerpo “hable”. Pero el cuerpo sólo habla cuando molesta, según dicen: ¿El sufrimiento físico como otro lenguaje, o como lenguaje de lo otro? Cuerpo mudo que de improviso nos incomoda. El cuerpo es un no-decir. Pero, ¿cuándo el cuerpo se vuelve elocuente? Cuando habla hace que se deje de hablar. Ejemplo: el cuerpo femenino, repentinamente, se vuelve tan expresivo que nos enmudece. Sólo que, en un lenguaje que está más acá de las palabras. Lenguaje mudo más inmediato.
 

Pero la expresión “pensar el cuerpo” parece un contrasentido en la medida en que, desde ella, parece postularse la clásica separación de ambas realidades: Se piensa y se es cuerpo pero nunca o muy raramente al mismo tiempo. De allí lo muy común de la expresión: “tengo este cuerpo” o “este es mi cuerpo”, “esta es mi mano”, “este es mi cabello”, como si algo en el centro de la cabeza fuese el amo del resto. Expresiones tan extrañas como considerar el hecho de que la vista pueda pensar que el ojo es suyo. Primera observación, entonces: el cuerpo es, entre otras cosas, el lugar de una de las mayores incertidumbres de nuestra identidad. Pero es, también, al mismo tiempo, el dato fenomenológico por excelencia. Lugar de lo salvaje. Prueba de la heterogeneidad humana. La “mayor evidencia humana”, como decía Camus, es también el pretexto de una separación, de una experiencia básica de alienación, al menos en nuestra propia época. Y lugar de mediaciones, acorazamientos, domesticaciones y manipulaciones.

Su importancia es crucial: lo demuestra la inmensa bibliografía actual sobre este tema. Su protagonismo social también queda patente en la evidente masificación del deporte y el cuerpo como elemental objeto de consumo y como instrumento esencial de provecho comercial y político. El atletismo estatal y el corporativo se parecen más de lo que pudiéramos creer para no advertir nuestras limitaciones como individuos libres. Y de allí, la ambigüedad del deporte contemporáneo que puede ser considerado o como libre forma de cultura o como opio del pueblo: ¿En qué momento exacto deja de ser una cosa para ser la otra?

Sobrevaluación y devaluación del cuerpo, extremos frecuentados. Casi no hay joven que no sueñe con “derrochar físico” sobre la playa y “capitalizar” miradas (al tiempo que es también ésta la más extrema experiencia de plenitud del ser a que puede aspirar) mientras hace una cómoda y radical economía de sus posibilidades intelectuales. Hasta el colmo mismo de la mezquindad más excesiva del simple papanatas: desafortunado encuentro de esplendor e imbecilidad y nueva forma de la miseria en nuestra época. Pero es que casi no hay quien no invierta en la defensa de la elementalidad y la llaneza frente a todo lo que huela a inteligencia, como si de un bicho raro se tratara: de allí, quizás, el que los pobres nerds hayan alcanzado un prestigio peor que el de los pícaros, los patanes y los oportunistas. La pose antiintelectual tiene mayor pegada: todo lo demás es rollo. Por lo demás, nos abriga de ciertas complejidades y nos preserva en nuestras simples y cómodas rutinas. Actitud no tan desmadrada, sin embargo, cuando constatamos la común impostura y la pedantería de quienes han leído dos o tres libros casi completos, promedio excesivo de nuestro profesional básico. ¿Por qué estos extremos y rechazos y no la más sensata “sabiduría”? Y muy relacionado con ello, ¿debemos seguir indiferentes en nuestras instituciones ante el enorme prestigio nacional de la pereza mental y la estandarización de la ley del mínimo esfuerzo intelectual, el papanatismo celebrado o la mediocridad bien vestida?

El descenso y la humillación de la inteligencia, el desprestigio del pensar y del ejercicio intelectual van a la par con el éxito de cierto pragmatismo barato y con la expansión exitosa de la medianía y el materialismo más simplón.

Recuerdo la ocasión en que alguien escribió en su trabajo exigiéndonos “que la ignorancia se respetara”, como si se tratara de la heroica lucha de una nueva reivindicación social. Siento pena cuando cito la anécdota por afecto y respeto a su persona pero no puedo respetar una opinión de ese tipo. Y no sería tan descabellado buscar una relación entre tal actitud y el narcisismo físico, el culto por el reguetón, o el aumento vertiginoso del consumo de pornografía rápida por Internet.

¿Cómo se devino en este narcisismo, al mismo tiempo que también es verdad que nos falta “el cuerpo” como experiencia esencial en nuestra vida cotidiana? ¿Cómo se hizo posible el vivir en el desgarro y la tensión entre el materialismo grosero o la negación patológica del cuerpo? Pudiera ser conveniente revisar mejor el desarrollo del dualismo radical cartesiano (a grandes y gruesos rasgos, heredado del pitagorismo y del platonismo que consideraba el cuerpo como cárcel del alma, el espíritu como jinete dominador de las pasiones que este engendra) y las formas actuales en que dicho dualismo se ha convertido e invertido, para terminar revestido de un culto al físico que se “derrocha” ya no sólo en las playas. No es, sin embargo, tan simple esto que Antonio Damascio ha llamado “el error de Descartes”, es decir, la separación abismal entre el cuerpo y la mente, para decirlo en una de sus múltiples oposiciones clásicas. Pues, podemos sospechar que, quizás, para Platón ambas realidades, aunque en pugna, sin embargo puede que no estuvieran tan separadas como después para nosotros mismos.

De allí, tal vez, la concepción moderna del cuerpo, sometida a una racionalidad productiva, como simple instrumento de acción o de fines puramente prácticos. El cuerpo como algo que se posee. El cuerpo manipulado como medio de alcanzar éxito social y económico, rentabilizando la angustia por la apariencia exterior o el estrellato deportivo, cuantificando rigurosamente los rendimientos y las posibilidades. Es lo que hace que atletas como Serguei Bubka dosificara poco a poco sus registros para cada evento y Michael Jordan hiciera cálculos exactos de su regreso deportivo. El cuerpo, o la masa muscular en bruto, es materia prima que puede hacerse productiva. Así mismo, puede ser sometido a regímenes de “cultivo”, explotación o “desarrollo” perfectamente calculados en los gimnasios o modernos centros de belleza. La anorexia y la vigorexia serían, entonces, los extremos en que se expresarían la negación del cuerpo hasta su minimización o la hipertrofia neurótica para amurallarse contra el mundo y los otros. En ambos casos hay un mismo gesto de autonegación, de vaciamiento, y de anestesiamiento de sí mismos.

Esto incluye la manipulación genética o la cirugía estética que proporcionan la ilusión de tallar y construirse el cuerpo según los cánones de los modelos en boga para el consumo. Rostro, senos o culos a capricho: un cuerpo a la carta, según las medidas de Jennifer López o Brad Pitt. La identidad física es elegida al gusto según las tarifas del mercado. Pero es probable que la insatisfacción consigo mismo que todo esto expresa, nunca pueda ser así completamente satisfecha. Vicio circular y negocio redondo: vacío que la frivolidad cultiva pero que nunca llena. ¿No resulta así contradictoria esta atención desmesurada al cuerpo que lo degrada? Círculo virtuoso: necesidad inevitable de saber quién soy auténtica y profundamente. Pero ¿quién lo recorre como una plenitud constante?

 

Pero ¿qué es el cuerpo? “El misterio del cuerpo comienza -dice Franco Rella- donde comienza tu cuerpo. Sólo que no sabes dónde comienza”.

Sensación del cuerpo: lugar de perplejidades, lugar de resonancias, sitio de las apariencias, sensación que nos ubica en el flujo del universo, difuso límite y umbral, punto de desdoblamiento, separación o encuentro.

Escribiendo estas notas, me sorprende el video de un concierto de Jamiroquai frente a una multitud bailando bajo una lluvia torrencial. Un enorme cuerpo multitudinario en éxtasis. Cuerpos mojados moviéndose al unísono subyugados por la voz y los movimientos del cantante-chamán ataviado con plumas en su cabeza. Me convence de que lo que ocurre allí es más que una simple exaltación narcisista, más que puro culto al cuerpo. Tiene mucho de poderoso ritual primitivo, de descarga emocional y corporal. Pero no deja de ser un acto “masivo” cuyos miembros no alcanzan un estado de conciencia superior y permanente, como debe haber sido el caso de los rituales de las comunidades llamadas pre-modernas. Se trata, en todo caso, de una experiencia paroxística cuyo efecto liberador sigue estando limitado a una pura descarga emocional, catártica quizás, pero que no alcanza a otorgar más lucidez que antes, ni un nuevo lugar ante sí mismo. Es un cuerpo colectivo en éxtasis brutal que continúa para sí mismo ciego y sin conciencia en cada uno de los individuos que lo forman.

Como sabemos, no hay identidades absolutas ni estáticas. El fenómeno de la identidad se construye como una experiencia dinámica sometida a una dialéctica de cambio y permanencia alrededor de una aspiración de verdad y realidad que se reelabora constantemente. Sin embargo, la ligereza y la trivialización han desalojado a otros valores, haciéndolos prescindibles y difusos. Aparte del analfabetismo funcional, padecemos también de muchos otros analfabetismos: la anemia cultural en que, por ejemplo, se banaliza el modo de desear, el gusto estético o los discursos cotidianos. El castellano del venezolano común se ha hecho pedazos como una jerga escasa, se ha trabado y disminuido, se ha llenado de imposturas: basta escuchar a los locutores de radio y la música repetitiva y emocionalmente inauténtica de sus repertorios, por más nacionalista que sea. Así mismo, una cultura light ha privilegiado los paradigmas de lo fácil, lo distraído, lo superficial contra la reflexión, la concentración, la precisión. Ni siquiera se puede ya hacer experiencia de la incertidumbre. La salud corporal se convierte en un asunto de pose y de mercado. Aparece, entonces, el cuerpo light, dócil, maleable, disciplinado, desodorizado y desubjetivizado.

Pero el centro de este debate, quizás esté, precisamente, en la base de esa pequeña ficción que ha provocado en sus proyecciones tan enormes debacles. Y también pugnas, roces, amarguras e inflaciones. Nos referimos al “yo”, esa extraña sensación de sí mismo para la cual el cuerpo no es más que una envoltura útil. Esa sensación de nosotros mismos que parece decir siempre “yo hablo, yo camino, yo pienso” en vez de decir, (según A. Watts) “yo doy forma a los huesos, yo crezco las uñas, yo circulo la sangre”. Ese centro absoluto generador de sometimientos y sumisiones. No hay absolutamente nada que no sea controlado por esta sensación, insaciable e inextinguible como los dragones de múltiples cabezas. Ese centro que se ha erigido en un dictador de lo que somos, y que, en su crítica y bajo la sospecha de que se podría ser mejor “sin yo” tal como ahora lo insinuamos, es el que procura el trono de ese nuevo lugar de poder. Se trata, otra vez, de lo que tan bien se ha expresado con la antiquísima metáfora de la cebolla: si quieres saber su esencia debes buscar detrás de su apariencia, pero debajo de su primera capa, encontrarás de nuevo a la cebolla. Y así repetidas veces aparecerá siempre la misma cebolla hasta que, sorpresivamente, un día encuentras que, dentro de ella y debajo de sus capas sucesivas, no hay absolutamente nada.

¿Lo que verdaderamente somos? Lo primero que leían los iniciados en los misterios de Eleusis: “conócete a ti mismo”, inscrito en el pórtico de entrada del templo. La aventura esencial. La búsqueda de la mismidad como el asunto mayor, una vez denunciada la ficción del ego como máscara social.

Nostalgia por “el origen”: gesto de desdoblamiento, doblez, flexión que nos repite (re--flexión), espejo en que nos soñamos, retorno de la conciencia hacia sí misma.

Hace más de dos mil quinientos años que lo decía Tales de Mileto: “Difícil es conocerse a sí mismo”. Todos los estudios y saberes, formales o no, debieran conducir sus ramales hacia ese fondo único, hacia su fuente oscura.

Pese a todas las limitaciones, si debemos emprender programas de formación y educación física que se constituyan auténticamente en centro de una educación integral (e integradora), debemos también procurar una nueva conciencia del cuerpo que somos en cuya práctica se involucre una nueva relación con las cosas y con nosotros mismos. Una relación además necesariamente crítica, donde se superen los hábitos de un pensamiento bit (que funciona sólo bajo las alternativas del si y el no, del 1 y el 0), del dualismo maniqueo más clásico o de un pensamiento elementalmente pendular que hace siempre el mismo recorrido de un lado a otro. Este sería el punto de partida de una nueva salud, y un nuevo “cuidado de sí”, básicos para una nueva Paideia del cuerpo. El de una reintegración y un redescubrimiento de todas las potencialidades esenciales del ser humano. El del cuerpo vivido como una pluralidad que vitalice un saber nuevo, muy cerca de lo que afirmaba Nietzsche: “Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido -llámase sí- mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo”.

Sólo a través de la experiencia del cuerpo y del mundo sensible, puede aparecer el maravilloso misterio de la existencia.

Sólo en el despojamiento podemos tener el encuentro más pleno con lo real.

Quizás la carne sea el pretexto para separarse del universo y decir “yo”. Pero también es el punto de partida para encontrar la fuente originaria. El único lugar del asombro.

¿No es esto lo que a través de esa intensa búsqueda de sí mismo nos dice Rafael Cadenas en casi todos sus poemas?: “Sólo he conocido la libertad por instantes, cuando me volvía de repente cuerpo”.

univeryaracuy@gmail.com