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Para
empezar, si vemos bien, casi constituye un
despropósito “pensar el cuerpo”, objeto que en
algo no dejará de ser esencial dentro del tema
que este artículo pudiera exigirnos.
La expresión misma parece un contrasentido, un
oxímoron alrededor del cual se apostan muchos
otros sentidos errantes. Pensar el cuerpo es
situarse necesariamente fuera de él para
contemplarlo: el mismo asunto del theorós y del
hombre de la praxis, de la contemplación y la
acción, de la psiquis y el soma, tan necesitados
el uno del otro para definirse.
“Pensar desde el cuerpo” es una expresión, si no
más acertada, al menos más atractiva. Asunto de
la sensualidad y sus placeres, quizás. Pero no
deja de ser una expresión confusa y sorprendente
para la razón. Un tanto como que el cuerpo
“hable”. Pero el cuerpo sólo habla cuando
molesta, según dicen: ¿El sufrimiento físico
como otro lenguaje, o como lenguaje de lo otro?
Cuerpo mudo que de improviso nos incomoda. El
cuerpo es un no-decir. Pero, ¿cuándo el cuerpo
se vuelve elocuente? Cuando habla hace que se
deje de hablar. Ejemplo: el cuerpo femenino,
repentinamente, se vuelve tan expresivo que nos
enmudece. Sólo que, en un lenguaje que está más
acá de las palabras. Lenguaje mudo más
inmediato.
Pero la expresión “pensar el cuerpo” parece un
contrasentido en la medida en que, desde ella,
parece postularse la clásica separación de ambas
realidades: Se piensa y se es cuerpo pero nunca
o muy raramente al mismo tiempo. De allí lo muy
común de la expresión: “tengo este cuerpo” o
“este es mi cuerpo”, “esta es mi mano”, “este es
mi cabello”, como si algo en el centro de la
cabeza fuese el amo del resto. Expresiones tan
extrañas como considerar el hecho de que la
vista pueda pensar que el ojo es suyo. Primera
observación, entonces: el cuerpo es, entre otras
cosas, el lugar de una de las mayores
incertidumbres de nuestra identidad. Pero es,
también, al mismo tiempo, el dato fenomenológico
por excelencia. Lugar de lo salvaje. Prueba de
la heterogeneidad humana. La “mayor evidencia
humana”, como decía Camus, es también el
pretexto de una separación, de una experiencia
básica de alienación, al menos en nuestra propia
época. Y lugar de mediaciones, acorazamientos,
domesticaciones y manipulaciones.
Su importancia es crucial: lo demuestra la
inmensa bibliografía actual sobre este tema. Su
protagonismo social también queda patente en la
evidente masificación del deporte y el cuerpo
como elemental objeto de consumo y como
instrumento esencial de provecho comercial y
político. El atletismo estatal y el corporativo
se parecen más de lo que pudiéramos creer para
no advertir nuestras limitaciones como
individuos libres. Y de allí, la ambigüedad del
deporte contemporáneo que puede ser considerado
o como libre forma de cultura o como opio del
pueblo: ¿En qué momento exacto deja de ser una
cosa para ser la otra?
Sobrevaluación y devaluación del cuerpo,
extremos frecuentados. Casi no hay joven que no
sueñe con “derrochar físico” sobre la playa y
“capitalizar” miradas (al tiempo que es también
ésta la más extrema experiencia de plenitud del
ser a que puede aspirar) mientras hace una
cómoda y radical economía de sus posibilidades
intelectuales. Hasta el colmo mismo de la
mezquindad más excesiva del simple papanatas:
desafortunado encuentro de esplendor e
imbecilidad y nueva forma de la miseria en
nuestra época. Pero es que casi no hay quien no
invierta en la defensa de la elementalidad y la
llaneza frente a todo lo que huela a
inteligencia, como si de un bicho raro se
tratara: de allí, quizás, el que los pobres
nerds hayan alcanzado un prestigio peor que el
de los pícaros, los patanes y los oportunistas.
La pose antiintelectual tiene mayor pegada: todo
lo demás es rollo. Por lo demás, nos abriga de
ciertas complejidades y nos preserva en nuestras
simples y cómodas rutinas. Actitud no tan
desmadrada, sin embargo, cuando constatamos la
común impostura y la pedantería de quienes han
leído dos o tres libros casi completos, promedio
excesivo de nuestro profesional básico. ¿Por qué
estos extremos y rechazos y no la más sensata
“sabiduría”? Y muy relacionado con ello,
¿debemos seguir indiferentes en nuestras
instituciones ante el enorme prestigio nacional
de la pereza mental y la estandarización de la
ley del mínimo esfuerzo intelectual, el
papanatismo celebrado o la mediocridad bien
vestida?
El descenso y la humillación de la inteligencia,
el desprestigio del pensar y del ejercicio
intelectual van a la par con el éxito de cierto
pragmatismo barato y con la expansión exitosa de
la medianía y el materialismo más simplón.
Recuerdo la ocasión en que alguien escribió en
su trabajo exigiéndonos “que la ignorancia se
respetara”, como si se tratara de la heroica
lucha de una nueva reivindicación social. Siento
pena cuando cito la anécdota por afecto y
respeto a su persona pero no puedo respetar una
opinión de ese tipo. Y no sería tan descabellado
buscar una relación entre tal actitud y el
narcisismo físico, el culto por el reguetón, o
el aumento vertiginoso del consumo de
pornografía rápida por Internet.
¿Cómo se devino en este narcisismo, al mismo
tiempo que también es verdad que nos falta “el
cuerpo” como experiencia esencial en nuestra
vida cotidiana? ¿Cómo se hizo posible el vivir
en el desgarro y la tensión entre el
materialismo grosero o la negación patológica
del cuerpo? Pudiera ser conveniente revisar
mejor el desarrollo del dualismo radical
cartesiano (a grandes y gruesos rasgos, heredado
del pitagorismo y del platonismo que consideraba
el cuerpo como cárcel del alma, el espíritu como
jinete dominador de las pasiones que este
engendra) y las formas actuales en que dicho
dualismo se ha convertido e invertido, para
terminar revestido de un culto al físico que se
“derrocha” ya no sólo en las playas. No es, sin
embargo, tan simple esto que Antonio Damascio ha
llamado “el error de Descartes”, es decir, la
separación abismal entre el cuerpo y la mente,
para decirlo en una de sus múltiples oposiciones
clásicas. Pues, podemos sospechar que, quizás,
para Platón ambas realidades, aunque en pugna,
sin embargo puede que no estuvieran tan
separadas como después para nosotros mismos.
De allí, tal vez, la concepción moderna del
cuerpo, sometida a una racionalidad productiva,
como simple instrumento de acción o de fines
puramente prácticos. El cuerpo como algo que se
posee. El cuerpo manipulado como medio de
alcanzar éxito social y económico,
rentabilizando la angustia por la apariencia
exterior o el estrellato deportivo,
cuantificando rigurosamente los rendimientos y
las posibilidades. Es lo que hace que atletas
como Serguei Bubka dosificara poco a poco sus
registros para cada evento y Michael Jordan
hiciera cálculos exactos de su regreso
deportivo. El cuerpo, o la masa muscular en
bruto, es materia prima que puede hacerse
productiva. Así mismo, puede ser sometido a
regímenes de “cultivo”, explotación o
“desarrollo” perfectamente calculados en los
gimnasios o modernos centros de belleza. La
anorexia y la vigorexia serían, entonces, los
extremos en que se expresarían la negación del
cuerpo hasta su minimización o la hipertrofia
neurótica para amurallarse contra el mundo y los
otros. En ambos casos hay un mismo gesto de
autonegación, de vaciamiento, y de
anestesiamiento de sí mismos.
Esto incluye la manipulación genética o la
cirugía estética que proporcionan la ilusión de
tallar y construirse el cuerpo según los cánones
de los modelos en boga para el consumo. Rostro,
senos o culos a capricho: un cuerpo a la carta,
según las medidas de Jennifer López o Brad Pitt.
La identidad física es elegida al gusto según
las tarifas del mercado. Pero es probable que la
insatisfacción consigo mismo que todo esto
expresa, nunca pueda ser así completamente
satisfecha. Vicio circular y negocio redondo:
vacío que la frivolidad cultiva pero que nunca
llena. ¿No resulta así contradictoria esta
atención desmesurada al cuerpo que lo degrada?
Círculo virtuoso: necesidad inevitable de saber
quién soy auténtica y profundamente. Pero ¿quién
lo recorre como una plenitud constante? |
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Pero
¿qué es el cuerpo? “El misterio del cuerpo
comienza -dice Franco Rella- donde comienza tu
cuerpo. Sólo que no sabes dónde comienza”.
Sensación del cuerpo: lugar de perplejidades,
lugar de resonancias, sitio de las apariencias,
sensación que nos ubica en el flujo del
universo, difuso límite y umbral, punto de
desdoblamiento, separación o encuentro.
Escribiendo estas notas, me sorprende el video
de un concierto de Jamiroquai frente a una
multitud bailando bajo una lluvia torrencial. Un
enorme cuerpo multitudinario en éxtasis. Cuerpos
mojados moviéndose al unísono subyugados por la
voz y los movimientos del cantante-chamán
ataviado con plumas en su cabeza. Me convence de
que lo que ocurre allí es más que una simple
exaltación narcisista, más que puro culto al
cuerpo. Tiene mucho de poderoso ritual
primitivo, de descarga emocional y corporal.
Pero no deja de ser un acto “masivo” cuyos
miembros no alcanzan un estado de conciencia
superior y permanente, como debe haber sido el
caso de los rituales de las comunidades llamadas
pre-modernas. Se trata, en todo caso, de una
experiencia paroxística cuyo efecto liberador
sigue estando limitado a una pura descarga
emocional, catártica quizás, pero que no alcanza
a otorgar más lucidez que antes, ni un nuevo
lugar ante sí mismo. Es un cuerpo colectivo en
éxtasis brutal que continúa para sí mismo ciego
y sin conciencia en cada uno de los individuos
que lo forman.
Como sabemos, no hay identidades absolutas ni
estáticas. El fenómeno de la identidad se
construye como una experiencia dinámica sometida
a una dialéctica de cambio y permanencia
alrededor de una aspiración de verdad y realidad
que se reelabora constantemente. Sin embargo, la
ligereza y la trivialización han desalojado a
otros valores, haciéndolos prescindibles y
difusos. Aparte del analfabetismo funcional,
padecemos también de muchos otros
analfabetismos: la anemia cultural en que, por
ejemplo, se banaliza el modo de desear, el gusto
estético o los discursos cotidianos. El
castellano del venezolano común se ha hecho
pedazos como una jerga escasa, se ha trabado y
disminuido, se ha llenado de imposturas: basta
escuchar a los locutores de radio y la música
repetitiva y emocionalmente inauténtica de sus
repertorios, por más nacionalista que sea. Así
mismo, una cultura light ha privilegiado los
paradigmas de lo fácil, lo distraído, lo
superficial contra la reflexión, la
concentración, la precisión. Ni siquiera se
puede ya hacer experiencia de la incertidumbre.
La salud corporal se convierte en un asunto de
pose y de mercado. Aparece, entonces, el cuerpo
light, dócil, maleable, disciplinado,
desodorizado y desubjetivizado.
Pero el centro de este debate, quizás esté,
precisamente, en la base de esa pequeña ficción
que ha provocado en sus proyecciones tan enormes
debacles. Y también pugnas, roces, amarguras e
inflaciones. Nos referimos al “yo”, esa extraña
sensación de sí mismo para la cual el cuerpo no
es más que una envoltura útil. Esa sensación de
nosotros mismos que parece decir siempre “yo
hablo, yo camino, yo pienso” en vez de decir,
(según A. Watts) “yo doy forma a los huesos, yo
crezco las uñas, yo circulo la sangre”. Ese
centro absoluto generador de sometimientos y
sumisiones. No hay absolutamente nada que no sea
controlado por esta sensación, insaciable e
inextinguible como los dragones de múltiples
cabezas. Ese centro que se ha erigido en un
dictador de lo que somos, y que, en su crítica y
bajo la sospecha de que se podría ser mejor “sin
yo” tal como ahora lo insinuamos, es el que
procura el trono de ese nuevo lugar de poder. Se
trata, otra vez, de lo que tan bien se ha
expresado con la antiquísima metáfora de la
cebolla: si quieres saber su esencia debes
buscar detrás de su apariencia, pero debajo de
su primera capa, encontrarás de nuevo a la
cebolla. Y así repetidas veces aparecerá siempre
la misma cebolla hasta que, sorpresivamente, un
día encuentras que, dentro de ella y debajo de
sus capas sucesivas, no hay absolutamente nada.
¿Lo que verdaderamente somos? Lo primero que
leían los iniciados en los misterios de Eleusis:
“conócete a ti mismo”, inscrito en el pórtico de
entrada del templo. La aventura esencial. La
búsqueda de la mismidad como el asunto mayor,
una vez denunciada la ficción del ego como
máscara social.
Nostalgia por “el origen”: gesto de
desdoblamiento, doblez, flexión que nos repite
(re--flexión), espejo en que nos soñamos,
retorno de la conciencia hacia sí misma.
Hace más de dos mil quinientos años que lo decía
Tales de Mileto: “Difícil es conocerse a sí
mismo”. Todos los estudios y saberes, formales o
no, debieran conducir sus ramales hacia ese
fondo único, hacia su fuente oscura.
Pese a todas las limitaciones, si debemos
emprender programas de formación y educación
física que se constituyan auténticamente en
centro de una educación integral (e
integradora), debemos también procurar una nueva
conciencia del cuerpo que somos en cuya práctica
se involucre una nueva relación con las cosas y
con nosotros mismos. Una relación además necesariamente crítica, donde se superen los
hábitos de un pensamiento bit (que funciona sólo
bajo las alternativas del si y el no, del 1 y el
0), del dualismo maniqueo más clásico o de un
pensamiento elementalmente pendular que hace
siempre el mismo recorrido de un lado a otro.
Este sería el punto de partida de una nueva
salud, y un nuevo “cuidado de sí”, básicos para
una nueva Paideia del cuerpo. El de una
reintegración y un redescubrimiento de todas las
potencialidades esenciales del ser humano. El
del cuerpo vivido como una pluralidad que
vitalice un saber nuevo, muy cerca de lo que
afirmaba Nietzsche: “Detrás de tus pensamientos
y sentimientos, hermano mío, se encuentra un
soberano poderoso, un sabio desconocido -llámase
sí- mismo. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo”.
Sólo a través de la experiencia del cuerpo y del
mundo sensible, puede aparecer el maravilloso
misterio de la existencia.
Sólo en el despojamiento podemos tener el
encuentro más pleno con lo real.
Quizás la carne sea el pretexto para separarse
del universo y decir “yo”. Pero también es el
punto de partida para encontrar la fuente
originaria. El único lugar del asombro.
¿No es esto lo que a través de esa intensa
búsqueda de sí mismo nos dice Rafael Cadenas en
casi todos sus poemas?: “Sólo he conocido la
libertad por instantes, cuando me volvía de
repente cuerpo”. |