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Hace tiempo que la filosofía dejó de ser una
exclusiva actividad que sólo daba alimento al
estéril narcisismo de los profesores que la
enseñaban en las universidades. Por fortuna tomó
la calle casi de su cuenta o de la mano de
sociólogos, de escritores, de periodistas, de
directores de cine, de psicólogos, de neurólogos
o hasta de filósofos mismos que se percataron de
la vacuidad de un oficio encerrado en cubículos
cuyo único resultado era el confinamiento
vitalicio de sus trabajos en las páginas de una
revista de gamelote filosófico arbitrada por
ellos mismos. A la estirpe de los pensadores que
no le temen a la calle ni a los temas que ésta
demanda, pertenece, como todos sabemos, Fernando
Savater. El y otros no menos talentosos, han
venido desarrollando sin plan rígido alguno (o
incluso, sin plan alguno) una tendencia cada vez
más sólida de filosofías de la acción, en las
cuales la ética y la estética se enlazan en un
mismo esfuerzo por comprender la praxis social
del hombre de hoy en día.
Mi siempre recordado maestro Juan Nuño, a quien
invoco permanentemente a la hora de afrontar un
tema como el que estoy aludiendo en estas
líneas, decía que en el pensamiento actual se
podían discernir dos formas bien diferenciadas:
una, la replicativa, adocenada, ceñida a modelos
académicos estancados o a ideologías que se
niegan al cambio, y otra, la reflexiva,
caracterizada por el metapensamiento y por la
pluralidad de tipos, entre los cuales sobresalen
los de carácter cultural, abiertamente críticos,
que Nuño ejemplificaba con los nombres de
Fernando Savater, George Steiner, Jean François
Revel (fallecido hace pocos días), Octavio Paz y
Rubert de Ventós, entre otros. Yo añadiría a esa
breve lista el nombre del propio Juan Nuño.
Bien, a esa última tendencia pertenece a mi
juicio lo más fecundo y beligerante del
pensamiento contemporáneo. Y es allí donde
podemos encontrar luces para orientarnos en este
vértigo del presente, tan desprovisto de ánimo
axiológico, o simplemente, de curiosidad
filosófica.
Para evitar la caída en el “todo vale” o en el
“ya no vale la pena pensar”, vayamos de la mano
amable de quienes aún mantienen encendida la
filosofía, a pesar de la Filosofía. Y en este
caso, vayamos a las llamadas ciencias del
deporte, o al deporte, en general, para
formularnos algunas preguntas que no suelen
hacerse quienes están dentro de ese mundo: ni
los que se colocan los monos o las botas Adidas
para correr o saltar, ni quienes emplean las
técnicas más modernas y sofisticadas para
entrenar a los primeros.
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¿A
dónde ha ido a parar el sentido original de la
frase latina? Hagamos el ubi sunt: ¿Qué se fizo
la alegría espiritual y poética de Píndaro ante
los triunfos del cuerpo? ¿Qué se fizieron los
principios olímpicos?
Si al tratamiento excesivo que algunos (no
pocos) le dan al cuerpo en la preparación de los
atletas, agregamos la aparición de una
tecnología que en algunos deportes ha llegado a
sustituir las destrezas naturales y cultivables
del ser humano, ¿no estamos en presencia de una
falsificación del deporte? Se nos podría
responder que estamos en presencia de otra forma
de hacer deporte. Es posible. Pero no me
atrevería a afirmar que esa respuesta sea
válida. Me gustaría sí que una reflexión ética
la respaldara.
Otra pregunta válida y pertinente si miramos a
nuestro alrededor y vemos cómo el espectáculo
deportivo se ha convertido en un fin en sí
mismo, es la siguiente: ¿El sentido de
pertenencia en el deporte no está siendo
peligrosamente sustituido por la identificación
hipnótica, mimética y automatizada con marcas
comerciales o con grandes corporaciones de
capital? Las preguntas anteriores son, desde
luego, lastimosamente retóricas.
Bien sabemos que en el automovilismo se destaca
de manera principal la competición entre marcas
de vehículos y no entre conductores. Y algo más
que puede constatar cualquiera: La tecnología
audiovisual ha convertido a los espectadores de
estas carreras en cuasi manipuladores de un
video-game. A un paso estamos del deporte
enteramente virtual, tanto para quien lo
practica como para el público que lo disfruta o
que lo sufre con identificación de alienado.
Problematicemos estas preguntas u otras
semejantes que ustedes puedan agregar y
continuemos en la UNEY intentando hacer de la
filosofía del deporte una práctica cotidiana. |