El ajedrez y el dominó
  La aventura de emprender
  Reflexiones en torno
a las Ciencias del Deporte
  La paz como estrategia
  Donadelli y los Hooligans
  El mediador fugaz
 
El deporte yaracuyano ilustrado por la vocación y la entrega:
Argenis Díaz Rangel
Rafael José "Cheo" Morales

 
 

Hace tiempo que la filosofía dejó de ser una exclusiva actividad que sólo daba alimento al estéril narcisismo de los profesores que la enseñaban en las universidades. Por fortuna tomó la calle casi de su cuenta o de la mano de sociólogos, de escritores, de periodistas, de directores de cine, de psicólogos, de neurólogos o hasta de filósofos mismos que se percataron de la vacuidad de un oficio encerrado en cubículos cuyo único resultado era el confinamiento vitalicio de sus trabajos en las páginas de una revista de gamelote filosófico arbitrada por ellos mismos. A la estirpe de los pensadores que no le temen a la calle ni a los temas que ésta demanda, pertenece, como todos sabemos, Fernando Savater. El y otros no menos talentosos, han venido desarrollando sin plan rígido alguno (o incluso, sin plan alguno) una tendencia cada vez más sólida de filosofías de la acción, en las cuales la ética y la estética se enlazan en un mismo esfuerzo por comprender la praxis social del hombre de hoy en día.

Mi siempre recordado maestro Juan Nuño, a quien invoco permanentemente a la hora de afrontar un tema como el que estoy aludiendo en estas líneas, decía que en el pensamiento actual se podían discernir dos formas bien diferenciadas: una, la replicativa, adocenada, ceñida a modelos académicos estancados o a ideologías que se niegan al cambio, y otra, la reflexiva, caracterizada por el metapensamiento y por la pluralidad de tipos, entre los cuales sobresalen los de carácter cultural, abiertamente críticos, que Nuño ejemplificaba con los nombres de Fernando Savater, George Steiner, Jean François Revel (fallecido hace pocos días), Octavio Paz y Rubert de Ventós, entre otros. Yo añadiría a esa breve lista el nombre del propio Juan Nuño.

Bien, a esa última tendencia pertenece a mi juicio lo más fecundo y beligerante del pensamiento contemporáneo. Y es allí donde podemos encontrar luces para orientarnos en este vértigo del presente, tan desprovisto de ánimo axiológico, o simplemente, de curiosidad filosófica.

Para evitar la caída en el “todo vale” o en el “ya no vale la pena pensar”, vayamos de la mano amable de quienes aún mantienen encendida la filosofía, a pesar de la Filosofía. Y en este caso, vayamos a las llamadas ciencias del deporte, o al deporte, en general, para formularnos algunas preguntas que no suelen hacerse quienes están dentro de ese mundo: ni los que se colocan los monos o las botas Adidas para correr o saltar, ni quienes emplean las técnicas más modernas y sofisticadas para entrenar a los primeros.

  ¿A dónde ha ido a parar el sentido original de la frase latina? Hagamos el ubi sunt: ¿Qué se fizo la alegría espiritual y poética de Píndaro ante los triunfos del cuerpo? ¿Qué se fizieron los principios olímpicos?

Si al tratamiento excesivo que algunos (no pocos) le dan al cuerpo en la preparación de los atletas, agregamos la aparición de una tecnología que en algunos deportes ha llegado a sustituir las destrezas naturales y cultivables del ser humano, ¿no estamos en presencia de una falsificación del deporte? Se nos podría responder que estamos en presencia de otra forma de hacer deporte. Es posible. Pero no me atrevería a afirmar que esa respuesta sea válida. Me gustaría sí que una reflexión ética la respaldara.

Otra pregunta válida y pertinente si miramos a nuestro alrededor y vemos cómo el espectáculo deportivo se ha convertido en un fin en sí mismo, es la siguiente: ¿El sentido de pertenencia en el deporte no está siendo peligrosamente sustituido por la identificación hipnótica, mimética y automatizada con marcas comerciales o con grandes corporaciones de capital? Las preguntas anteriores son, desde luego, lastimosamente retóricas.

Bien sabemos que en el automovilismo se destaca de manera principal la competición entre marcas de vehículos y no entre conductores. Y algo más que puede constatar cualquiera: La tecnología audiovisual ha convertido a los espectadores de estas carreras en cuasi manipuladores de un video-game. A un paso estamos del deporte enteramente virtual, tanto para quien lo practica como para el público que lo disfruta o que lo sufre con identificación de alienado.

Problematicemos estas preguntas u otras semejantes que ustedes puedan agregar y continuemos en la UNEY intentando hacer de la filosofía del deporte una práctica cotidiana.

univeryaracuy@gmail.com