*El sociólogo argentino participó como ponente en el foro Gastronomía, Memoria y Política que se realizó en la UNEY dentro del marco de la programación del festival internacional, organizado por el MPPC
(Prensa UNEY. Sazkia Montagna).- En Argentina el mundo gourmet alcanza una especie de auge significativo y trascendente a partir de la crisis del 2001. “Cuando la gente se empieza a morir de hambre la mayoría de los chicos jóvenes quieren cocinar en la televisión, es como una cosa delirante, pero cierta. Más allá de la pretensión de querer cocinar, creo que el discurso gourmet ha surgido en mi país para ocluir el tema del hambre”.
Así dibujó el sociólogo argentino Matías Bruera la realidad de esta nación a partir de sus reflexiones sobre el vínculo entre la comida y la moral, un concepto que ha movido la producción de sus libros Meditaciones del Buen Gusto y La Argentina Fermentada.
Bruera estuvo de visita en Yaracuy dentro del marco del I Festival Internacional de Gastronomía y participó como ponente en el foro Gastronomía, Memoria y Política celebrado en la UNEY.
La relación entre la comida y la moral, Bruera la vincula con el discurso gourmet y el discurso nutricionista. Considera que tanto los dietólogos como los chefs se han convertido “en verdaderas celebridades infaltables en los medios de comunicación masivos. No importa que tipo de programa sea, pero nunca falta alguien que hable e invente platos imposibles de realizar”, dijo.
Estima de estos fenómenos que sus discursos, apoyados por los conceptos lucrativos de salud y buen gusto, movilizan el mercado y magnifican el consumo.
“Este dueto es, para colmo, acompañado por el exceso de crítica respecto al vino y la gastronomía que hace de los comentaristas mandarines de la moda y de los consumidores bulímicos de las palabras y sus tendencias”, cuestionó.
Con la irreverencia que le identifica dijo que la nutrición no es más que un discurso médico moralizante que dice qué está bien y qué está mal comer. Pero además circunscribe el problema de la comida a una tipología racional y reduccionista como “tú tienes que comer tantas sales, tantos aminoácidos, etc.”
De esta manera supone que nos alimentamos de “nutrimentos” y no de alimentos. Al respecto Bruera profundiza que la alimentación humana en general comporta tres dimensiones: imaginaria, simbólica y social. Esto significa que nos nutrimos obviamente de alimentos pero también de imaginarios.
Comer – enfatizó- es incorporar no sólo las sustancias nutritivas sino sustancias imaginarias (un tejido de vocaciones, de significaciones) que van obviamente de la dietética a la poética y de la poética a la historia o a las festividades.
Sin embargo cuestionó que en el presente más que nunca comemos en esencia nuestras representaciones sociales de la salud. Desafió al público a leer un menú en el centro gastronómico de Buenos Aires para entender su postura crítica sobre el particular.
Sus investigaciones sobre el tema le han arrojado que la lección alimentaria acuña visiones del mundo que se contraponen y se expresan según un orden en la clase social. “Las clases populares se identifican como gordos, mientras que los pequeños burgueses comen cosas más digestivas y menos calóricas”.
En este sentido, el deseo alimentario se corresponde con un ideal estético. “A todos se nos hace agua la boca pero no por lo mismo”.
A esto hizo referencia para hablar también del vínculo entre palabra y comida y referir la cantidad de usos alimentarios con las cuales se agreden o se seducen a las personas. En Argentina a la gente que se desprecia se le dice “grasa”, citó como mejor ejemplo.
En este sentido lanzó la siguiente reflexión crítica, con la cual culminó su ponencia: Saber elegir saludablemente y poder apreciar gustativamente anulan la concepción primaria de la necesidad e instituyen al hambre como el gusto y como la condena de los necesitados.
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