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Siempre hay quienes guardan una prudente
distancia con la palabra identidad porque
tienden a asociarla automáticamente con la
adhesión irracional a ciertas causas.
Generalmente surge la idea de algún símbolo o
emblema en torno al cual se gestiona la
manipulación de seres humanos, tratados como
integrantes anónimos de una masa y no en la
singularidad de la persona, única e irrepetible,
que cada uno de nosotros encarna.
Cuando los coordinadores de “En Equilibrio” me
solicitaron algunas notas sobre el tema de la
identidad en el deporte, vino de súbito a mi
mente la figura del Hooligan, especie de
energúmeno contemporáneo identificado con los
símbolos de la violencia, frente al cual
resultan insuficientes las más cuidadosas
previsiones en la organización de los grandes (y
hasta pequeños) eventos deportivos. Pero también
recordé, en el otro extremo, a cientos de
personas que han consagrado noblemente su
existencia a la actividad deportiva y que
constituyen ejemplos virtuosos para la
comunidad, en especial para los más jóvenes.
En primer lugar, consideraré brevemente el
modelo del Hooligan. Veo en este esperpento
posmoderno un representante de la suprema
incultura fraguada en el corazón mismo de la
refinadísima y acaso, decadente civilización
occidental. En el Hooligan las pulsiones
estallan con violencia y se manifiestan a través
de una conducta destructiva. Son pulsiones no
mediadas por la difícil tarea de la educación,
los cuales se desbordan durante la fiesta
deportiva, mostrando el rostro frenético, no
cultivado, de lo que con cierto abuso me atrevo
a llamar lo dionisíaco.
En el fondo, los Hooligans son hijos por
antonomasia de una cultura mediática que
promueve estilos de vida hipererotizados y
violentos, cuyo sustento es el mito de la fuerza
bruta exaltada y de la eterna juventud. Se
identifican de modo patológico con una divisa
deportiva y los símbolos que la representan y su
actuación recuerda la violenta descarga de una
pieza de heavy metal o la svástica en el
antebrazo de la juventud hitleriana.
En estos seres la inteligencia, que es uno de
los instrumentos primordiales de la elección
virtuosa, permanece en letargo, cuando no ha
sido abolida por el hábito de la estupidez. De
allí que se trata de una forma pervertida del
proceso de identificación con el deporte.
Para ilustrarlo basta la prensa de estos días:
“A menos de dos meses de la inauguración de la
Copa Mundial, las fuerzas de seguridad alemanas
se están preparando para dos tipos de amenazas
muy diferentes: los Hooligans y el terrorismo.
De las dos, las autoridades consideran que la
presencia de hinchas violentos genera la mayor
inquietud” ( Matt Moore, Associated Press, 12 de
Abril del 2006).
Entre nosotros tampoco faltan los proto-Hooligans
criollos, como los que incendiaron una imagen
del excelente deportista venezolano Luís Sojo,
durante las recientes jornadas de la tradicional
quema de Judas, tal como me comentó indignado el
rector de la UNEY. Aquí estamos en presencia de
fanáticos desquiciados incapaces de aceptar la
derrota, de analizar con inteligencia las causas
del fracaso y de olvidarse de buscar y linchar
culpables, incluso en el plano simbólico.
Cuando George Steiner se lamenta de encontrar en
el mismo nazi la crueldad de un peligroso
criminal y el gusto por las bellas artes,
especialmente la música clásica, su tono
adquiere un carácter pesimista respecto a la
capacidad de la educación y la cultura para
humanizar al ser humano. Quizá el problema
radica en que las más sublimes formas de la
belleza corren el riesgo de torcerse y
degradarse si no se siembran en terreno
axiológico. La más hermosa música de Wagner
puede servir de alimento incluso a la histeria
criminal cuando no se ha conseguido situarla en
el ámbito de una educación basada en valores. El
centro debe ser la persona humana y no el
relativizado hombre masa consumidor de mitos. |
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Otra
cosa es el uso del término identidad cuando el
concepto contempla la búsqueda del pleno
desarrollo de uno mismo en la entrega
incondicional y apasionada a alguna actividad
humana. Aquí asistimos al otro extremo de la
argumentación: no se trata ya de la identidad
secuestrada por el impulso o la perversión, sino
sabiamente guiada por el amor y los valores que
de él emanan. Para exponer la idea voy a
recordar en estas líneas una experiencia
reciente que vivimos algunos de los miembros de
nuestra comunidad universitaria. Me refiero al
trabajo de grado que presentó Salvador Donadelli
para optar al título de Licenciado en Ciencias
del Deporte en la UNEY.
Después de abandonar una idea convencional,
planteada con un esquema similar al que se
maneja en otras universidades, Donadelli decidió
narrar su propia vida entregada a la práctica y
la dirección del béisbol en nuestra región.
Dejaba atrás el uso del esquema frío, abstracto
y sólo en apariencia científico de los
adocenados trabajos al uso, para afrontar la
difícil narración de sí mismo, la exposición de
la memoria de su vida en el béisbol entretejida
con toda su existencia. Hojear ese trabajo,
escrito sin ninguna pretensión literaria, con la
belleza que dan la sencillez y la inocencia de
un primer descubrimiento, es recorrer una pasión
que empieza con la infancia y se prolonga hasta
hoy. Triunfos y fracasos, el recuerdo del
infinito olor del cuero de los guantes y las
pelotas, los aromas del césped y la tierra, de
los dogouts, las sorpresas del juego y de la
vida, el enamoramiento y la muerte, los
muchachos pobres que viven de la venta de
pelotas que atrapan detrás de los estadios, los
maestros, los valores, la vocación y el
servicio, el compañerismo, las miserias de
algunos y la grandeza de otros, se dan cita en
sus páginas. Salvador Donadelli se trasciende y
encuentra su sentido pleno al entregarse en
cuerpo y alma al béisbol: creo que es esta la
verdadera identidad, la amorosa, consciente y
crítica identificación de las personas con su
trabajo y con la comunidad a la que pertenecen,
en medio de las dificultades y los dones
inherentes al simple hecho de trabajar y de
estar vivos.
Cuando terminé de leer me dominaba esa especie
única de alegría que proporciona el
reconocimiento de lo auténtico: me acompañaron
en la emoción inconfundible Freddy Castillo,
Eduardo Anzola, Milagros Pargas y todos cuantos
más tarde asistieron a la presentación pública
del trabajo. Evoqué la rigidez de las
evaluaciones analíticas del desempeño de los
alumnos basadas en el empleo de escalas y
baremos (quizá necesarias en la rutina
convencional), las superficialidades de la falsa
erudición, la mediocridad de muchas de nuestras
prácticas universitarias, cuando las cotejé con
el resultado de un trabajo que se imponía entero
con su propia evidencia y que podía ser juzgado
(si cabe el término insuficiente) con la sola
adhesión del corazón y del espíritu. Y no es que
no hubiera que corregir detalles de estilo,
limar asperezas en alguna que otra expresión,
pero la profunda fuerza interior de lo evocado y
revivido superaba cualquier otro criterio de
valoración.
Creo que el ojo atentísimo del Rector acertó
desde el principio y nos ofreció una lección
magistral: Salvador Donadelli, el primer alumno
inscrito en la historia de la UNEY, iba a ser
una de las personas que llegaría a mostrarnos la
posibilidad (en apariencia utópica) de borrar
las fronteras que separan la academia de la
vida. Ocurrió así y eso nos compromete, aún más,
con las formas virtuosas y poéticas de
identificación con el deporte, que en realidad
existen, y con una universidad más verdadera. |