El ajedrez y el dominó
  La aventura de emprender
  Reflexiones en torno
a las Ciencias del Deporte
  La paz como estrategia
  Hacia una filosofía del deporte
  El mediador fugaz
 
El deporte yaracuyano ilustrado por la vocación y la entrega:
Argenis Díaz Rangel
Rafael José "Cheo" Morales

 
  Siempre hay quienes guardan una prudente distancia con la palabra identidad porque tienden a asociarla automáticamente con la adhesión irracional a ciertas causas. Generalmente surge la idea de algún símbolo o emblema en torno al cual se gestiona la manipulación de seres humanos, tratados como integrantes anónimos de una masa y no en la singularidad de la persona, única e irrepetible, que cada uno de nosotros encarna.

Cuando los coordinadores de “En Equilibrio” me solicitaron algunas notas sobre el tema de la identidad en el deporte, vino de súbito a mi mente la figura del Hooligan, especie de energúmeno contemporáneo identificado con los símbolos de la violencia, frente al cual resultan insuficientes las más cuidadosas previsiones en la organización de los grandes (y hasta pequeños) eventos deportivos. Pero también recordé, en el otro extremo, a cientos de personas que han consagrado noblemente su existencia a la actividad deportiva y que constituyen ejemplos virtuosos para la comunidad, en especial para los más jóvenes.

En primer lugar, consideraré brevemente el modelo del Hooligan. Veo en este esperpento posmoderno un representante de la suprema incultura fraguada en el corazón mismo de la refinadísima y acaso, decadente civilización occidental. En el Hooligan las pulsiones estallan con violencia y se manifiestan a través de una conducta destructiva. Son pulsiones no mediadas por la difícil tarea de la educación, los cuales se desbordan durante la fiesta deportiva, mostrando el rostro frenético, no cultivado, de lo que con cierto abuso me atrevo a llamar lo dionisíaco.

En el fondo, los Hooligans son hijos por antonomasia de una cultura mediática que promueve estilos de vida hipererotizados y violentos, cuyo sustento es el mito de la fuerza bruta exaltada y de la eterna juventud. Se identifican de modo patológico con una divisa deportiva y los símbolos que la representan y su actuación recuerda la violenta descarga de una pieza de heavy metal o la svástica en el antebrazo de la juventud hitleriana.

En estos seres la inteligencia, que es uno de los instrumentos primordiales de la elección virtuosa, permanece en letargo, cuando no ha sido abolida por el hábito de la estupidez. De allí que se trata de una forma pervertida del proceso de identificación con el deporte.

Para ilustrarlo basta la prensa de estos días: “A menos de dos meses de la inauguración de la Copa Mundial, las fuerzas de seguridad alemanas se están preparando para dos tipos de amenazas muy diferentes: los Hooligans y el terrorismo. De las dos, las autoridades consideran que la presencia de hinchas violentos genera la mayor inquietud” ( Matt Moore, Associated Press, 12 de Abril del 2006).

Entre nosotros tampoco faltan los proto-Hooligans criollos, como los que incendiaron una imagen del excelente deportista venezolano Luís Sojo, durante las recientes jornadas de la tradicional quema de Judas, tal como me comentó indignado el rector de la UNEY. Aquí estamos en presencia de fanáticos desquiciados incapaces de aceptar la derrota, de analizar con inteligencia las causas del fracaso y de olvidarse de buscar y linchar culpables, incluso en el plano simbólico.

Cuando George Steiner se lamenta de encontrar en el mismo nazi la crueldad de un peligroso criminal y el gusto por las bellas artes, especialmente la música clásica, su tono adquiere un carácter pesimista respecto a la capacidad de la educación y la cultura para humanizar al ser humano. Quizá el problema radica en que las más sublimes formas de la belleza corren el riesgo de torcerse y degradarse si no se siembran en terreno axiológico. La más hermosa música de Wagner puede servir de alimento incluso a la histeria criminal cuando no se ha conseguido situarla en el ámbito de una educación basada en valores. El centro debe ser la persona humana y no el relativizado hombre masa consumidor de mitos.
  Otra cosa es el uso del término identidad cuando el concepto contempla la búsqueda del pleno desarrollo de uno mismo en la entrega incondicional y apasionada a alguna actividad humana. Aquí asistimos al otro extremo de la argumentación: no se trata ya de la identidad secuestrada por el impulso o la perversión, sino sabiamente guiada por el amor y los valores que de él emanan. Para exponer la idea voy a recordar en estas líneas una experiencia reciente que vivimos algunos de los miembros de nuestra comunidad universitaria. Me refiero al trabajo de grado que presentó Salvador Donadelli para optar al título de Licenciado en Ciencias del Deporte en la UNEY.

Después de abandonar una idea convencional, planteada con un esquema similar al que se maneja en otras universidades, Donadelli decidió narrar su propia vida entregada a la práctica y la dirección del béisbol en nuestra región. Dejaba atrás el uso del esquema frío, abstracto y sólo en apariencia científico de los adocenados trabajos al uso, para afrontar la difícil narración de sí mismo, la exposición de la memoria de su vida en el béisbol entretejida con toda su existencia. Hojear ese trabajo, escrito sin ninguna pretensión literaria, con la belleza que dan la sencillez y la inocencia de un primer descubrimiento, es recorrer una pasión que empieza con la infancia y se prolonga hasta hoy. Triunfos y fracasos, el recuerdo del infinito olor del cuero de los guantes y las pelotas, los aromas del césped y la tierra, de los dogouts, las sorpresas del juego y de la vida, el enamoramiento y la muerte, los muchachos pobres que viven de la venta de pelotas que atrapan detrás de los estadios, los maestros, los valores, la vocación y el servicio, el compañerismo, las miserias de algunos y la grandeza de otros, se dan cita en sus páginas. Salvador Donadelli se trasciende y encuentra su sentido pleno al entregarse en cuerpo y alma al béisbol: creo que es esta la verdadera identidad, la amorosa, consciente y crítica identificación de las personas con su trabajo y con la comunidad a la que pertenecen, en medio de las dificultades y los dones inherentes al simple hecho de trabajar y de estar vivos.

Cuando terminé de leer me dominaba esa especie única de alegría que proporciona el reconocimiento de lo auténtico: me acompañaron en la emoción inconfundible Freddy Castillo, Eduardo Anzola, Milagros Pargas y todos cuantos más tarde asistieron a la presentación pública del trabajo. Evoqué la rigidez de las evaluaciones analíticas del desempeño de los alumnos basadas en el empleo de escalas y baremos (quizá necesarias en la rutina convencional), las superficialidades de la falsa erudición, la mediocridad de muchas de nuestras prácticas universitarias, cuando las cotejé con el resultado de un trabajo que se imponía entero con su propia evidencia y que podía ser juzgado (si cabe el término insuficiente) con la sola adhesión del corazón y del espíritu. Y no es que no hubiera que corregir detalles de estilo, limar asperezas en alguna que otra expresión, pero la profunda fuerza interior de lo evocado y revivido superaba cualquier otro criterio de valoración.

Creo que el ojo atentísimo del Rector acertó desde el principio y nos ofreció una lección magistral: Salvador Donadelli, el primer alumno inscrito en la historia de la UNEY, iba a ser una de las personas que llegaría a mostrarnos la posibilidad (en apariencia utópica) de borrar las fronteras que separan la academia de la vida. Ocurrió así y eso nos compromete, aún más, con las formas virtuosas y poéticas de identificación con el deporte, que en realidad existen, y con una universidad más verdadera.

univeryaracuy@gmail.com