La Universidad Nacional Experimental del Yaracuy está celebrando una década de labor incesante, y más allá de la simple acumulación de cumpleaños, la universidad celebra un proceso de construcción, donde con la humilde sapiencia de viejo albañil, el principal material que nutre nuestra fundación es y ha sido la calidad académica.
Este no es un tema fácil o llano como algunos pretenden, sobre todo cuando al hacerlo, se deba uno desprender de desvencijadas posturas que suelen empañar los juicios de valor que al respecto se elaboran.
Se trata entonces, en esencia, de un ejercicio ético, porque la calidad académica no es maná que cae del cielo, es un camino que se construye. Todos podemos elegir ese sendero, pero no todos pueden construirlo, y no se trata de elites, se trata de algunas condiciones que se deben reunir en un hombre, en una mujer para tal fin.
¿De quién hablamos entonces? Pues del maestro. Es él quien imbuido en su conciencia social y humana desde el aula, abre espacios amorosos para la construcción de ese camino hacia la calidad, porque él sabe que la educación es un proceso de construcción, conoce el misterio que se esconde en el humano acto de enseñar y sobre todo, que la experiencia de educar es un acto compartido donde no sólo se enseña, sino que fundamentalmente, se aprende. Él conoce esta inmensa responsabilidad, la sopesa y la asume.
La calidad académica está en el maestro, como el pan está en el trigo, recordando la traicionada poesía del maestro Andrés Eloy Blanco. Ser maestro por encima de cualquier cosa, es proponer soluciones, abrir compases para la creatividad en la inacabada búsqueda de la verdad, para el reencuentro con las virtudes humanas, para la reedificación de la conciencia, para el amor, para la paz.
Educar es entonces hacer poesía y, precisamente en ese sentido no podemos dejar de recordar los versos de la poetisa chilena Gabriela Mistral, maestra de escuela, en su Oración de la Maestra:
“Dame el levantar los ojos de mi pecho con heridas,
al entrar cada mañana a mi escuela, que no lleve a
mi mesa de trabajo mis pequeños afanes
materiales, mis mezquinos dolores de cada hora.
Haz que haga de espíritu mi escuela de ladrillos…”
Estos versos nos ofrecen un canto espiritual que nos señalan ese camino del que hablamos y nos convoca a alejarnos del contra-modelo del maestro que es el funcionario profesional de la enseñanza, el tecnócrata, el burócrata, aquel que ciñe sus esfuerzos en trasmitir unos conocimientos limitados, momificados, seriados; desde la impostura que le brinda su capital curricular, báculo que además le sirve para erigirse como una suerte de figura mesiánica que ostenta la calidad académica, como quien posee un objeto inerte.
Es este quien desde su nutrido ego, se aparta del camino amoroso de educar, para incluirse en la lista de aspirante al hacha del verdugo en su afán de no reconocer al otro, en el temor por el crecimiento de su discípulo reencarna al terrible Crono, mutilándolo, devorándolo. Para él, la calidad académica no comprende la alteridad, no es un medio para el crecimiento compartido, desde la humildad y la justicia; sino argumento que manosea irresponsablemente, además negándola y negándose a sí mismo.
En la UNEY hemos tenido y tenemos maestros, tuvimos y hemos de dejar de tener funcionarios profesionales de la enseñanza. Estamos todos llamados a descubrir las huellas del verdadero maestro.
Nombro con profundo agradecimiento algunos de mis maestros que en la UNEY me han señalado el camino: Santos López, Freddy Castillo Castellanos, Jose Luis Najúl, Carlos Miguel Castillo, Juan Alonso Molina, Edgar Abreu, Ibar Varas, Cruz del Sur Morales, Luis Sánchez Font, Humberto Arrietti, Andrés F. Rodríguez, Rosana Mieres, José Rafael Lovera, Rafael Cartay, Joaquín Marta Sosa, María Fernanda Palacios, Eduardo Gil, Eduardo Liendo y Daniel Medvedov.
Lcdo. Osmany Barreto
Docente de la UNEY
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