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LA
CIENCIA DE LA CABALLERÍA ANDANTE
Freddy Castillo Castellanos
Rector de la Universidad Nacional Experimental del
Yaracuy
"Harás
del alma que no existe un hombre mejor que ella" René
Char
En una de sus últimas obras maestras escribió Octavio
Paz, con la sabia limpidez de su estilo insuperable, que
el diálogo entre la ciencia, la filosofía y la poesía
podría ser el preludio de la reconstitución de la
cultura como espacio unitario. La frase cierra el
estupendo capítulo de La llama doble donde el autor
discurre sobre temas científicos de actual beligerancia
(genética e inteligencia artificial, entre otros). Es la
voz de un poeta abogando por la resurrección de una
unidad perdida, no con la patética lamentación de un
humanista que se siente desplazado, sino con la lucidez
de un intelectual capaz de escuchar las otras voces, y
de proponernos, a partir de ellas, una reflexión
filosófica crucial: el viejo tema de las relaciones
entre el alma y el cuerpo, que tanto entretuvo a los
griegos y que suele retornar de cuando en cuando.
¿Estaremos hoy en capacidad y disposición de afrontar la
atractiva invitación paciana?
Si contáramos sólo con los “especializados” cubículos de
nuestras universidades, tendríamos que esperar mejores
ocasiones. El diálogo entre los diversos ámbitos del
conocimiento demanda imaginación, gracia y curiosidad,
atributos poco frecuentes en la lobreguez feudal de las
instituciones de educación superior, donde la creación
verdadera ha sido sustituida por deleznables destrezas
en los trámites administrativos del capital curricular
de los docentes. Una suerte de incultura del “éxito”
cuantificado y del “rendimiento” medido, parece dominar
esos territorios del autismo universitario que no tienen
ni tiempo ni talante para la conversación natural de los
saberes.
Nuestra maltratada educación, dentro de un proceso de
inclemente y continuo deterioro cultural, fue perdiendo
su antigua nobleza, su carácter de espacio respetable y
su vigorosa presencia ciudadana. El conocimiento
humanístico que alguna vez ella encarnó, fue la víctima
mayor de esa debacle. Relegadas brutalmente por la peste
curricular que nos invade, las humanidades fueron
despojadas de su mejor y casi único terreno: el
bachillerato. Un ejemplo puede ilustrar los patéticos
efectos de esta indigencia deplorable.
Hace un año, con motivo de la difusión de la oferta
académica de la Universidad del Yaracuy en todos los
liceos de ese Estado, el director de un plantel instó a
sus alumnos a inscribirse en cualquiera de nuestras
carreras, sólo por la posibilidad de acceder a becas o a
servicios básicos. La cultura de la dádiva, de la
caridad organizada y de la ausencia de valores, hablaba
por boca de un educador de la decadencia. Porque lo
grave no es el bajo nivel de información en el área
humanística, de suyo inaceptable y asombroso, sino la
pérdida profunda de un horizonte ético.
Con igual penuria espiritual, pero con mayor avilantez y
fatuidad, nuestras universidades se encargan de
robustecer ese desastre. Más aún: lo planifican. Con el
aplomo que otorga a sus portadores la ignorancia
doctorada, el mundo académico alardea del progreso de
sus rígidas especializaciones, se envanece por sus
mínimos hallazgos, regodéase en la impresentable
estulticia que sospecha de los investigadores o docentes
que saben hablar, leer y escribir bien, y presume de
asepsias y rigores “científicos” que suelen sucumbir en
naderías. Es frecuente la displicencia e incluso el
desprecio ante la buena escritura. Se levantan
suspicacias acerca de su rigor científico o intelectual.
Escribir bellos ensayos no da tantos puntos como
escribir tratados “concienzudos”. No emplear las reglas
exactas de la cita o de la “footnote” es indicio de poca
seriedad profesoral.
La globalización de esa vacuidad universitaria registra
casos sorprendentes en diversas partes del mundo. Así,
un trabajo de ascenso del historiador Luis González y
González fue visto por encima del hombro por un jurado a
quien desconcertaba la calidad escritural del autor. No
podía ser “científico” quien se entretenía en algunos
giros elegantes o a quien le fluía en forma natural una
atractiva prosa, en lugar del horrendo ideolecto de sus
colegas. Que Fernando Savater o Juan Nuño sean primero
excelentes escritores y después brillantes filósofos,
golpea el pueril orgullo del gremio acartonado. Nunca
terminan de asimilar sus integrantes la lección del
Quijote cuando en un inolvidable diálogo que me voy a
permitir recordar deslumbró al hijo de don Diego de
Miranda, al discurrir, con sapiencia impropia de
chiflados, sobre el oficio de poeta. “Paréceme que vuesa
merced ha cursado las escuelas. ¿Qué ciencias ha oído?”,
fue la frase de Lorenzo después de escuchar al ingenioso
hidalgo.
“La de la caballería andante respondió Don Quijote-, que
es tan buena como la de la poesía, y aun dos deditos
más”. Puesto a evocar el episodio me luce que no debo
privar a los lectores de su continuación:
“No sé qué ciencia sea esa replicó don Lorenzo-; y hasta
ahora, no ha llegado a mí noticia”. “Es una ciencia
replicó Don Quijote- que encierra en sí todas o las más
ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de
ser jurisperito, y saber las leyes de la justicia
distributiva y conmutativa, para dar a cada uno lo que
es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo para
saber dar razón de la cristiana ley que profesa, clara y
distintamente (...), ha de ser honesto en las palabras,
liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en
los trabajos, caritativo con los menesterosos, y,
finalmente mantenedor de la verdad, aunque le cueste la
vida el defenderla”.
Ciencia de la caballería andante es, justamente, lo que
más nos hace falta en estos momentos de fragmentación y
de artificiales parcelaciones. Las humanidades
verdaderas se encuentran ahora en el exilio, pero no han
dejado de formar parte de esa nobleza cervantina.
Muchas de las llamadas universidades “experimentales”
(como si hubiese alguna
que no tuviese el deber de serlo) nacieron con una
confesa y proclamada vocación antihumanista, para mayor
gloria de sus ideólogos equivocados y engreídos. No
podemos, entonces, pedirle peras a esos olmos,
plantados, precisamente, para legitimar una barbarie.
Pero tampoco podemos permitirles total impunidad en una
época que demanda salidas ilustradas e imaginativas
frente a la infausta consagración del pragmatismo: la
división lamentable, canónica y tradicional, dirigida a
colocar, por un lado, lo científico y lo técnico y, por
otro, lo “humanístico”.
Pagado de sí, el mundo académico parece despreciar
cuanto ignora de las humanidades, aunque cultive y
fomente una de sus perversiones más nefastas: el calco
de modelos provenientes de las llamadas “ciencias
duras”. En esa onda, la echonería febril de los
pintorescos “pensadores” postmodernos ha dado lugar a
más de una justa y oportuna burla. Todavía está fresca
la monumental chacota armada por un inteligente
científico, a expensas de una revista norteamericana
especializada en temas de literatura y de lingüística.
En efecto, Alan Sokal se encargó de decir que el
emperador de la postmodernidad andaba desnudo. Un
trabajo suyo repleto de deliberados errores conceptuales
fue enviado a la revista. La redacción de la misma lo
consideró excelente y decidió publicarlo de inmediato.
El artículo consistía en una parodia letal de la
tramposa práctica en que vienen incurriendo desde hace
algún tiempo algunos profesores de literatura,
acomplejados frente a la formalización de lo científico,
y que se dedican, en consecuencia, a intentar vanamente
lo mismo con las letras. Los disparates que el ingenioso
y cruel aguafiestas incluyó en su parodia de esa forma
de demencialidad académica, eran citas textuales de uno
de los más celebrados filósofos franceses. Gracias a
Sokal, los timadores resultaron timados con sus propias
armas y se pudo descorrer el velo de una impostura que
lesiona gravemente los estudios humanísticos de
prestigiosas universidades.
Otra desviación que en la actualidad está afectando a
las humanidades (en particular a la literatura), es la
proliferación de los trabajos bizantinos que una
investigación “a juro” ha impuesto a los miembros de las
corporaciones académicas. George Steiner ya dio cuenta
de ello en su memorable libro Presencias Reales. La
voracidad parasitaria de los estudios de letras y la
gris reiteración de las minucias, llenan anaqueles
enteros de Anales de Volusio, de material desechable,
que sólo da para que sus autores asciendan en el
escalafón o para hacerlos circular como “ponencias” de
congreso en congreso, cuando no en las exclusivísimas
páginas de minoritarias revistas arbitradas. Una breve y
excelente novela del gran Muñoz Molina, Carlota Feinberg,
describe con sangrante humor la situación de estos
oficiantes del vacío. Su gozosa lectura nos pasea por el
aturdido mundo de los congresos profesorales y por la
necedad enseñoreada de los departamentos literarios que
“hinchan el perro” para poder escribir el enémiso
“paper” sobre los últimos descubrimientos de Julio
Ortega en el capítulo XI de Paradiso.
La devoción por las modas intelectuales que insiste en
desoír la sabia sentencia de Leopardi (“La moda es la
madre de la muerte”) y la vaciedad de la literatura
secundaria que esa devoción fabrica, comportan la
paradoja de las humanidades de hoy en día: plenitud de
retórica, es decir, vacío. En lugar de dejarse llevar
por la aventura que el acto de leer envuelve, por el
viaje que convoca la lectura hacia parajes distintos a
los de nuestro ego, los lectores académicos insisten en
domesticar autores, en meter el árbol en el gabinete, en
lugar de treparse a sus frondosas ramas.
Algunas bien intencionadas propuestas hablan de insertar
las humanidades en las disciplinas técnicas y
científicas, con la sola incorporación de asignaturas
obligatorias o electivas en los planes de estudio de las
facultades de ingeniería, por ejemplo. Error. Las
humanidades están dentro de la ingeniería. Lo que
debemos hacer es encontrarlas en el rincón oculto donde
permanecen. Pero ¿de qué humanidades estamos hablando?
¿De los discursos autoritarios convencionales? En
absoluto. Estamos refiriéndonos al componente moral
(tradición, historia, lenguaje, valores, arte) que
integra el patrimonio del saber, por más específico que
éste se pretenda. Enfrentados a ese reto, en la
Universidad del Yaracuy, a la hora de elaborar programas
concretos, ensayamos la inclusión en asignaturas como
matemática, química y física, de temas referidos a la
historia de esas ciencias, a la pregunta sobre el por
qué de las mismas, a la indagación en torno al lenguaje
que emplean ahora o que usaron antaño y a la revisión
curiosa acerca de sus versiones o representaciones
extratécnicas y su incidencia social. No es extraño
entonces que nuestros profesores de química empiecen sus
clases con algún texto de Gastón Bachelard sobre la
imaginación poética o que el docente invitado sea un
escritor que ilumine comarcas difusas de la asignatura.
Y no se trata de una presencia marginal en el programa.
Se trata de una participación estelar en el curso de
cada materia. Las humanidades “como adorno” es
claramente el tratamiento despectivo que no queremos
dispensarle.
Las humanidades deben estar en el ambiente. No sólo en
las aulas. Deben gravitar en el espíritu de la
universidad, no sólo en los contenidos curriculares. Y
esto porque ellas no son un catálogo de conocimientos
librescos o un elenco de autores o de artistas. Son la
cultura de la persona humana, en el sentido que le daban
los estoicos. Las humanidades son los valores que no se
imparten en clases con proyectores multimedia, sino con
el ejemplo cotidiano. Son una invitación a pensar, a
reflexionar, a criticar, a comportarse en forma
autónoma, a pensar por sí mismos. Las humanidades deben
constituir una cultura, una memoria, una narración
permanente de nuestras vidas. No un cuentico fácil. Por
cierto, erróneamente denominadas “ciencias blandas”, las
humanidades exigen esfuerzo, reflexión y disciplina. Se
avienen maravillosamente con el curso délfico de Lezama
Lima que se inicia bajo el concepto de que “sólo lo
difícil es estimulante”. Nada de “facilitadores”, una
especie que la zoología pedagógica ha venido
reproduciendo de manera incesante e implacable. Lo
humanístico representa, además, la posibilidad de
sabernos miembros de un grupo humano donde la
solidaridad y la tolerancia sean ejercicios diarios de
ciudadanía. El humanista no sólo habla. Escucha. Sobre
todo, escucha.
Las humanidades son y no son la cultura general. No son
la cultura general entendida como complemento o como
guinda. Ortega y Gasset en su célebre ensayo sobre las
universidades resolvió el asunto cuando dijo
sencillamente que la cultura general era la cultura. Una
cultura básica, fundamental, concerniente a nuestro
pasado y a los lugares comunes de la historia, los
grandes lugares comunes que son a su vez los valores
heredados y enriquecidos por sucesivas generaciones.
Intervención del rector de la UNEY en
el taller del CNU sobre “la transformación” de las
universidades venezolanas
1.- Atipicidad de la UNEY: dentro de la agenda es, sin
duda, junto con alguna otra, una universidad atípica,
con apenas un año y medio de experiencia académica, con
un pequeño número de estudiantes (sólo dos cohortes y
dos licenciaturas en este momento), una planta pequeña
de profesores y un número igualmente pequeño de
empleados. Esto nos permite asistir a este taller, no
para dar cuenta del proceso de “transformación” interna
de nuestra universidad, sino para referir algunas
particularidades que caracterizan su actual etapa
fundacional, y que pudieran, modestamente, servir de
referencia, (de dato, tal vez útil) para el tema que nos
ocupa en esta ocasión.
2.- Enuncio algunas de esas notas particulares, para las
cuales no reclamo el reconocimiento de originalidad
alguna, sino, simplemente, la constatación de que no son
actualmente de aplicación general en el sistema
universitario venezolano:
-No tenemos Vicerrectorado Administrativo: no se trata
de una omisión del reglamento ni de un capricho. Se
trata de lo que consideramos la corrección de un error
conceptual de la Ley de Universidades: lo administrativo
es una función y no un fin. La elocuencia de la frase
anterior me releva de comentarios. Sin embargo, no
creemos que con esta supresión concluya el tema de la
revisión de la estructura rectoral. Nuestro reglamento
se atrevió hasta allí. ¿Quién nos asegura hoy que mañana
será imprescindible el Rectorado?
-No tenemos facultades, ni “decanatos”, ni escuelas.
Trabajamos con espacios académicos, mediante programas.
Estos no poseen la rigidez de las estructuras
“napoleónicas”, sino la flexibilidad (y hasta la
provisionalidad) que exige su constante interpelación,
no sólo con el entorno, sino con sus fundamentos y con
las razones de su pertinencia, que no debemos suponer
eterna.
-Estamos ensayando una organización más horizontal que
jerárquica, mediante equipos que trazan líneas de
acción, es decir, que planifican la actividad académica
de modo integral (creación, docencia, investigación,
extensión). Prouney y Paideia son siglas que aluden a
instancias de trabajo, a grupos plurales de
planificación y ejecución.
Entre esos equipos hay uno coordinado por estudiantes.
Nos referimos al que se ocupa del deporte universitario.
Por nuestra carrera en Ciencias del Deporte, estamos
ensayando una novedosa modalidad que coloca en manos de
los alumnos de esa licenciatura la gestión que
tradicionalmente en el sistema de universidades está a
cargo de una Dirección de Deportes. “Aprender haciendo”
es una frase que asoma con frecuencia en la retórica de
los reformadores. Bien. ¿Cuándo la materializamos? Lo
hacemos cuando nos atrevemos a renunciar a espacios que
supuestamente nos pertenecen, en virtud de conocimientos
(supuestos también) “acreditados” por un título. Dejar
que los estudiantes aprendan enseñándonos es una
sabiduría que no todos detentamos, por desgracia.
Prodeuney apunta hacia ese sueño. Lo anterior nos viene
permitiendo que la docencia, la extensión, la
investigación y la creación, sean funciones articuladas
e integradas armoniosamente. Así, un mismo tema puede
ser objeto común, no sólo de dichas funciones
académicas, sino también de los programas de pregrado,
que en este momento (y esperamos que siempre) poseen
innumerables puntos de conexión. Doy ejemplos: la
nutrición del atleta es un tema común. Lo es también (y
en un sentido mucho más tentacular) el mito de María
Lionza, el mito de nuestra patrona.
-No tenemos Dirección de Cultura. Tenemos una
Universidad para la cultura. Creemos que toda
Universidad debe ser una empresa cultural, so pena de no
ser Universidad. Desde luego, contamos con programas en
el área que comúnmente se denomina “cultura” dentro de
las universidades, pero son programas transversales que
procuran la integración de todos los ámbitos académicos.
Conscientes de las deficiencias de nuestro país en este
terreno, buscamos en la estética un sentido profundo,
una orientación axiológica, no un simple pulimento
formal.
-Nuestros primeros docentes ingresaron por concurso de
oposición, sin etapa previa de contratación por vía de
credenciales. En esto no existe diferencia alguna con la
convención, con la regla, con la ley, pero sí con la
práctica frecuente en el sistema. Esos docentes están
(aspiramos que todos) aprendiendo. La Universidad (por
lo menos la del Yaracuy) no es un lugar para estar
“empleado”, sino un espacio para seguir formándose, para
dudar de nuestras “destrezas” y, sobre todo, para educar
y educarnos.
-No concebimos la investigación del docente como un
trámite administrativo, sino como una función básica
para su formación y para el cumplimiento de la misión de
la universidad.
Los docentes deben ascender, más por cumplimiento de un
proceso natural de producción intelectual, que por
cumplimiento de un requisito o trámite administrativo.
La conversión de la investigación y del trabajo
intelectual en el “llenado de una planilla”, es una
lamentable realidad que no queremos “clonar” en la UNEY.
Estamos trabajando con programas de formación para
profesores, no de modo uniforme, sino procurando que
atiendan a las características de cada caso. Queremos
tener doctores, pero sobre todo, queremos que nuestros
doctores se hagan excelentes. “Hágase doctor” no es
nuestro lema. Preferimos decirle a quienes lo son:
“háganse excelentes”, como lo recomendó el mexicano
Guillermo Sheridan, universal, no por universitario,
sino por buen escritor. Todo esto nos debe llevar a un
desenmascaramiento del capitalismo curricular y a una
seria revisión de la meritocracia uniforme. El
“filósofo” argentino Enrique Santos Discépolo, con el
mismo sentido de la letra original, pensando en nuestras
“homologaciones”, está retocando “Cambalache”.
-Queremos devolverle al profesor de aula cierta dignidad
perdida. Una suerte de degradación del profesor que no
tiene credencial de “investigador” o que no es profesor
de postgrado, ha lesionado injustamente la nobleza de lo
que antes llamábamos “tiza y pizarrón” y que hoy la
tecnología nos permite denominar de otra manera (“apoyo
audiovisual”). Un profesor de aula es muchas veces un
investigador cotidiano, más creador y “productivo” (si
cabe la expresión) que aquellos que “están
investigando”, solamente. La mención del “apoyo
audiovisual” me da pie para una breve digresión: no
debemos rendir excesivo culto a los instrumentos o
equipos que la tecnología ha puesto en nuestras manos.
Como esta última frase lo indica: esos avances están en
nuestras manos, no nosotros en las de ellos. A veces
dejamos de dar clase o de dar una conferencia, porque se
nos dañó “el multimedia”. Y si llegamos a darlas (clase
o conferencia) sin ese apoyo, creemos que lo hemos hecho
“mal”. Todo porque nos olvidamos de usar bien un viejo
instrumento del ser humano: la palabra. Conecto este
comentario con un planteamiento que comparto: sí, debe
haber Parlamento Universitario, pero como su nombre
expresa, ese centro debe ser un lugar donde se
parla-mente.
-Más que establecer normas escritas, en la UNEY queremos
sembrar una cultura. La cultura de la Universidad como
ámbito para el estudio permanente y continuo, como
comunidad real, donde todos aprendemos (autoridades,
docentes, estudiantes y administrativos). Queremos que
“se respire” cultura en la Universidad. Confiamos en la
ósmosis.
-La Universidad debe transmitir valores. Educar es en sí
mismo un valor, como lo ha dicho nuestro querido
Fernando Savater. Pero parece que nos hemos olvidado de
esa noble función. Somos modelos de una subcultura.
Transmitimos más bien nuestras carencias, nuestras
miserias. Creemos que el lugar donde opera esa
transmisión se reduce al aula. Nuestras estructuras
jerárquicas y rígidas, nuestros modos de acción, nuestra
gestión en cargos administrativos, nuestros gremios, son
máquinas educativas, y no lo sabemos o no lo hemos
querido saber. Podemos educar con ellos, pero también
podemos deseducar o pervertir. Comparto la preocupación
de muchos de ustedes cuando focalizan en el gremialismo
universitario una de las causas de los males actuales de
las universidades. Debemos ser una comunidad de
estudiosos, no una comunidad de agremiados, como estamos
patéticamente resultando. Nos hemos copiado de la CTV un
modelo (quizá, un pseudo modelo) que nos empeñamos en
desmejorar.
-Entre los valores que debemos reforzar en nosotros y,
por supuesto, en los estudiantes, está el de la
responsabilidad. ¿Un sistema de asistencia estudiantil
levantado sobre la base de la dádiva y del regalo
contribuye, acaso, a ello? En la UNEY estamos ensayando
un programa de compensación que integra el sentido
social que ha de tener este tipo de programas, con
valores como los del trabajo y la cooperación. Resulta
que también con nuestros “comedores” educamos o
deseducamos. Por cierto, en la elaboración de las normas
que rigen el sistema indicado, participaron los
estudiantes. Lo señalo como una referencia a un tipo de
mecanismos de participación efectiva que debemos ir
arbitrando, por encima de las tradicionales formas de co-gobierno.
-Uno de los aspectos cruciales del proyecto UNEY tiene
que ver con lo que el lugar común denomina “integralidad
del conocimiento”. La articulación de lo científico, lo
técnico y lo humanístico como una misión central de la
universidad. Lamentablemente los modos de hacer esta
articulación (cuando se pasa de lo retórico a los
hechos, lo que no siempre ocurre) no suelen ser los más
afortunados. Se suman o se agregan contenidos, o se
crean otras “facultades” o “escuelas” para
“complementar”. La verdadera integración está en el
interior de cada saber. Tres espacios académicos
denominados Lengua y Tradición Cultura, Cultura del
Emprendedor y Filosofía de la Práctica están presentes
de manera transversal en nuestros programas de pregrado.
Su inserción en ellos es estelar, no meramente
decorativa.
-Formar emprendedores. Una línea maestra de los
programas de pregrado que actualmente adelantamos es la
cultura del emprendedor. Es patético el espectáculo de
muchos gremios profesionales que reducen su actividad al
reclamo de “puestos de trabajo”, sin haber pensado jamás
en que existen otras opciones. Los comprendemos:
provienen de un sistema educativo (en rigor, de una
cultura) que los orientó en forma exclusiva hacia el
destino del “empleo”.
-Reducir el tiempo de las carreras. Simplemente refiero
un hecho: en el proyecto de creación de la UNEY nuestros
pregrados tenían una duración de cuatro años. Se nos
impuso alargarlos. Tuvimos que “hinchar el perro”, como
escribió Cervantes. Eso ocurrió hace dos años y medio.
El hecho aludido me sirve para apuntar algo que siempre
conspira contra las reformas o los cambios: la cultura
vigente, los dogmas burocráticos, los legalismos a
ultranza, la comodidad del “status”. Nosotros mismos y
nuestras “convicciones” son la barrera de las reformas.
-La formación continua. Creemos que allí está uno de los
caminos fundamentales para la Universidad del nuevo
siglo. Bachilleres o no, licenciados o no, doctores o
no, postdoctores o no, todos necesitan seguir
aprendiendo. Y sobre todo, seguir haciéndolo no para
obtener otro título, sino para poder dar respuestas
efectivas a las demandas de su tiempo. Permítaseme
concluir con dos citas que de algún modo resumen el
espíritu de lo que he querido transmitir hoy. La
primera, para ilustrar un camino. La segunda para
agregar cierta dosis de sano escepticismo sobre el
discurso de la “transformación”:
“... La educación, la academia, la universidad, son
espacios donde rige Apolo, el dios que personifica la
unilateralidad de la brillantez, del triunfo - juventud,
que domina el vivir.
No obstante, conozco a un norteamericano, profesor
universitario, que dicta un seminario sobre
planificación. Para aceptar a un estudiante en su
seminario, exige que éste le demuestre haber fracasado
en algo, porque entiende que el haber fracasado y
aceptado ese fracaso denota una aptitud, algo necesario
para su trabajo...(...)
Y el fracaso, en este ejemplo que traigo a colación,
podemos verlo como el ancla que conectaría al estudiante
con la tierra, con la realidad terrena”. Añade Rafael
López Pedraza en su libro Ansiedad Cultural (de donde he
tomado la cita) una experiencia elocuente sobre los
resultados de la aplicación unilateral del “exitismo”:
“en el Instituto Jung de Zürich, los que resultan ser
los peores psicoterapeutas y los más aburridos en sus
concepciones y escritos y que poco han contribuido a los
estudios con sus aportes personales, son precisamente
aquellos estudiantes cuya admisión en el Instituto se
basó en sus curricula vitae summa cum laude”
La otra cita se refiere a Proteo, el dios griego que
representa el mito del cambio, el mito de la
transformación. Cuando Proteo se encontraba en una
situación difícil, en un trance complicado, bien porque
un intruso le había tomado sus espacios, o porque lo
amenazaban desde afuera, adoptaba una nueva forma que le
proporcionaba en ese trance una especie de coraza, una
suerte de seguridad frente al peligro. Se “transformaba”
en animal, en vegetal, en cualquier cosa. Cuentan que
Ulises y su gente se encontraron un día con el dios
anciano y quisieron saber de él el camino hacia Ítaca.
Proteo se resistió, Pero:
Cuando Proteo se durmió al fin con un grito
de guerra caímos sobre él,
agarrándolo con nuestras manos.
pero sus viejos trucos no le habían abandonado;
al contrario,
primero tomó la forma de un león,
luego de una serpiente, un leopardo, un gran jabalí;
luego escupió agua; luego fue un gran árbol verde.
Aún así, seguimos, por las buenas y por las malas,
recurriendo a cualquier cosa.
Hasta que el Anciano pareció derrotado,
y lúgubremente abrió sus labios para preguntarme.
La cita anterior proviene de La Odisea, de un autor
llamado Homero. Espero que el espíritu sibilino de los
textos leídos contribuya de algún modo a evitar que
banalicemos el tema de “la transformación”.
La UNEY nació en un Taller Literario
El título de estas líneas no es una metáfora. Tampoco es
-aunque podría serlo-, una provocación intelectual. Es,
sencillamente, el registro de un hecho histórico. En
efecto, el proyecto de creación de la Universidad
Nacional Experimental del Yaracuy, soporte filosófico de
lo que actualmente hacemos en ella, fue concebido y
redactado en la Casa de las Letras “Antonio Arráiz” de
Barquisimeto, sede del taller literario que desde 1991
hasta el año 2000 me tocó dirigir.
Durante dos años la lectura de los últimos
planteamientos de la UNESCO en materia de educación
superior, así como la revisión de una copiosa
bibliografía de temas universitarios, se combinó
armoniosamente con sesiones sobre poesía
hispanoamericana, con debates en torno del libro y la
lectura y con una indagación acerca del carácter
fundacional de algunas obras literarias en diversos
países de América Latina. Cuando preparábamos con fervor
“Pretextos para el alma” (así se bautizó un inolvidable
ciclo sobre poetas de Hispanoamérica) o la lectura de
los “Contemporáneos” mexicanos o una Ley larense para el
Libro, simultáneamente explorábamos la viabilidad de las
carreras de Alimentación, Deportes y Diseño para la
universidad que soñábamos. De la casa de las letras a la
cocina de Cuchi, era muy poco el trecho que recorría la
febril preparación de este viaje.
Mucho Octavio Paz, mucho Borges, mucho Valente y mucho
San Juan de la Cruz debe cruzar en silencio las líneas
maestras que perfilan académicamente a la UNEY. Quizá
también gravita en ellas el estímulo que semanalmente
nos daban, entre sextinas y debates, Vicente, Manuel,
Ochoa, Julio César, Ibar, Reynaldo, María Auxiliadora
y tantos otros contertulios del interminable taller que
tuvo -y tiene- en María Fernanda Palacios su voz primera
y tutelar.
Marcada por ese origen que la enorgullece, nuestra
novedosa casa de estudios no tiene rubor alguno en
proclamarse humanística, con la fundada sospecha de que
va por el camino idóneo. Si algo falló en el ámbito del
conocimiento, fue, precisamente, la conexión natural de
los saberes.
Una disgregación improductiva nos llevó a separar las
ciencias de las humanidades, como si las primeras no
tuviesen necesidad de las segundas y viceversa. Todo
cuanto se haga por recobrar ahora la unidad perdida,
redundará después en un inmenso beneficio para el
hombre. Las Universidades están llamadas a ser el
timonel de ese trabajo. La UNEY tiene conciencia de que
se trata de una labor ardua, lenta y a largo plazo. Pero
ya Goethe nos advirtió: “Debemos ser como la estrella:
sin precipitación y sin tregua”.
Dentro de pocos días la UNEY cumplirá 5 años de fundada.
Una entusiasta comunidad de estudiantes y docentes
(incluyo como tales al personal administrativo) nos está
demostrando que los sueños pueden hacerse realidad. Las
piezas siguen en el tablero y cada vez lucen más seguras
de sí mismas. Dios mueve al jugador, lo dijo Borges.
¿Qué Dios detrás de Dios sigue avivando nuestra suerte? |
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