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Universidad
Nacional Experimental del Yaracuy, Venezuela.
La
resignificación de lo urbano desde la insatisfacción por
la ciudad
(*)
(resumen
del curso sobre la ciudad venezolana, ofrecido en San
Felipe, noviembre de 2006)
Silverio González Téllez
Universidad Simón Bolívar
INTRODUCCIÓN: RECORRIDO PROPUESTO
Disertar sobre la significación de lo urbano en la
cultura venezolana implica comenzar por la acepción
predominante de lo que quiere decir urbano. Ese
significado predominante es el de ciudad, es decir, un
asentamiento humano o convivencia social aglomerada y
organizada en un territorio. Comenzaremos nuestra
reflexión con esta acepción de lo urbano como ciudad y
con ella en mente presentaremos una síntesis del
recorrido que hemos realizado por tres registros
culturales relacionados con la ciudad venezolana: 1) su
identidad o la idea de ciudad, definición y valoración;
2) las dinámicas y cristalizaciones que se distinguen en
pasajes de la memoria colectiva de la convivencia
venezolana y, 3) por las interpretaciones de la
insatisfacción de vivir en la ciudad venezolana. Durante
el recorrido propondremos un significado más profundo de
lo urbano como alternativa a los problemas de la
convivencia citadina.
La propuesta rescata una significación latente y
emergente de lo urbano, que si bien quiere decir
asentamiento poblado, también refiere a estar atento,
brindar cortesía, ofrecer una apertura al diferente, lo
cual sugiere una sociabilidad centrada en la atención al
otro en tanto diversidad. Por eso en el diccionario aún
se define urbanizar como la acción de “hacer sociable a
una persona”.
Nuestra principal tesis es que la significación
dominante de lo urbano en tanto ciudad está en la
génesis de la exclusión sistemática de la convivencia
venezolana. La idea de ciudad remarca el carácter
cuantitativo de la convivencia urbana, como asentamiento
físico o aglomeración organizada y subordina su
significación como apertura a las otredades. Ese énfasis
es expresión de por qué nuestra cultura no ha construido
hasta ahora una convivencia incluyente y sostenible y
nos proponemos aquí exponer tal interpretación y asomar
una manera de cómo resolver tamaño dilema.
ENFOQUE
La reflexión que hacemos se concentrará en una
sociología interpretativa de la convivencia que concibe
la realidad humana como cultura construida y
constructora. No profundizaremos en fuentes, datos,
teorías, hechos o contextos específicos investigados en
el recorrido por las tres temáticas. Nuestro esfuerzo
aquí se aplicará a repertoriar las relaciones entre las
distintas visiones, afectos y explicaciones que han sido
identificadas en los registros culturales trabajados; a
partir de esas relaciones arriesgaremos sucesivas
interpretaciones hipotéticas sobre la insatisfacción de
la convivencia venezolana y sobre su potencialidad
urbana en el más amplio sentido indicado. Nuestra
referencia fundamental es Caracas pero se pretende una
interpretación de la convivencia en la ciudad
venezolana.
I.- LA IDEA DE CIUDAD
Juan Nuño decía que no hay ciudades inocentes, ya que
detrás de cada ciudad hay una idea. En nuestra cultura
podemos afirmar que detrás de nuestra convivencia hay
una idea dicotómica de ciudad, es decir, dos ciudades
que son antagónicas pero coexisten e impregnan nuestra
convivencia citadina: ellas son la ciudad ideal y la
ciudad natural.
LA CIUDAD IDEAL O POSITIVA
En la cultura venezolana encontramos una ciudad
escriturada, ordenada, ideal, basada en la razón, la ley
y el deber-ser que se expresa en edictos, ordenanzas,
leyes, planes, discursos, planos, reglamentaciones, la
cual observa y atiende espacios físicos, funciones,
estructuras, objetos, y cuyo propósito es instrumentar
eficientemente soluciones y gobernar. Surge de una idea
de ciudad positiva en cuanto que enfatiza lo delimitado,
identificable, explicativo y al mismo tiempo normativo.
Su fuente cultural más fuerte es la razón positivista
que desde el Renacimiento retoma la filosofía griega y
con ella propone una alternativa humana a la ciudad de
Dios. Primero formula ciudades utópicas, luego se
plantea las ciudades científicas y planificadas con una
razón que garantiza la eficiencia y el progreso.
Una clara evidencia de la ciudad ideal la encontramos en
la definición de población urbana que usamos oficial y
regularmente. En Venezuela y en muchas partes del mundo
cuando definimos un asentamiento urbano se establece un
criterio de igual o más de 2.500 habitantes que residen
en viviendas no distantes de 500 metros entre ellas.
Esta definición numérica-residencial delimita la
población urbana a partir de un modelo básico de
convivencia aglomerada y asentada en un lugar físico,
según una pauta de 5x500/500, es decir 5 personas por
vivienda por 500 viviendas entre 500 metros de
distancia. Aquí la identificación de la población es al
mismo tiempo objetiva y normativa. El concepto decide
que la realidad urbana no sólo es así sino que debe ser
así. Esta ciudad positiva, ideal, parte de un sentido de
superioridad excluyente que es el modelo de la realidad
que se identifica con un número, una estructura, unas
reglas, unos objetos, funciones y espacios. Lo que ese
modelo no considera no existe, es desorden, es ruido, se
niega. En el ejemplo de la definición de población
urbana allí se deja afuera todos los aspectos de la
actividad o de la movilidad de la población asentada.
El urbanismo progresista, identificado entre otros por
Francoise Choay, continúa esta representación de la
ciudad positiva en los últimos dos siglos. El pasado es
un obstáculo al orden ideal y por tanto es prescindible.
El desorden es todo aquello excluido del orden definido
en el modelo, por tanto cualquier comportamiento o
manifestación fuera de lo delimitado no existe o será
subordinado, como por ejemplo lo fueron los centros
tradicionales de las ciudades o los barrios populares.
LA CIUDAD NEGATIVA O NATURAL
Otra idea de ciudad reta y resiste a la ciudad
homogeneizante y positivista. Es la idea de una
convivencia que responda a la naturaleza o a la
tradición de un lugar o contexto, que trata se ser fiel
a su naturaleza propia, a su historia, a su
particularidad, interioridad y subjetividad, por lo cual
se opone fehacientemente a todo orden externo o
impuesto, independientemente que éste venga de la
ciencia o de la técnica, pues se asume como una
intervención que anula el alma de la ciudad o lo más
preciado de la civilización, su diversidad.
Grandes corrientes culturales han alimentado esta visión
de la ciudad. La más importante de ella es la tradición
judeo-cristiana. El relato bíblico confronta a la ciudad
terrenal de Caín por asentarse sólidamente en la tierra
de los pecadores y por preferir sus adquisiciones a su
hermano. Por eso el nombre de la primera ciudad bíblica
es el mismo nombre del hijo de Caín llamado Enoc.
En los últimos dos siglos la corriente del Romanticismo
profundizó el rechazo a la ciudad positiva a través de
la condena al nuevo orden industrial-masificado, que se
presentaba como máximo exponente de la civilización
moderna. El movimiento romántico resalta el espíritu
poético y natural del hombre, así como las convicciones
y la fortaleza interior, dimensiones que se ven
amenazadas por la homogeneidad de la masificación
creciente que aliena y degrada al espíritu. Un poeta de
esa corriente decía que “la libertad muere en la basura
de las ciudades”.
En el campo de la teoría social el Marxismo ofrecerá una
explicación de la aparición histórica de la ciudad como
explotadora del campo y del trabajo manual y propondrá
para el futuro comunista su disolución una vez que las
contradicciones de clase social hayan sido eliminadas y
seamos todos iguales. Para esta teoría, la ciudad buena
es la ciudad disuelta. Tesis que inspiró esfuerzos de
planificación socialista en la URSS, China, Cuba y otros
países del desaparecido bloque comunista.
La idea de ciudad negativa va a concretarse en una
corriente de urbanismo que ha sido llamada culturalista,
que encierra muchas variantes, pero que coincide en la
condena al crecimiento urbano y a la consecuente pérdida
de la riqueza personal e histórica de las ciudades.
En la cultura venezolana actual la idea de ciudad
natural se ha expresado con fuerza en una resonante
corriente que ve negativamente a las ciudades. Tanto a
nivel de la opinión mayoritaria de habitantes de las
ciudades como a nivel de los decisores políticos del
siglo XX la visión de Caracas y de las ciudades
centrales ha sido particularmente crítica. Sirva de
muestra la opinión influyente de Arturo Uslar Pietri
quien cuestionó arduamente la incivilidad y pérdida de
identidad de la Caracas que él percibía desbordada. Por
otra parte se encuentran los esfuerzos de sucesivos
gobiernos de distintas tendencias que han evitado el
reconocimiento a los barrios populares como parte de la
ciudad, han promovido inversiones hacia el sur
deshabitado del país y han desestimulado el crecimiento
económico de la ciudad central. Si revisamos la opinión
de los residentes de Caracas se encuentra también un
alto rechazo a la ciudad existente porque la consideran
desordenada, con mucha gente y hostil, a pesar de que
reconocen las oportunidades que ofrece, el clima y el
paisaje que la favorece. Pareciera que predomina un uso
instrumental de la ciudad, donde se vive para trabajar y
utilizar sus servicios pero de la cual se sueña escapar
a una vida tranquila en el campo, o en un pequeño pueblo
o a una ciudad espectáculo en el exterior.
IDEAS ANTAGÓNICAS DE CIUDAD
Estas ideas de ciudad se presentan antagónicas,
dicotómicas y muestran cómo a pesar de constituir ambas
parte de nuestra cultura se encuentran enfrentadas.
Postulamos la tesis de que nuestro malestar cívico está
en relación con esta incomunicación cultural, pues dos
dimensiones de la cultura de la convivencia se anulan:
la ciudad del discurso y la ciudad del sentimiento.
Ambas dimensiones se enfrentan, fuertemente estimuladas
por la lógica industrial del siglo XIX y XX, y ahora se
confrontan más debido a las tendencias globalizadoras
del siglo XXI, donde los flujos de las redes
informacionales de las actividades más productivas
reinan en la conexión o desconexión a la economía,
mientras las comunidades y personas se encierran cada
vez más desconfiadas, desligadas de las actividades más
productivas, y refugiadas en creencias, afectos y
dioses, como lo han reportado Richard Sennett, Manuel
Castells, Alain Touraine y Anthony Guiddens. El
resultado es la insatisfacción por la ciudad, la
fragmentación de la vida y el asilamiento de las
diferencias, para una mayor homogeneización del orden de
turno.
LA CONVIVENCIA URBANA COMO COMUNICACIÓN
Una noción de lo urbano alternativa se abre paso, sin
embargo, desde las últimas décadas del siglo XX, que
intenta resolver el dilema de la ciudad dicotómica o de
la doble idea de ciudad en la cultura. En efecto, varios
autores van a formular una revisión de la concepción
dualista y antagónica de la realidad urbana y la
presentan como un problema de comunicación. Un pionero
de esta visión es, a nuestra manera de ver, Max Weber
cuando apreciaba el valor de la ciudad occidental
medieval en aquella diversidad cosmopolita que lograba
constituirse en autonomía y autoridad legítima, donde la
institución más importante eran los tribunales. Más
cerca en el tiempo, Melvin Webber, Francoise Choay,
Henri Lefebvre y Richard Sennett desde perspectivas
distintas llegan a definir lo urbano como comunicación
de la diversidad. En Venezuela, Roberto Briceño-León,
Maruja Acosta, Arturo Almandoz esbozan también esta
salida. Y, a nuestro entender, el autor que más ha
elaborado esta tesis es el Psicólogo Colectivo mexicano
Pablo Fernández Christlieb, de quien somos tributarios
en esta interpretación. La propuesta, en síntesis, es
drástica: lo urbano se concibe primero que nada como un
ámbito de comunicación temporal-espacial más que
espacial-físico, como una forma de encuentro, de
simultaneidad, más dinámico que estructural, más
intersubjetivo que individual. Por tanto lo urbano se
concibe como una entidad psíquica, un espíritu, una
sociabilidad, una forma temporal. Con lo cual puede
postularse que el espíritu urbano es un momento donde
las distintas ideas de ciudad se comunican, es decir, en
la comunión y tensión encuentran un sentido común.
EL ESPÍRITU URBANO
Si lo urbano es un espíritu es porque con esa palabra
queremos llamar al sentido que emerge del encuentro de
corrientes culturales diversas, de una realidad hecha de
comunicación creadora de sentido. En efecto es una
realidad simbólica, construida de una relación
esclarecedora entre pensamientos e imágenes. Cuando
aparece crea luces, centro y politiza porque construye
un puente en la diversidad, una comunidad en la
diferencia. Puede haber conflicto o comunión, pero
siempre hay relación. Pero lo urbano no es único ni
permanente. Mientras los encuentros crean sentido, en
otra parte del espíritu van acumulándose objetos que
sólo repiten y por tanto la relación desaparece. Esta
parte de la comunicación ocurre en la periferia de la
cultura y se llama ideología, porque se vuelve rígida,
fija, oscura y repite ideas y sentimientos. Ahora bien
¿cuál comunicación se ha dado en la convivencia
venezolana?
II.- LAS FORMAS DE CONVIVENCIA EN LA HISTORIA VENEZOLANA
En la convivencia venezolana puede distinguirse varias
decantaciones y transiciones que la memoria colectiva
nos permite ubicar y que proponemos revisar. Hemos
distinguido seis ciudades o formas de convivencia,
inspiradas en Jorge Luis Romero: la hidalga, la criolla,
la patricia, la burguesa, la masiva y la violenta.
Proponemos una síntesis de la dinámica y estructura de
la ciudad venezolana en estos seis momentos.
LA CIUDAD HIDALGA
La población indígena no había construido ciudades, en
el territorio que después sería Venezuela. Por tanto, la
primera ciudad, que llamaremos hidalga, fue un acto
legal de dominación establecido por los adelantados
conquistadores en nombre de una civilidad inexistente.
Su sentido era tomar posesión de los territorios tanto
militarmente, jurídicamente como religiosamente, de
acuerdo con prácticas de avance contra los moros
utilizadas por el Imperio Español. Durante el siglo XVI
se fundaron cientos de ciudades, en medio de la guerra
de conquista, pero lo novedoso es que se sistematizó un
modelo de ciudad. Las pautas de fundación y organización
conocidas después como Leyes de Indias establecieron un
orden reticular, ortogonal y jerarquizado, con espacios
e instituciones definidos que erigirían sus cúpulas al
cielo para gobernar la inmensidad de un territorio
vivido como salvaje. Podían ser aquellas ciudades un
grupo de chozas en torno a una plaza de tierra pero sus
fórmulas de existencia, sus pautas de crecimiento, su
deber ser como tierra santa y superior frente a un mundo
en conquista estaban predefinidas e idealizadas. Sin
embargo, las fórmulas ideadas de la civis se alejaban
tanto de la realidad de las colonias que frecuentemente
se acataba pero no se cumplían los edictos imperiales, y
así también ocurría con la pureza de los cuerpos y de
las razas, que era mantenida parcialmente, mientras los
conquistadores se mezclaban con mujeres indígenas y
luego con mujeres negras sin que la hidalguía sufriera.
LA CIUDAD CRIOLLA
De la ciudad ideal hidalga transitamos hasta una
convivencia civil más auténtica, que tiene lugar en el
siglo XVIII, aunque restringida a un pequeño grupo de la
población de blancos peninsulares y criollos. Es la
ciudad criolla o mantuana cuya pretensión hidalga y
nobiliaria disminuye para pasar a establecer su
superioridad sobre la pureza de raza y la posesión de
riqueza de las haciendas, comercios y propiedades. La
ciudad exclusiva de propietarios criollos mantiene las
cúpulas del rey y la Iglesia y al mismo tiempo
desarrolla una vitalidad social de iniciativas cívicas y
negocios que la hace propensa a la autonomía política.
Su convivencia es pautada y cerrada, expresión de una
idea escriturada de la convivencia citadina que se cree
invulnerable a pesar de la tensión con una creciente
mayoría de población de otras razas que trabajaba en
haciendas y hatos en lo profundo de la provincia.
LA CIUDAD PATRICIA
El movimiento de Independencia del siglo XIX lleva a la
elite criolla más radical a emprender una guerra que
terminará por romper las cúpulas de su propio orden
cívico al movilizar a las poblaciones pardas del Llano y
de las haciendas al campo de batalla, primero como
ejército, luego como población liberada del orden
criollo y dispuesta a batallar detrás del militar que
más expresara su condición. Apareció así la primera
versión de ciudad negativa o natural en la cultura
venezolana, que llamaremos ciudad patricia. Es una
ciudad marcada por el costo y el desorden de una guerra
larga en tiempo, y extensa en territorio, que muchos
historiadores han calificado de guerra civil, donde los
ataques y saqueos cíclicos a las ciudades como forma de
pago a la tropa y las masacres a sus residentes eran
frecuentes. Al final de la guerra la pérdida en vidas
fue inmensa y la elite criolla ya no era la misma, por
desaparición física o ausencia. Pero inclusive después
de la Independencia, y de la desaparición de la Gran
Colombia, la dinámica desestructurante continuó con
ciclos de flujos y reflujos de montoneras y nuevos
caudillos que por vía de la fuerza ascendían a cuotas de
poder. La dificultad de construir una convivencia
incluyente de las mayorías pardas que al mismo tiempo
garantizara los privilegios de los nuevos propietarios
patricios era el signo de aquella tensión. Sin embargo,
cada nuevo hombre fuerte culminaba erigiendo otras
cúpulas en la convivencia agotada, como un intento de
renovar el orden, para lo cual el militar recurrirá al
letrado quien escribirá una nueva constitución, un
discurso, una justificación. Lo particular es que el
divorcio de las nuevas formas con la realidad de la
población había cambiado poco. La incomunicación en la
cultura no era modificada: un deber ser purificante y
justificador era proclamado por cada nuevo poder y
paralelamente la realidad privatizada, ocultada y
empobrecida de la población llamaba a nuevas
irrupciones.
LA CIUDAD BURGUESA
El general Antonio Guzmán Blanco queda como vencedor en
las largas guerras federales, de mediados del siglo XIX,
sobre el centralismo conservador. Pero su principal obra
será restaurar la relevancia de Caracas en el control
nacional. El triunfador del igualitarismo más pugnaz, el
representante de la inmensidad del Llano y montes de la
provincia centra su obra en la instauración de un orden
cívico cuyo centro es Caracas, convertida en un pequeño
Paris. Las cúpulas del poder, entre ellas las de la
Iglesia, ciertamente fueron cambiadas de dueño pero el
Estado liberal instauró un nuevo culto. Erigió en cúpula
a la academia de la historia, la plaza mayor pasó a ser
la plaza Bolívar y varias edificaciones religiosas
pasaron a ser sede del poder civil y panteón del padre
de la patria, todo en un estilo parisino. La forma
escriturada cambió su aspecto, la constitución y las
leyes se renuevan, pero la ciudad ideal esta vez
francesa cumple el mismo papel de modelo explicativo y
normativo, mientras tanto las “poblaciones volantes” del
mundo profundo y natural se repliegan un tiempo para
volver en cualquier momento a irrumpir con otro
caudillo.
Fue así como al final del siglo XIX otra montonera, esta
vez compuesta de tachirenses, atraviesa todo el
territorio desde el sur hasta Caracas. Los hombres de
Los Andes se apropian de la ciudad burguesa como de una
hacienda. Con eficiencia de patronos prósperos y
militares probados, Cipriano Castro primero, y luego
Juan Vicente Gómez, se convierten en jefes de Venezuela
hasta 1935; viniendo de las montañas de la más apartada
provincia son ellos quienes consolidan el poder central
de Caracas, reducen las últimas montoneras e
institucionalizan el tejido mínimo para la unidad
nacional. El dueño de todo, que fue el general Gómez,
construye un orden elemental centrado en la fuerza
militar y en la comunicación por carreteras. Erigió
guarniciones y caminos al tiempo que mantuvo un modelo
de convivencia ideal que seguía declarando ciudadanos
donde sólo había súbditos, un orden viejo con nuevas
fórmulas, esta vez norteamericanas, con el fin de
mantener el poder. Con el recién descubierto petróleo en
los haberes de la pobre república la consolidación de la
ciudad burguesa no deja lugar a dudas. La ciudad
positiva, del poder y el orden ideal, parecía
consolidarse definitivamente frente a la inmensidad del
mundo natural y sus fuerzas telúricas.
Pero no pasó mucho tiempo de la victoria de los Santos
Luzardos cuando un nuevo ciclo de tensiones se presentó
pero ya no en proveniencia del campo sino dentro de la
misma ciudad. Se trataba de las masas que ahora poblaban
la ciudad, que habían dado razón al orden positivo y se
mudaron a la ciudad para compartir el triunfo y vivir
modernamente como se debía.
LA CIUDAD MASIFICADA
El anterior orden de la ciudad burguesa había
establecido la superioridad del trabajo, de la educación
y el confort material, en el mejor estilo
norteamericano, sin embargo las mayorías permanecían
pobres y analfabetas. En 1936, después de la muerte de
Gómez, se inaugura la protesta masiva en la calle de la
ciudad como forma de expresar el descontento y hasta la
violencia contra el orden establecido pero ya no a
caballos ni en armas, sino en masas que toman la ciudad
y mueven los significados del poder. Son las nuevas
versiones de la ciudad negativa dentro de la ciudad.
Con el partido Acción Democrática estas masas
progresivamente citadinas expresaron su reclamo de
acceso a los derechos sociales, económicos y políticos.
En 1945, por medios violentos, el partido de las masas
accede al poder y la transición hacia la ciudad
masificada estaba realizada. Muchos traspiés y
dificultades se presentaron hasta lograr una ampliación
de los derechos para las masas citadinas, pero
progresivamente en los años cincuenta y sesenta se dan
grandes avances en la salud y la educación. Las
tensiones por un orden ideal pero accesible encuentran
en esta convivencia masificada grandes oportunidades,
por supuesto favorecidas por la renta petrolera y por
una democracia representativa gobernada por civiles y no
por militares.
Sin embargo, los ritmos eran alucinantes. Caracas pasa
de tener 325.000 habitantes en 1941 a 2.200.000 treinta
años después. De 10 % de población urbana a nivel
nacional a comienzos del siglo XX se pasa a 50% a
mediados del siglo y casi 90% a finales del mismo. Las
nuevas clases medias aparecían ansiosas de ascenso. Las
rupturas con las tradiciones de la ciudad criolla y
burguesa eran frontales, al punto que una nueva ciudad
moderna huía de la cuadricula tradicional e histórica
del centro para instalarse en una periferia de
urbanizaciones al estilo americano.
Las cúpulas edificadas de la ciudad masificada eran
escuelas, hospitales, ateneos y universidades, así como
torres de oficinas financieras y empresariales del nuevo
culto al Estado petrolero, muy a la vista de otras
alturas ocupadas por los ranchos de los pobres recién
llegados de la provincia y aspirantes a incorporarse a
la masa beneficiada.
Las tensiones del orden y la masa se resolvieron con una
fórmula populista, según la cual se establecía la nueva
superioridad de la ideología, la clientela. Había pureza
en ser parte del partido como clientela familiar y
compartir su ideología que se seguía con lealtad.
Sin embargo, la realidad eruptiva de la convivencia
comenzó a asomar desde el principio de la ciudad
masificada. Las montoneras pasaron a ser motines que se
formaban cada vez que una protesta de calle se agudizaba
o cuando factores políticos llevaron a cabo una
estrategia insurreccional. Por otra parte la masa que
vivía en Caracas y otras ciudades centrales del país
mostró desde el principio una negatividad o rebeldía
hacia el orden masificado muy peculiar. Desde que hubo
oportunidad de manifestar o votar, en cada manifestación
o elección, como ocurrió en 1936, 1958, 1963, 1968 la
ciudad de Caracas, y otras ciudades del centro, se
manifiestan en contra del poder de Miraflores.
Este enfrentamiento a lo interno de la ciudad entre las
masas centrales y el poder nacional se hizo recíproco
pues con la democracia representativa de la ciudad
masificada, y especialmente durante los gobiernos adecos,
se llevó a cabo una política según la cual, como lo dice
Marco Negrón, los problemas de Caracas se solucionaban
fuera de ella, con inversiones en el campo o en otras
nuevas ciudades en el sur como Ciudad Guayana.
Más allá de los conflictos y los congestionamientos de
todo tipo, la bonanza petrolera que duró hasta comienzos
de los años ochenta, permitió dar la ilusión de un
futuro integrado que resolvía el desencuentro histórico
de la cultura. Pero los canales de integración de la
masa al orden de convivencia modernizado se rigidizaron
y parasitaron con el peso de clientelas y castas de
privilegiados partidistas, lo cual se acompañó de la
declinación del rendimiento de la renta petrolera
causando un estallido de mayor nivel de la violencia.
LA CIUDAD VIOLENTA
En 1989, con la esperanza populista perdida de Carlos A.
Pérez, y las nuevas políticas de ajuste económico, las
masas irrumpieron y la violencia se adueñó de la
convivencia citadina en la calle. El sacudón del 27 de
Febrero de 1989 cumplió la amenaza de una población
urbana excluida, mayoritariamente residiendo en los
cerros altos de los alrededores del valle de Caracas, de
bajar y tomar la ciudad a través del saqueo y el
desorden, retando el poder de los palacios y las torres,
sin dirección política, espontáneamente pero muy
violentamente. El orden empleó la violencia y masacró a
la masa. Las expectativas de una vida mejor se
desvanecieron a pesar de la riqueza ostentosa del
gobierno y de la elite.
La violencia delincuencial aumentó exponencialmente como
una epidemia sobre los diferentes sectores de la ciudad
en esa década que comienza con el Caracazo.
La superioridad de la ciudad violenta es la presión
extra-institucional, la “parada”, la ley del más fuerte
para imponerse o ser tomado en cuenta, las armas, el
odio, el miedo. En un clima de amplia desconfianza y
confrontación social triunfa en las elecciones de 1998
el líder militar de uno de los golpes de estado de 1992.
Su triunfo es el comienzo de un período de mayores
confrontaciones, esta vez políticas, que el nuevo
presidente define como una nueva revolución que aspira
enfrentar el poder de las oligarquías. El gobierno
bolivariano comenzó rechazando a Caracas y a las
ciudades centrales y emitiendo un discurso favorable a
Los Llanos y al desarrollo centrado en el Eje
Orinoco-Apure. A los seis años de su gobierno (2004) el
nuevo orden se construyó un nuevo deber ser (la
constitución de 1999), se elaboró un discurso
antiglobalizador, se renovó el culto a Bolívar
declarando su pensamiento una doctrina constitucional y
se planteó un modelo referencial, ya no español, ni
francés, ni gringo sino esta vez cubano.
Paralelamente al nuevo orden, la violencia política se
adiciona a la violencia delincuencial con la imposición
de una revolución de una parte de la sociedad a otra y
la respuesta contrarrevolucionaria de la otra, la
ruptura de las reglas de la alternabilidad presidencial,
los asesinatos políticos, las invasiones de propiedades
urbanas y rurales, la desobediencia militar, los
intentos de golpe de estado, el paro petrolero, la
persecución política, las denuncias de fraude electoral.
Todo lo cual ocurrió en una ebullición de la
participación política de los diferentes sectores de la
ciudad que provocó grandes manifestaciones de calle
opuestas al poder de Miraflores y otras a favor. La
convivencia se polarizó en expresiones políticas que se
negaban una a otra, casi reflejando el paisaje de la
segregación de la ciudad física o del desencuentro de la
cultura. En el referendo revocatorio de 2004, si bien se
ratifica el poder del presidente de nuevo las masas de
la ciudad capital votaron rebeldemente contra el palacio
de Miraflores y su propuesta de orden.
ESPACIOS COMUNICATIVOS Y POSIBILIDADES DE LO URBANO
Al igual que las ideas definitorias de ciudad,
observamos que en el recorrido por la estructura y
dinámica de la ciudad venezolana descrita que se da un
antagonismo estructural, un desencuentro permanente, una
insatisfacción atroz, un laberinto de soledad, entre las
cúpulas del orden ideal y la inmensidad de los afectos
inexpresados que cíclicamente irrumpen al escenario, por
lo cual surgen inquietantes preguntas: ¿Se confirma la
incomunicación citadina? ¿Cómo entender esa
incomunicación de la convivencia citadina? ¿Dónde está
el centro de nuestra cultura, dónde la socialidad
pública, dónde el nosotros, dónde los puentes de
integración?
III.- LA INTERPRETACIÓN DE LA CONVIVENCIA VENEZOLANA
Proponemos responder estas preguntas en base a otro
registro cultural venezolano, la interpretación surgida
de importantes estudios de nuestra cultura. Con ella nos
acercaremos definitivamente a las posibilidades de la
sociabilidad urbana.
LA REPUBLICA SIN REPUBLICANOS EN SIMÓN RODRÍGUEZ
Una ciudad de ciudadanos en el marco de una república se
debe regir por acuerdos entre los ciudadanos, o sus
representantes, hechos Ley. La república requiere
republicanos conscientes de que sus facultades dependen
de las facultades de los otros, por lo cual todo avance
es un concurso de facultades. En 1842, Simón Rodríguez
escribió estas ideas para evidenciar que las repúblicas
fueron establecidas pero no han sido fundadas. Por lo
cual la idea de república debía pasar de las manos y de
las armas a la cabeza y al espíritu, pues pensaba que
sin conocimientos de sus semejantes los seres humanos
somos populacho y no pueblo. Esa fue la tesis de
Rodríguez cuando se planteó el problema de la
convivencia ideal republicana. Ya en esas circunstancias
propuso una alternativa al desencuentro cultural entre
las repúblicas ideales y las sumisiones reales y lo
planteó cuando dijo que “las luces se deben a la
comunicación” y ellas llegan a través de una educación
general practicada a todos los niveles cuya intención
fundamental fuese encontrar las palabras del discurso
republicano con su espíritu, de manera que las leyes,
ideas y formas sean acordadas con sentimientos,
realidades y convicciones. Por eso insistía en pintar
las palabras, resucitar las ideas para prevenir su
pérdida de sintonía con la gente y la incomunicación en
la cultura ciudadana.
LA CIUDAD LETRADA EN ANGEL RAMA
Más de un siglo después de Simón Rodríguez, Angel Rama
válida su tesis y define con mayor claridad la
predominancia de una ciudad letrada de espaldas a una
cultura sin voz donde la incomunicación se debe a lo que
él llama “el absolutismo de la letra sobre la vida” en
la cual se instaura un imperio de signos, una cúpula del
discurso, un muro de frases que ideologiza el deber ser,
lo que debe decirse y hacerse y se sobreimpone a la
realidad de lo que se dice y se es. Por eso el autor
plantea que se trata del sueño de un orden y no de un
orden legítimo. La ciudad positiva del discurso
contradice cíclicamente la vida de la gente, y
viceversa. Por eso la convivencia se colorea de
medias-tintas, de ambigüedades, de disimulos, de
mentiras, porque la vida sentida no debe decirse y
cuando se hace ocurre la explosión desgarradora de
sentimientos. El lugar propio de la cultura se niega y
la comunicación no crea centro, no construye polis.
LA IDENTIDAD ALTERCENTRADA EN MARITZA MONTERO
Por su parte, para Maritza Montero la identidad
venezolana es altercentrada, es decir centrada en una
identidad externa y dominante vista como deseable, que a
su vez opera como desvalorización de lo propio. Por
tanto lo que se valora no proviene del nosotros. El Yo
social se construye sin el Otro presente y real, por eso
cuando éste aparece lo hace como eliminación de su
negación. Un juego de opuestos antagónicos se recrean en
esta identidad dependiente descrita por Montero. Por eso
lo Uno de la ciudad positiva se define por encima y
aparte de lo Otro que pasa en la vida y la realidad.
La propuesta que hace la autora se encuentra en la
posibilidad de construir “un ser en la relación”, para
lo cual se requiere superar la “exclusión esencial” del
Otro, y atender la construcción de un “Sí Mismo” con
Otro, no reduciéndolo al narcisismo del Yo. Propone una
morada en la que estemos en nosotros, una eco-alteridad.
EL ETHOS MATRISOCIAL EN SAMUEL HURTADO
A diferencia de Montero, Samuel Hurtado plantea que la
negatividad en la cultura venezolana no viene de una
presencia de un centro externo y dominante. Encuentra
que es autogenerada por una matriz cultural centrada en
la socialidad familiar y particularmente en torno al
sentido de la madre. Coincide en la incomunicación y la
violencia cíclica de la convivencia pero su explicación
se dirige más a la ausencia de un pacto de convivencia
social.
EL HOMO CONVIVIALIS EN ALEJANDRO MORENO
Moreno es otro investigador que encuentra que el sentido
de vida social o cívico no es importante en la cultura
venezolana, siendo el espacio afectivo-familiar de los
míos vividos como afectos maternos o desde la madre, lo
más significativo y poderoso de la convivencia, al punto
de que llama a esta socialidad Homo Convivialis, por su
fuerte solidaridad afectiva con los otros-míos, pero al
tiempo que resalta una marcada separación con el deber
ser impersonal de la norma en el espacio público. A
diferencia de Hurtado cree que desde este sentido
cultural popular puede construirse sociedad sólo que
distinta a la moderna.
EL LABERINTO EN BRICEÑO GUERRERO
Los hallazgos de Montero, Hurtado y Moreno han sido
apoyados por muy variados intérpretes de nuestra
cultura, tal es el caso de José Ignacio Cabrujas cuando
definía a Venezuela como “una nación malcriada” o el
mexicano Carlos Monsivais quien hablaba de la
“sensibilidad como identidad” en México. Estas
contradicciones en la construcción de la convivencia
adquieren particular desarrollo y profundidad en el
planteamiento de J.M. Briceño Guerrero quien postula la
existencia de tres discursos culturales en América que
se disputan irreconciliables nuestra convivencia. Ellos
son el discurso mantuano, el moderno y el salvaje.
EL MORALISMO EN LUIS CASTRO LEIVA
El análisis de la historia de las ideas conduce, por su
parte, a Castro Leiva a la conclusión de que el
“moralismo nos ha llevado al fracaso republicano”,
entendiendo por ello el énfasis en los preceptos previos
a todo contexto. De esa manera la cultura se incomunica
al enfatizar una “obligación cognoscitiva” que le cierra
el acceso a las intuiciones, a encarar los miedos
propios.
LAS DOS CIUDAD GUAYANAS EN LUIS D’AUBETERRE
Ciudad Guayana es el esfuerzo más consistente de la
modernidad venezolana por crear una ciudad “instrumento
del desarrollo económico” basada en la gran industria,
promovida por el Estado, en una zona del sur deshabitado
y en confluencia de ríos y riquezas minerales. El
trabajo de D’Aubeterre muestra como cuatro décadas
después la ciudad se construyó negando su otro (San
Félix) y perdiendo todo sentido de contexto que le hace
dar la espalda a la telúrica confluencia de los ríos
Orinoco y Carona. Ni siquiera el nombre decretado de
Ciudad Guayana es respetado por sus habitantes quienes
prefieren seguir usando esa doble denominación que marca
su escisión entre Puerto Ordaz y San Félix. La
explicación es una cultura que se construye en un sí
mismo sin Otro. Se niega lo diferente por inferior,
insignificante o externo al mundo en construcción y por
ese camino se pierde la relación social, se empobrece la
identidad propia y se antagoniza al mundo hasta su
inviabilidad.
EL DISFRUTE DE LA AFECTIVIDAD FAMILIAR EN SILVERIO
GONZÁLEZ
Del análisis de valores y sentidos de vida entre los
venezolanos se desprende que el espacio predominante
donde se realiza el sentido de vida en la cultura
venezolana es el del disfrute del afecto familiar. Lo
más valorado son los hijos por los que se lucha o los
afectos “míos” con los que se comparte plenamente. Un
“estar juntos” en el cual el diferente, desconocido o no
querido no tiene cabida.
POSIBLE SÍNTESIS DEL PROBLEMA: OPUESTOS QUE SE NIEGAN
La existencia de una palabra declarada de lo que somos y
hacemos en distancia y sin conexión con lo que realmente
somos y hacemos, de un Yo social sin Otro, de una
identidad centrada hacia fuera y que desvaloriza la
relación propia, de un ethos matrifamiliar afectivo que
privatiza el mundo en contraste con un ideal patrisocial,
de un laberinto inescapable en la cultura, de una
predominancia de los preceptos para no afrontar la
realidad y los miedos, de sentidos de vida populares que
no incluyen al Otro impersonal o no querido, nos permite
sustentar la tesis de una convivencia incapaz de
sostenerse por la incomunicación que vive la cultura.
Esa incomunicación parece tener una fuente en la cultura
maniquea según la cual los opuestos, de una parte o de
otra del conflicto, son eliminables, reducibles,
subordinables, prescindibles. Es la idea de la
superioridad del orden letrado que pretende suplantar
toda afectividad y todo contexto particular con
previsiones universales o modelísticas, o del
resentimiento explosivo que en un momento supone arrasar
toda edificación o institución existente, como condición
mágica de vuelta al Edén. De manera que no sólo existen
dicotomías y partes incomunicadas en la cultura sino que
se comportan como si pudieran eliminar una a la otra.
Así la negación del Otro, opuesto a mi visión, es
consustancial a la incomunicación descrita. El nosotros
que se puede avizorar es una construcción de mismidad,
de lo mismo fortalecido, donde el Yo social niega la
relación con las otredades, la diversidad y se erige con
el poder absoluto sobre la realidad.
LA SACRALIZACIÓN DEL FINAL FELIZ
Sacralizar la posición de Uno frente al Otro significa
sentirse envuelto de tal pureza que puede uno creerse
portador de un “mundo mejor” donde no entren aquellos
que se le oponen. Manuel García Pelayo alertó
tempranamente contra esta tendencia de la cultura
occidental, exacerbada en el contexto venezolano, que
cree en el “progreso como seguro triunfador de la lucha
contra las sombras”, con lo cual se tiende a perseguir
“un reino feliz de los tiempos finales”. Sobre ese
propósito, Fernando Mires nos recuerda que cuando
nuestra posición se cree verdadera y excluye la
contraria se sataniza al adversario y se le convierte en
enemigo. Eso ocurre cuando se le atribuye a la realidad
principios que la trascienden (naturales o históricos),
los cuales presionarían para continuar hacia un estado
más puro o perfecto, rompiendo la oposición actual.
La cultura ha estimulado esta lógica confrontacional
según la cual el progreso está hecho de superación de
opuestos que representan obstáculos. Esa es una
sacralización de la realidad humana con resabios de
nostalgia por un paraíso perdido armonioso y fundado en
la bondad, el bien y la belleza, como si fuese posible
eliminar el egoísmo, el mal o la fealdad del mundo
humano.
Por tanto el mundo social se fragmenta más cuando se
hace una definición maniquea de la relación social y se
considera uno u otro en tanto extraños o extrínsecos al
centro social de la identidad. La alternativa puede
provenir de una concepción que incluye a los opuestos.
¿CÓMO CONSTRUIR UNA CONVIVENCIA INCLUYENTE Y SOSTENIBLE?
Sabemos que la comunicación es la gran respuesta, y que
la misma implica una realidad contradictoria donde los
opuestos se complementan. Sabemos que la ciudad
dicotómica, los ciclos extremos, la identidad
altercentrada, el ethos matricentrado, el Homo
convivialis, el sentido de vida afectivo y el laberinto
son explicaciones de la incomunicación predominante en
la cultura. Sin embargo, esas fuerzas disolventes pueden
ser una oportunidad para la sociabilidad incluyente. Uno
lo puede ver y sentir en la calle. La convivencia
venezolana si bien muestra disolución y violencia
también presenta niveles de autoorganización llamativos
que la hacen más propensa a la relación con otros que al
individualismo; nos referimos a que es una sociedad
donde la impunidad judicial es masiva, la autoridad
ausente, las normas poco respetadas y sin embargo se
puede todavía transitar, vivir y trabajar diariamente,
tomando las precauciones correspondientes al contexto.
Esa voluntad diaria de convivir que implica cierta
amabilidad de la calle, la accesibilidad al intercambio
de palabras y sentimientos, el compartir un momento de
amistad con un desconocido que se hace instantáneamente
familiar, hacen a esta sociabilidad potencialmente
fructífera para una mayor elaboración y transición. En
otras palabras, nos preguntamos si se puede construir
una trascendencia de la inmanencia afectiva de la
cultura. Una propuesta tentativa sería la de trabajar
desde las comunidades de sentido del afecto familiar
como fuentes de identidad para desarrollar una episteme
de la relación. Partamos del reconocimiento de esa Otra
convivencia matricentrada, démosle voz, pidámosle
responsabilidad.
IV.-LAS POSIBILIDADES URBANAS
Hasta aquí habíamos llegado con los primeros autores que
plantearon la ausencia y el rescate de este significado
de lo urbano como relación comunicativa. Nos proponemos
finalmente dilucidar aún más esa significación emergente
de la convivencia citadina. Y lo primero a resaltar es
que lo urbano se plantea como alternativa a los opuestos
irreconciliables de la ciudad dicotómica y a los
vaivenes cíclicos de nuestra historia cívica, por lo
cual no es un orden superior, un modelo lógico, una
estructura físico-espacial, una cúpula o un lugar fijo,
tampoco una interioridad aislada, un sentimiento ahogado
de heridas escondidas. Proponemos comprenderlo como
lugar hecho de movimiento, de tiempo, en el cual se
comunica a esos opuestos complementarios en un espacio
progresivamente “nosótrico”.
¿CÓMO SE CONSTITUYE LO URBANO COMO ESPÍRITU?
Lo urbano se constituye como centro, porque es allí,
donde las corrientes contradictorias de la cultura se
encuentran y crean sentido común o comunican sentido.
Ese centro está hecho principalmente de atención, es
decir de tiempo, de atmósfera. Como relación es también
una escogencia de apertura de los sujetos actuantes, que
son capaces de enfrentar el miedo a lo sensible, a lo
distinto, a lo inseguro, y atender a lo que está más
allá de lo mío. O también son capaces de aceptar, de
dejar entrar, lo que viene de la relación y reconocerlo
como existente, maravilloso o terrible.
LA FRATERNIDAD FALTANTE
La Modernidad ha antagonizado los valores de la libertad
y la igualdad, y ha olvidado la importancia de la
fraternidad. El espíritu urbano es una alternativa a
resignificar la urbanidad como otra definición de la
fraternidad. No le falta razón a Charles Taylor cuando
enfatiza esa ausencia en la cultura ni a Jacques Levy
quien postula la consigna de “Liberté, Egalité et
Urbanité”. La urbanidad es la práctica del espíritu
urbano.
LA POLÍTICA DEL ESPÍRITU URBANO
Pero, no se puede construir poder desde el espíritu
urbano, ya que el poder fija un sentido encontrado en la
comunicación, en tanto lo urbano es un flujo de sentido
en la comunicación entre partes diversas. El poder puede
rápidamente convertir en ideología y fijar un orden
permanente desconectado de la realidad a menos que
permita la aparición de otros sentidos de lo común que
se encuentran en disputa y se asumen como parte de la
polis. Lo que si se puede hacer el espíritu urbano es
política, pues lo urbano politiza en su dinamismo.
Urbanizar es politizar una relación o hacerla parte de
un centro de sentido. Pero cuando ese centro se fija y
pierde sintonía con los sentimientos se convierte en
poder, en cúpula, trata de imponerse al Otro y se hace
rutina.
De manera que la urbanidad, en tanto atención opcional
de los sujetos, es una práctica que actúa como
contra-poder, como tercero que media entre
polarizaciones fijas, entre cerramientos profundos de la
cultura y brinda encuentros como lugares de paso entre
unos y otros. Todo lo cual no quiere decir que la
urbanidad no se pueda institucionalizar o enseñar. Por
el contrario como lugar emergente y espontáneo no puede
reglamentarse pero puede propiciarse cuando se cultiva
una mirada o perspectiva abierta a la relación. Eso
quiere decir que se escoge exponer y exponerse a
argumentos y sentimientos, al sentir y valorar la
pluralidad y lo diverso como referencia propia, por lo
tanto se practica la escucha y la sociabilidad sensible
al Otro. El resultado puede ser el enriquecimiento
social al permitir aclarar diferencias y coincidencias
en un marco de afectividad fraterna de seres con
conciencia de su diversidad.
En conclusión, la significación de lo urbano puede
retomar su doble acepción de asentamiento aglomerado de
personas y de convivencia atenta a los otros. Ambos
significados están latentes en cada relación citadina y
su más frecuente emergencia en nuestra cotidianidad
podría fundar una más auténtica convivencia urbana o
también, una ciudad más urbana.
| (*) Esta ponencia es un
resumen de un libro del mismo autor por aparecer y ha
sido presentada en otras síntesis en la Cátedra de
Imágenes Urbanas de la Fundación para la Cultura Urbana
(Noviembre 2004) y en la Universidad de París III en el
seminario doctoral del IHEAL (Diciembre, 2004). |
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