
LA CRÍTICA Y LA COCINA
Hace algunos días nuestro amigo Manuel Allue
nos recordaba que los futuristas no sólo
ejecutaban “acciones” (incluida la cocina)
sino que también escribían textos
programáticos, como ocurrió con los más
lúcidos movimientos de vanguardia del siglo
XX. El comentario de Manuel venía a
propósito del trabajo “artístico” de Ferrán
Adriá. Concuerdo plenamente con su
afirmación.
No sólo el concepto de arte puede quedarle
grande a algunas actividades (sobre todo, al
modo como éstas se realizan). Creo que
también el vocablo “vanguardia” luce
demasiado holgado en el cuerpo de ciertas
sandeces gastronómicas que, sin haberse
apoyado en pensamiento alguno, se pretenden
ufanamente vanguardistas. No debemos seguir
siendo tan irresponsables y terminar
convirtiendo en un infinito cambalache de Discépolo todo cuanto ocurre en
el arte o en
la cocina. Así que las cosas a su sitio.
Conozco cocineros que realizan su oficio de
manera virtuosa. Que lo hacen con eso que
los griegos llamaban “arte” y que, además,
le imprimen a su trabajo una pasión genuina
o una alegría cotidiana que incide
sabrosamente en sus creaciones. Esos
cocineros no se presentan nunca como
“artistas” o “autores”, sino como lo que
son: cocineros. Algunos de ellos –los
conozco bien- acompañan su trabajo con
estudios, investigaciones acerca de los
productos y, especialmente, con una
reflexión crítica del tema culinario. Se
puede decir de ellos que poseen un
pensamiento gastronómico, indispensable para
quien desee proponer algo más que una moda
en nuestras mesas o una tendencia
superficial en la cocina. Estimo que lo más
singular del perfil descrito reside en el
afán de comprender su propio oficio y de
hacerlo sin desdén por la historia y en
algo, quizá de mayor relevancia: tienen un
altísimo sentido de la crítica, que siempre
en ellos es primero autocrítica. Sólo con
cocineros así, unidos a muchos anónimos y
excelentes cocineros populares, podemos
avanzar en la enseñanza del tema, en el buen
desarrollo de la gastronomía y en algo que
deberíamos pensar en serio, sin limitarlo a
esporádicas jornadas de caritativo “trabajo
social”: una verdadera justicia alimentaria. |
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Es irritante ver cómo al amparo de
las leyes impersonales del mercado
prolifera una extrema banalización
de la cocina que canoniza nulidades
engreídas o que consagra disparates
gastronómicos, sólo por el hecho de
responder a lo que Matías Bruera ha
venido llamando en dos libros
espléndidos el “mito gourmet”, que
no |
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Sor Juana Inés de la Cruz
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es otra cosa que el producto
publicitario de una estrategia
ideológica dirigida a vaciar de
realidades incómodas el insoslayable
tema de la alimentación. Más
temprano que tarde ese “mundo
gourmet” formará parte de un parque
temático en el que habrá un espacio
de honor para la pseudo vanguardia
gastrotécnica. Por ahora, seguirán
gozando de los patéticos minutos que
refirió alguna vez el impostor de
Andy Warhol. Mientras tanto, es
mucho lo que podemos comenzar a
hacer. Lo primero: ampliar la mira
de nuestro enfoque y aguzar todos
los sentidos, en particular, el ya
muy poco frecuente sentido de la
crítica. Sin pensamiento, sin
memoria y sin “cultura” no habrá
cultura alimentaria.
Freddy Castillo Castellanos
Rector de la UNEY |
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