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LA
POESÍA: ESENCIA DEL PATRIMONIO INMATERIAL (DISCURSO
INAUGURAL DEL VII ENCUENTRO PARA LA PROMOCIÓN Y
DIFUSIÓN DEL PATRIMONIO INMATERIAL DE PAÍSES
IBEROAMERICANOS)
Se lamentó alguna vez Octavio Paz del desuso en
que había caído la bella expresión “alma de los
pueblos” que antaño sirvió para aludir con
reverencia y gusto a la cultura en su vertiente
más extendida, honda e inasible. Ya habían
llegado los especialistas con sus vocablos
“precisos” y “afinados”, pretendiendo ordenar
con “rigor científico” lo que el poeta había
dicho hermosamente desde el laberinto de su
soledad.
Lo afirmo de entrada, aunque no es mi deseo
hacerlo de una manera abrupta: sobre el tema que
hoy nos convoca, sin desdeñar los aportes
académicos, muchos de ellos valiosísimos,
prefiero la voz de los poetas, así como la
emoción del canto colectivo y la sabia madurez
del legendario narrador de la comarca. Creo que
mucho ganaríamos en lucidez y profundidad si
nuestra reflexión acerca del patrimonio cultural
buscara albergue en la infinita casa de la
poesía.
Cuando en Venezuela se iniciaron de manera
formal y sistemática los estudios folclóricos,
fue, precisamente, un hombre nacido muy cerca de
acá, un yaracuyano de Cocorotico, quien marcó el
camino que acabo de invocar. Hablo, desde luego,
del gran Gilberto Antolínez y de su invitación a
escudriñar el mensaje que a media voz susurra
desde siempre “el alma sumergida de los
pueblos”. Antolínez nos dijo que en estas
tierras los viejos dioses están vivos. Así que
este VII Encuentro se realiza en unos parajes
donde reina María Lionza, la diosa de los
bosques y donde habitan la divinidad buena del
agua, la sirena pisciforme de los marineros
europeos, la mora encantadora del árabe andaluz
y la diosa acuática africana. También andan por
ahí, tras los corrales, unos genios oscuros que
se llaman Don Cantalicio Mapanare, Don Juan de
los Barrancos y Don Francisquito del Yurubí,
dueños, como lo indica el título que se antepone
a sus nombres, de Uadabacoa, el Valle de las
Damas que deslumbró a los alemanes del siglo XVI
y que todavía nos regala su esplendor, pese a la
incuria y al torpe afán de “progreso” con que
hemos depredado buena parte del admirable y
mítico paisaje del Yaracuy.
Volvamos a la idea inicial. La lengua como
patrimonio tiene en la poesía su mejor
guardiana. También su expresión más elevada.
Decía Eliot que él no podía leer poesía noruega,
pero que si le dijesen que ya no se escribe
poesía en esa lengua, sentiría una inmensa
alarma por la decadencia que dicha noticia le
estaría anunciando. Y agregó: el brote de una
enfermedad del alma comenzaría a esparcirse por
el mundo. Lastimosamente creo que no estamos
lejos de algo semejante. Hemos erosionado la
lengua así como las diversas hablas que de ella
se desprenden, de un modo tan hostil y
despiadado, que ya tenemos algunas a punto de
extinción. Cómo vamos a preservar y a enriquecer
el patrimonio inmaterial sin lenguas y hablas
vivas que lo nombren dignamente. Ellas, de suyo
un patrimonio, son expresión y sustento de los
demás bienes de la cultura. ¿Acaso podemos
continuar con esta inepcia verbal que nos
consume y seguir a la vez pensando que
avanzamos, bien como sociedades con monedas y
pensamientos únicos, bien como propuestas de
cambios sociales justos y oportunos? Más que la
pregunta, la respuesta luce (pero no es)
retórica: Sin poesía el resultado será el mismo
en uno y otro caso. Un Encuentro convocado para
hablar del patrimonio inmaterial no puede eludir
ese tema tantas veces olvidado o pasado a las
casillas de la decoración y el espectáculo. Así,
no podemos quedarnos en la constatación del
patrimonio o en su inventario minucioso. Más
relevante y fecundo será preguntarnos en cómo lo
decimos y con qué palabras lo hacemos prístino
recuerdo.
Cuando una sociedad se corrompe lo primero que
se gangrena es el lenguaje, nos dijo Octavio Paz
en la postdata de su inolvidable “Laberinto”. Un
poeta venezolano, Rafael Cadenas, en sentido
similar, nos habló de una quiebra. En verdad,
perder palabras es arruinar el alma, quebrar la
vida. Por eso qué bueno nos parece el hallazgo,
probablemente involuntario -o por lo menos sin
conciencia filológica que los animara de manera
expresa- de unos ingenieros agrónomos que
recogieron numerosos nombres venezolanos de las
diversas variedades de la yuca. Puestos a
nominar, nominaron indetenibles. Alfredo Armas
Alfonzo lo refirió asi: “...en occidente, desde
el Zulia al Yaracuy, Amarilla, Berrenda,
Camagüera, Ceibita, Cordereña, Charaleña blanca,
Lengua de culebra, Palo amarillo, Palo de
paloma, Sabaquera, Sardina, Tempranita y
Turupiala”. Por todas las regiones fueron
nombrando los agrónomos la yuca. Y la llamaron
en la región llanera “Alazana, Algodona,
Aparecida, Amarilla, Barina amarga, Biscochuela,
Blanca, Blancona, Blancora, Bonifacia,
Brasileña, Cachicoma, Cacho de toro, Cadena,
Canilla de negro, Catira, Ceibita, Concha
morada, Corcovada, Corcovadita, Cubana,
Chapapotera negra, Dulce, Lanceta, Lancetilla
blanca, Llanera, Maliciosa, Menudita, Morada,
Morotuta, Negrona, Pata de negro, Pata de
paloma, Pata de pipe, Panera llena canastos,
Pebeta, Pierna negra, Piñona, Querepa, Querepa
rosada, Rafaelita, San Caleña, Sanjuanera,
Sardina, Sardina oscura, Siete brincos, Toponama,
Taureña, Túatúa, Vara de arpón, Valencia,
Velásquez, Verde dulce, Verdecilla, Yabitera y
Yagusa”. No conforme con el catálago agronómico,
Armas Alfonzo buscó apellidos indígenas para el
casabe, el pan secular que se hace con la yuca.
Y añadió: “Guaica, Uracamau, Cabadia, Guararima,
Panaguare, Guaramato, Arai, Chaurán, Macuare,
Seique, Tupamo y Maremare”. Y terminó recordando
un canto de su infancia: “Maremare se murió/
camino de la Angostura/. Yo no lo vide morir/
mas vide la sepultura”. Y ya que cité a Alfredo
Armas Alfonzo, no me voy a privar del deleite
supremo de compartir una página suya donde creo
conviven varios tesoros inmateriales de la
cultura venezolana, directa o indirectamente
mencionados. Copio y leo con placer esta página
de su libro “El osario de Dios”:
“Los bienes terrenales de Mamachía constaban de
una polverita hecha de una lata de las más
pequeñas de mantequilla Brun pintada de rosado y
coronada por una ostentosa mota de buche de
pato, de siete matas de azahar de la india
sembrados en círculo en el patio de la casa
frente al corredor y de unos pájaroa azulejos.
En mayo o junio, cuando caían los nortes,
floreaban los azahares y las ramas no podían con
la carga. // Era lo mismo como cuando ella se
empolvaba, sentada en su hamaca de la sala, que
tenía piso de tablas. Destapaba la polvera y se
expandía aquel olor de ella (...) // No sé por
qué asocio a Mamachía con los altares del
viernes santo que la piedad ornaba con flores de
pascua azul inventadas de papel y nubes de
algodón en rama del que se daba en Carutico o
Matiyure. Entonces ya había enviudado de Ricardo
Alfonso que fue oficial de Ezequiel Zamora. El
retrato pintado por Tovar y Tovar colgaba del
testero de la habitación, pero esa presencia no
parecía molestarla ni envanecerla. Ella también
venia de la guerra y de la violencia civil, y
hablaba de la historia de asaltos y de crímenes
de La Libertadora o de la Revolución Azul como
quien evoca lloviznas o vientos. // De su
desayuno de pan de trigo rallado, queso rallado
del seco que hacían en Murgua y guarapo de
papelón hervido con su poquito de leche de
Doñanita, reservaba una parte a los azulejos y
ella misma iba hasta los azhares y se la servía
en las manos. Cuando ya no la vimos más después
de aquel 26 de julio de 1938, supusimos que se
había ido volando con los azulejos hacia algún
otro patio inolvidable, si es que lo inolvidable
puede residir en otra casa que no sea la casa de
Clarines de Mamachía”. Allí están preciosamente
expresados los elementos materiales e
inmateriales de la memoria. Está, desde luego,
la materia en su sentido original de madre, de
madera prima, de ánima encarnada en pan. Y está
la vieja idea platónica que Borges revivió en
sus ineludibles versos de El Golem: “Si (como el
griego afirma en el Cratilo)/ el nombre es
arquetipo de la cosa,/ en las letras de rosa
está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”.
Encuentro, concurrencia, comunión. Cualquiera de
esos vocablos puede servir para referirnos a la
importante actividad que se inicia hoy en San
Felipe y que congrega a delegaciones de España y
de diez países iberoamericanos. Convocados por
la infatigable y siempre entusiasta Isadora de
Norden, así como por el Centro de la Diversidad
Cultural de Venezuela y la UNEY, numerosos
artistas, artesanos, intelectuales, cocineros y
académicos estarán dialogando hasta el 22 de
octubre sobre la Gestión del Patrimonio
Inmaterial y de la Diversidad Cultural.
Dije diálogo porque pienso que es la palabra
clave de todos los encuentros de este tipo. Nada
hacemos con reunirnos para sumar monólogos o
para trazar cauces paralelos sin punto alguno de
confluencia, máxime si consideramos la inmensa
necesidad de integrar esfuerzos para evitarle a
nuestros pueblos la continua pérdida de sus
tradiciones, de su memoria y de su geografía
espiritual, merced a una hegemonía que quiso (y
quiere) hacer de la cultura un divertimento
único o un supermercado de cachivaches
pintorescos o exquisitos. Se trata de dialogar y
de reconocernos en nuestras semejanzas y
diferencias. Se trata, en rigor, de comprender y
comprendernos profundamente en nuestras culturas
diversas, no para aplaudirnos unos a los otros,
sino para intercambiar activamente procesos de
creación, búsquedas e historias que hablan por
nosotros y que trazan el rostro genuino de los
hombres y mujeres de estas tierras.
Creo que una defensa de la autodeterminación que
no contemple al patrimonio cultural como pieza
imprescindible termina siendo ilusoria. Por no
haber adquirido conciencia de esa necesidad, o
peor aún, por haber dado beligerancia a una
concepción elitista de la cultura, con sus
circuitos exclusivos de legitimación y su
irritante desprecio a las creaciones que no se
generaban dentro de sus limitados entornos,
fuimos alejándonos de nosotros mismos y
despojando a varias generaciones de venezolanos
de una conexión auténtica con sus ancestros y
sus tradiciones.
La gestión pública para defender nuestras
soberanías necesariamente debe ser una gestión
de la cultura. Un gestión que defienda y permita
el robustecimiento de nuestro patrimonio
cultural. Nada hacemos con defender sólo nuestra
economía si nos desdibujamos culturalmente. Y no
se trata, por supuesto, de preservar la cultura
en un nicho y proponer parques temáticos para su
exhibición o para su derroche en un espectáculo
postizo. Se trata de idenficarnos con lo que nos
pertenece, porque le pertenecemos. Se trata de
habitar en una tradición y de sentirse habitado
por ella.
Leer de nuevo a Venezuela y a Iberoamérica como
un mapa verdaderamente plural supone descubrir
los varios “países ausentes” que nos pueblan. La
feliz expresión con que el poeta Luis Alberto
Crespo puso nombre a una columna periodística en
la que daba cuenta de una patria relegada, me
sirve ahora para invocar desde este Encuentro lo
contrario: su presencia vigorosa, tanto en sus
bailes, creencias, cocinas, hablas,
instrumentos, objetos, usos, técnicas, saberes,
relatos, gestos y escrituras. La cultura tiene
la gracia insustituible de convertir las
periferias históricas en centros vivos y
vibrantes. Así, hoy la gastronomía universal de
Güiria copará la mesa en Salsipuedes. El
miércoles le corresponderá a las del Perú y
Bolivia, mientras que el jueves compartiremos
con las de Colombia y México. Será una suculenta
conversación entre sazones, sabores, vidas,
nombres y costumbres. Como se sabe, en este
encuentro lo gastronómico ocupa un lugar
importante. Nuestra universidad, una de las
anfitrionas, viene desde hace algún tiempo
planteando la necesidad de otorgarle a la
gastronomía el espacio central que le
corresponde en la cultura, como perdurable seña
de identidad, como herramienta de desarrollo,
como prueba de civilización. Ella puede ser esta
vez el gran hilo conductor de talleres, foros y
presentaciones.
Hacer el inventario del patrimonio cultural de
un país no parece tarea fácil. Dos preguntas
elementales saltan siempre a la vista: ¿Qué se
incluye y por qué?. Bien. El IPC resolvió ese
asunto registrando absolutamente todo cuanto las
comunidades consultadas consideren digno de
figurar como patrimonio de la cultura
venezolana. Esta ancha manga del instituto
encargado del censo provocó la siguiente
exclamación crítica de una funcionaria del mismo
organismo: “¡Por el camino que vamos hasta las
empanadas van a resultar patrimonio cultural!”.
No sabía ella que en el momento en que hacía su
comentario estaba pasando por su oficina el
presidente del instituto, quien al oírla se dio
vuelta y le dijo: “Pues sí, el patrimonio
cultural también se come y se come muchas veces
en forma de empanada”.
Sin entrar a discutir el criterio escogido por
el IPC para la realización del indicado censo
(tema que requeriría más tiempo y espacio, así
como la afinación de una estimativa), me quedaré
en la literalidad de las frases citadas, para
afirmar, de acuerdo con José Manuel, lo que me
parece evidente: que las empanadas sí forman
parte del acervo de nuestra cultura, como las
hallacas y las arepas.
Es evidente que cocinar siempre ha sido un acto
civilizatorio. Pasar de lo crudo (o de lo
podrido) a lo cocido -lo dijo alguien- fue un
relevante paso cultural. “Cocinar hizo al
hombre”, dijo otro autor menos citado, pero en
mi opinión no menos importante. En efecto, somos
lo que cocinamos, pero también somos porque
cocinamos. ¿No es acaso un logro cultural de
nuestros pueblos indígenas haber convertido el
veneno en alimento y regalarnos así esa
maravilla que se llama casabe? La tradición
culinaria conforma un amplio repertorio
vinculado a celebraciones colectivas o
familiares que no podemos nunca desdeñar, salvo
que decidamos negarnos como seres humanos.
¿Es inmaterial ese patrimonio gastronómico? Lo
es, porque forma parte de una dimensión
espiritual y de una memoria entrañable. Claro,
por ser un patrimonio vivo podemos
materializarlo cotidiana o eventualmente y
comérnoslo y disfrutar del momento en que se
prepara y se consume. Asimismo, de la ocasión en
que se evoca haberlo gozado o de aquélla en que
se verbaliza en un relato, en un poema o en una
canción. Es un patrimonio de emociones, de
intercambios, de sabores, de olores. Recuerdo en
este instante un poema de Jaime Gil de Biedma
que da cuenta de un viaje suyo a Atenas, después
de un año atroz. Caminaba por la calle
Pandrossou, en el barrio de Plaka, junto a
Monastiraki. Era una calle vulgar, con muchas
tiendas. En ella Jaime Gil de pronto amó la vida
“porque la calle olía a cocina y a cuero de
zapatos”. Eso es todo.
Las técnicas culinarias y los procesos de
cocción, pero igualmente los utensilios que se
usan en la cocina y la cocina misma como
espacio, constituyen elementos importantes de
una expresión cultural que a falta de otro
nombre seguimos llamando gastronómica. Ella
incluye, además, el sagrado momento del ágape y
de la mesa común, como una rica manifestación de
la vida sentimental de nuestros pueblos. Porque
hay que decirlo: el patrimonio gastronómico no
sólo cumple la función de alimentarnos o de
curarnos en algunas ocasiones, también la
imponderable y sublime de proporcionarnos
placer.
Por la comida nos conocemos. Lo saben los
etnógrafos. “Dime qué comes y te diré quién
eres”, es ya el socorrido retoque gastronómico
de un viejo refrán. A partir de nuestros usos,
costumbres y gustos en la mesa podemos entablar
fecundos diálogos interculturales. Si ese
patrimonio nos es arrebatado, nos estaríamos
también perdiendo como pueblo y muy poco de
nosotros llevaríamos a la enorme mesa de la
diversidad cultural.
No puedo concluir sin dejar sin dejar de decir
con gratitud algunos nombres:
.
Isadora de Norden, alma de estos Encuentros.
Quienes la conocen sólo se la explican porque la
saben poseída por un dios que se llama
entusiasmo. De allí su constancia, su alegría y
su presencia creadora. Ella estimula la
reflexión y el debate ascendentes. Gracias a
Isadora nos encontramos.
Benito Yrady, indoblegable trabajador y demiurgo
de la cultura venezolana.
Cuchi Morales y Raúl Alfonso Camacho, adalides
de la UNEY en el Encuentro.
A ellos mi reconocimiento y el de todos.
Finalizo con unos versos del poeta yaracuyano
José Parra que debieron ser el comienzo de estas
palabras:
“Esta es mi tierra. Yaracuy la
nombran
(...)
Es tierra oscura... mas si en paz
florece
y en el vaivén del corazón nos crece
el cobre de su glóbulo aborigen,
vemos entonces sus azules sendas
y hasta oímos la voz de sus leyendas
llenándonos la noche del origen...” |
Freddy Castillo Castellanos. Rector de la UNEY
San Felipe, 17 de octubre del 2006
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