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Cuando el 25 de octubre de 1999, en este mismo sitio, me correspondió darle la bienvenida a los jóvenes que ingresaban ese día a nuestra recién nacida universidad, sentí que el azar o “algo que ciertamente no se nombra con la palabra azar”, regía en ese momento mi destino. Si bien tuve conciencia de la inmensa y difícil responsabilidad que asumíamos quienes integramos –y seguimos integrando, felizmente- el equipo que imaginó y pensó esta casa, no sentí en ningún momento peso ni temor algunos. Me dejé llevar por la emoción para darle entrada a su sagrada y secreta fuerza. A esa emoción la llamaron los griegos “entusiasmo”, una verdadera caja de herramientas para la construcción, sin apuro, pero sin tregua, en medio de las borrascas o de las penurias. Y así, pude hablar ese día y así hemos podido todos en la UNEY, fundar, convivir, aprender, enseñar y enseñarnos, construir y construirnos, poseídos como estamos todavía por ese Dios desconocido.
Ya habrá tiempo y espacio para narrar, con los necesarios detalles de lo cotidiano, los comienzos de esa historia, que no es burocrática ni administrativa, sino poética. Es una historia que no nace de un decreto ni de una decisión política, sino de un lenguaje subterráneo que habla aún por nosotros con el invulnerable nombre de literatura. Pero no la relatemos hoy. Esta tarde sólo quiero que nos acompañen, a Najul, a Ramón, a Cuchi, a mí y a toda la gente de la UNEY, a festejar un acontecimiento muy especial para los primeros fundadores, con la alegría de quienes ya empiezan a ver los frutos de la tierra trabajada y compartida.
Venimos todos de un esfuerzo común, de un tránsito que no ha sido tan sencillo, como quizá a algunos les parezca, desde afuera o desde una mirada superficial, desatenta o prejuiciada. Lo cierto es que acá estamos, por encima de todo, en particular de las refriegas civiles de los nacidos, que diría Quevedo. Hemos llegado al esperado día de hoy, con todo lo que ello significa, en esperanza, en regocijo y en nuevos desafíos. Podría afirmar que hemos alcanzado un estadio donde las incertidumbres iniciales comienzan a verse como anécdotas, pero para fortuna nuestra, hoy tenemos otras cosas por descubrir, y muchas por continuar y mejorar.
Los integrantes de esta primera promoción de egresados de la UNEY constituyen para nosotros un elenco profesional de primera. No sólo por su calidad académica, sino, sobre todo, por haber incorporado a sus vidas y por haber acogido en su memoria personal, las huellas activas de la febril fundación de una comunidad universitaria que se pretende –y se sabe- movida por valores y no por los intereses de algún mercado económico o curricular. A todos les agradezco haber contribuido, primero con sus dudas, y después con su adhesión, a hacer más grata y fecunda esta aventura del conocimiento que no termina hoy para ustedes.
Una sociedad envilecida por el capitalismo, que ha llegado incluso al colmo de creerse perfecto e inmortal, seguirá viendo como extraños y subversivos a quienes recorren rutas intelectuales y ciudadanas diferentes a las trazadas por las fuerzas hegemónicas. Ustedes, graduandos, continuarán su proceso vitalicio de formación y de ampliación científica, librando ahora otras luchas, sorteando otras corrientes tan o más encrespadas que las que hemos sorteado juntos en la UNEY. Seguramente recordarán las enseñanzas de la Telemaquia y sabrán, de esa manera, solos, sin la ayuda directa de los mentores, abrirse paso, y más que eso, abrirle pasos a su pueblo, con la solidaridad que otorga la nobleza de espíritu y nunca el aliciente de alguna recompensa material.
Les toca desde este momento cooperar con la inserción profunda en el país –y quizá no sólo en el país- de una cultura profesional desterrada por el ya largo y agotador auge de los especialismos. Hablo de la cultura humanística, único continente para el conocimiento integral, para el horizonte ético de los oficios y de los funciones públicas (o privadas) donde la dignidad de los seres humanos no se encuentra ausente. Una cultura a contracompás de las tecnocracias, horras de preocupaciones sociales y displicentes antes las injusticias colectivas. Una cultura para el siglo XXI, participativa y democrática.
Les está asignada también una tarea estelar: demostrar la pertinencia, utilidad y riqueza profesional de sus carreras académicas. En un país donde ustedes son los primeros universitarios que egresan como licenciados en Ciencia y Cultura de la Alimentación y en Ciencias del Deporte, no es poca cosa ese compromiso, máxime cuando el sentido común sigue siendo el menos común de los sentidos, por decirlo con una vieja y cruel humorada de los ingleses. Así, algunos todavía no alcanzan a comprender las bondades prácticas del conocimiento integral que nuestras dos primeras licenciaturas apuntalan. Para nadie debería ser un secreto que no habrá pleno desarrollo alimentario o deportivo sin un conocimiento general, básico e integral que sirva continuamente de sustento a las políticas que en esas áreas se adelanten. No debería ser un secreto, reitero, pero lastimosamente, en el mejor de los casos, parece serlo aún para algunos. Modificar esa realidad y que nuestros avances conceptuales y epistemológicos en las materias mencionadas dejen de ser invisibles para la sociedad y para el país, en general, es obligación que ustedes ahora asumen con más fuerza. Cuidado. No se trata de hacerse visibles para que se les reconozca y se les admire, sino para que ustedes puedan ayudar al país que los está necesitando. Visibles para que puedan dar más y mejor y no para recibir de modo egoísta beneficios.
Con nosotros no está hoy alguien que soñaba con esta ocasión. Corrijo. Esta ocasión lo ha hecho presente de nuevo en nuestra casa, gracias al justísimo homenaje que ustedes, graduandos, le han hecho, al designar con su nombre fraterno y querido la promoción de la que forman parte. Carlos Miguel Castillo fue ejemplo de una de las virtudes que he mencionado. Pronunciemos siempre su nombre como testimonio de que hemos conocido eso que persistimos en llamar nobleza humana.
Con nosotros se encuentra alguien que creyó en este proyecto desde de su inicio, por encima de las explicables suspicacias que en esas horas –sólo en esas horas- algunas personas levantaron sobre la UNEY. Me refiero a Héctor Navarro Díaz, compañero de este viaje, hoy padrino de los graduandos y ayer padrino de toda la UNEY en unos escenarios donde eran más los descreídos que los colaboradores. A Héctor Navarro, nuestra admiración, nuestro respeto y nuestra gratitud.
No me creo dotado para el discurso celebratorio, género difícil donde los haya y peligroso por todo lo que suscita. La propensión a la frase hecha y la inclinación a la palabra más efectista que efectiva, son, entre otras, frecuentes tentaciones de la elocuencia, cuando no se es sabio al ejercerla. Como este es mi caso (ahora me percato de que acabo de incurrir en uno de los tópicos que estaba evitando: el tópico de la modestia), voy a limitarme a dar las gracias, no sin antes advertirles, que estaré con ello incurriendo en uno de mis vicios retóricos predilectos: copiarme de Borges, o simplemente, pretender que lo hago.
Así, gracias debemos dar al divino e inevitable azar concurrente,
por Lezama Lima, quien nos recordó que sólo lo difícil es estimulante y en cuya selva verbal seguimos errando todavía.
Por el paso seguro del mulo en el abismo, y por los otros versos que rezábamos los lunes en aquel taller de lectura que mantiene en nosotros resonancias.
Por la diosa de la danta que con el nombre legendario de María Lionza nos protege.
Por el amor, que nos deja ver a algunas personas como sólo puedan verla los dioses vegetales.
Por el arte de la amistad, la más ilustre forma de la cultura.
Por la poesía, ínsula extraña, música callada, vino adobado, cena que recrea y enamora.
Por los momentos que vivimos, prueba de fuego para la patria que renace.
Por la memoria de nuestros ancestros, anónimos o conocidos, héroes o briznas de paja en el viento.
Por los saberes creadores del pueblo que no se encuentran aún en el mapa de las academias y que son infinitos.
Por la música interior que nos habita, misteriosa forma del tiempo.
Por la perseverancia, por la fe, por la compañía que recibimos.
Por la imagen que en ustedes y en nosotros quedará de esta alegría. |