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Este acto académico es una celebración y no una clase.
Lo primero: quiero felicitar a los graduandos porque se lo merecen de verdad. Han culminado con éxito una importante etapa de su vida. El aplauso con que los recibimos hace un momento fue también una sincera manifestación de agradecimiento por haber confiado en esta universidad que ahora se enorgullece en otorgarles un título que no los libera de seguir aprendiendo sino que los compromete a ejercer responsablemente su nuevo rol: el de profesionales íntegros e integrales, en dos carreras novedosas.
Sabemos que tienen por delante un gran desafío, que ya sus compañeros de la primera promoción comenzaron a afrontar con muy bien pie. Quienes egresan de Ciencias del Deporte están conscientes del reto que supone crear y fomentar en el país una nueva cultura dentro del ámbito laboral que habrán de recorrer. Lo mismo quienes lo hacen de Ciencia y Cultura de la Alimentación, provistos de una visión no fragmentada del tema que estudiaron y que ahora habrán de trabajarlo en espacios donde, quizá, esa visión no ha llegado todavía. Les tocó ser pioneros como estudiantes. Ahora les corresponde ser pioneros como profesionales.
Tengo la seguridad de que ustedes sabrán recordar más temprano que tarde que esta universidad que hoy los gradúa no es un conjunto de aulas de clases destinado de modo exclusivo a la enseñanza convencional y a la expedición de los títulos respectivos, sino un espíritu que intenta crear y sostener una atmósfera espiritual de cultura y de arte y cuyo trabajo de extensión ostenta un rango y una dignidad semejante a las actividades de docencia y de investigación. No somos –lo saben- una fábrica de profesionales, sino una universidad que se debe también a su entorno y a la educación vitalicia de todos sus miembros.
También quiero felicitar a los familiares y amigos que con ilusión y sacrificio acompañaron y alentaron a los hoy licenciados en Ciencias del Deporte y en Ciencia y Cultura de la Alimentación durante su tránsito de formación universitaria. Esa otra universidad, la familia, es la Itaca de la que salimos y a la que esperamos siempre volver un día. A sus guardianes fieles, mamás y papás, o a quienes el destino convirtió en tales, va el cálido abrazo de la UNEY.
Y quiero –y debo-, además, felicitar a todos los profesores que entregados a la construcción de esta Universidad innovadora, dieron con esmero su valioso aporte intelectual, científico y afectivo para que estuviéramos acá esta tarde impregnados de la alegría que una secular tradición académica expresa en los versos latinos que dentro de pocos minutos escucharemos cantar en esta sala.
Lo hemos dicho en innumerables ocasiones, pero creo que no resulta sobrancero repetirlo en una como ésta: No habrá transformación para mejorar la sociedad si no nos educamos para ello. La educación es la mejor herramienta civilizatoria, pero no una educación entendida como proceso limitado al suministro de técnicas, de destrezas o de información. Me refiero a lo que UNEY se ha propuesto desde antes de su inicio: una educación para el civismo y la convivencia, es decir, una educación axiológicamente orientada hacia la formación de ciudadanos con capacidad para reflexionar y actuar en los asuntos públicos, aptos para llenar el ágora no de consignas sino de argumentos y buenas opiniones. Sabemos que no es tarea fácil ni corta. Se trata de una carrera de larguísimo aliento que demanda paciencia y rigor, tanto más si consideramos que ha de enfrentar la perversión de un sistema educativo antihumanístico que borró de sus contenidos la fraternidad y la solidaridad social y dislocó todos los valores. Necesitamos una educación para fomentar comunidad entre los ciudadanos, no para la fragmentación gremial y corporativa, propia de los fascismos. Necesitamos una educación para crear y robustecer una cultura de la crítica que incluya la autocrítica, y no para la simple locuacidad reivindicativa, ducha sólo en hacer bulla y reclamar reconocimientos para su narcisismo grupal. Necesitamos una educación para formar seres libres que piensen con cabeza propia y que respeten lo que otros también están pensando con igual libertad. Una educación para perserverar en las búsquedas intelectuales y para la consecuencia ética con los principios, no para la tozudez de la ignorancia. Una educación para el buen trato, para la gratitud, para la confianza y para la cortesía, que es a veces (¡oh, témpora!, ¡oh mores!) un acto más valiente y maduro que la valentía misma. Una educación que nos permita escuchar a todo el mundo, pero también distinguir calidades, validez e intenciones en lo que escuchamos de todo el mundo. Una educación para crear una república deliberante, cordial y culta, en permanente acción formativa.
Necesitamos también una educación que cultive el espíritu y la sensibilidad humanas y que nos prepare para la aceptación fecunda de la diversidad cultural, para la creación de lo nuevo y para el intercambio con lo que nos es extraño o extranjero, una educación, en fin, que reabra las puertas a los viejos dioses para ver si oxigenamos este mundo ahíto de razones o de sin razones cartesianamente elaboradas. Con esto quiero decir que debemos formarnos en la pluralidad de los saberes, incluidos los poéticos y los religiosos. ¡Cómo nos están haciendo falta los griegos, su mundo pagano y su paideia!
Roberto Calasso relató no hace mucho en uno de sus bellísimos libros una escena tomada del autor de “Las flores del mal”. Cito: “Cuenta Baudelaire que, una mañana de 1851, París se despertó con la sensación de que había acontecido `un hecho importante`: algo nuevo, `sintomático`, que sin embargo se presentaba bajo la forma de un fait divers cualquiera. Una palabra zumbaba con intensidad: revolución. Pero se daba el caso de que, en un banquete conmemorativo de la revolución de febrero de 1848, un joven intelectual propuso un brindis al dios Pan: `¿Qué tiene que ver el dios Pan con la revolución?`, había preguntado Baudelaire al joven intelectual. `¿Cómo?`, fue la respuesta. `Es el dios Pan el que hace la revolución. El es la revolución`. Baudelaire insistió: `¿Entonces no es verdad que ha muerto hace tanto tiempo? Creía que una fuerte voz misteriosa, que se oía desde las columnas de Hercúles hasta las playas de Asia, había dicho al viejo mundo: EL DIOS PAN HA MUERTO.` Pero el joven intelectual no pareció turbarse. Replicó: `No es más que un rumor; habladurías infundadas. ¡No, el dios Pan no ha muerto! El dios Pan vive todavía”. Necesitamos una educación que nos permita devolverle a la vida su fecundante misterio, su permanente llamado a la creación.
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Ayer el profesor Edgar Abreu, padrino de la segunda promoción de Licenciados en Ciencia y Cultura de la Alimentación y uno de los orgullos del cuerpo docente de la UNEY, dijo algo que la cultura envilecida por el lucro, la fama o el poder nos hizo olvidar dentro de los espacios pedagógicos, donde se ha privilegiado al “vivo”, al pájaro bravo o al habilidoso. Lo dijo con palabras sencillas y sabias que condensan todo lo que me gustaría expresarles hoy como recomendación. Las repito: sean buenas personas y crezcan como tales cada día.
Freddy Castillo Castellanos
San Felipe, 20 de julio del 2006. |