Discurso del rector en el acto de conferimiento del Doctorado Honoris Causa a Richard Páez
   
   
   

El campo de fútbol no es sólo una parte de la patria. Es muchas veces la patria misma. Confluyen en él todos los barrios, todas las escuelas y todos los pueblos de Venezuela, a través de sus jugadores y de su público. Pero no es ésta una realidad de siempre. Es ahora cuando nuestro interés y nuestra afición por el fútbol se han hecho intensa y extensamente general. Podríamos atribuirle muchas causas y algunos cuantos padres a este avance promisor del fútbol nacional, pero los cosas hay que llamarlas por su nombre y su apellido y en este caso, esa auspiciosa realidad indiscutiblemente se llama Richard Páez. 

Apostar por la calidad para producir una obra a la que no debemos pedirle perfección, sino constancia, afán de ascenso y capacidad para renovarse siempre, ha sido una de las manifestaciones más elocuentes de su trabajo al frente de la selección nacional de fútbol. 

En la UNEY pensamos que esa apuesta segura de Richard Páez, que nos ha deparado nada menos que un hito imborrable dentro de la historia de nuestro fútbol, nació de su talento pedagógico. Alguna vez le escuché decir a un célebre ex jugador de fútbol -que sin mayor experiencia llegó un día a Tenerife a entrenar al equipo emblemático de la hermosa isla del Teide-, que sólo le bastó para iniciar ese difícil aprendizaje haber descubierto antes que poseía una marcada vocación pedagógica. Ese hombre es Jorge Valdano, para quien el fútbol es también una pasión intelectual y una excusa para ser feliz en medio de las tormentas. 

“Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Con esta frase de Albert Camus queremos expresar el motivo fundamental que nos ha llevado hoy a conferirle a Richard Páez el primer doctorado honoris causa de nuestra universidad.

Gracias, Richard Páez, por haberlo aceptado. 

Gracias por recordarnos que el fútbol es una pasión y algo que quizá por obvio se nos había olvidado: un juego, un noble juego. 

Gracias por devolverle a la camiseta su dignidad y a los jugadores el orgullo por llevarla en toda las canchas. 

Gracias por defender la gracia y el decoro de un estilo de juego alegre, que es también defender una manera de vivir. 

Gracias por contribuir a restaurar en el deporte el espíritu humanístico y por hacer compatible su carácter lúdico con la sana competencia que representa su práctica. 

Gracias por asignarle al fútbol un valor ético marcado por el respeto a los antagonistas y por la solidaridad con los compañeros y con todas las personas que participan en el juego. 

Gracias por la lección de tolerancia y de convivencia que nos permite a los venezolanos unirnos en un reconocimiento unánime, por encima de todas las diferencias.

Gracias por ver también en el fútbol una actividad cultural y educativa y no sólo un espectáculo.

Gracias por recordarnos que en momentos en que intentamos transformar la sociedad, es necesario también, como lo escribió bellamente el poeta francés Arthur Rimbaud, cambiar la vida.

Gracias por aprovechar su gran capacidad de irradiación social para transmitirnos un entusiasmo genuino por la patria.
 

 

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