
La lengua en salsa
En el principio no fue el verbo. Fue la
candela, que una vez domesticada permitió la
aparición de la palabra. Desde entonces no
paramos de hablar, y entre otras cosas, no
paramos de hablar de cocina. Literalmente o
no, la cocina es uno de los temas más
sabrosos que conversarse puedan. Tiene la
virtud de convocar una amplia gama de
expresiones sensoriales que convierte en
goce especial cualquier evocación de una
comida excelente. Basta una tertulia acerca
de alguna comilona memorable para despertar
el apetito del más desganado de los
hugonotes. Bien sabemos que los estudiosos
de la lengua se sienten atraídos por esa
imponderable vivacidad del tema culinario.
Sería deseable que su interés vaya
acompañado de una buena sazón escritural,
tan poco frecuente como un “bienmesabe” de
restaurante que no resulte sólo una mala
torta de coco. No siempre merecemos las
inepcias del servicio, sea éste literario o
gastronómico.
Llamar a las cosas por su nombre exacto,
como quiso alguna vez el poeta Juan Ramón
Jiménez, no es sólo un asunto de
inteligencia. Es sobre todo un asunto de
sensibilidad. El pueblo, que siempre le ha
dicho pan al pan y vino al vino y que no
tolera la impostura, también es ducho en la
metáfora alimentaria, en el ingenio verbal y
en la ironía para nombrar platos y bebidas.
Son innumerables los ejemplos del buen decir
culinario que representan aportes al habla
cotidiana y que han hecho de los cocineros
unos estupendos creadores de palabras y de
dichos. La belleza de viejas expresiones de
la cocina, la sencillez de algunos nombres,
la picardía para denominar ciertos platos o
la impudicia para bautizar, por ejemplo, a
las catalinas, hacen del lenguaje de la
comida una enorme cantera de enseñanzas
culturales. Algunos idiomas desaparecidos o
a punto de extinguirse, pueden encontrar su
tabla (o mesa) de salvación en la cocina.
Olvidamos la lengua que aprendimos de niños,
pero nunca el olor de la albahaca. Perdemos
palabras, pero no el recuerdo de texturas o
de sabores disfrutados en la vieja casa. Esa
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de la memoria alimentaria ayuda
notablemente a la preservación de
lenguas y de culturas. Las numerosas
migraciones de hoy constituyen un
estupendo laboratorio para verificar
el anterior aserto. Estoy seguro de
que la posibilidad milagrosa de la
comida como santo y seña de la
identidad, mantendrá vivos a
nuestros abuelos donde quiera que
nos encontremos. No haber olvidado
el sabor del aliño que le ponemos al
pescado o su modo de cocción, es la
mejor manera de obtener |
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una pista para recuperar las
palabras perdidas de nuestra
infancia, las ancestrales iniciales
de la tierra, la poesía y la cultura
que nos pertenece y a la que
pertenecemos.
El lenguaje que usamos para la
cocina y la comida está lleno de
afectos, de sentimientos, de
historias, de memorias personales y
colectivas. Así, la olleta de gallo
será siempre para mí la imagen de mi
abuela tocuyana Ana París de
Castellanos. También el caldo de
leche de los desayunos, o el
alfeñique para la merienda, o las
hallacas que Cuchi tuvo la sabiduría
de hacerlas perdurables. Por virtud
de la cocina, recuerdo sabores y
palabras. Recuerdo el amasijo de
Abelardo y recuerdo la palabra
“amasijo” para nombrar
deliciosamente el pan de Tunja.
Todos tenemos la doméstica gloria de
esos paraísos.
Definitivamente, estamos hechos de
cocina y de palabras que se cocieron
en sus ollas.
Freddy Castillo Castellanos
Rector de la UNEY |
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