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EL CARUTAL REVERDECE EN
“PEONIA” |
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Caruto |
Sin duda al autor de Peonía
le gustaba el tomillo. Dos metáforas
culinarias dan cuenta de esa
predilección. La primera, al
comienzo del libro, como recuerdo de
su amor por Luisa, que le dejó en el
alma “aromas de tomillos y
violetas”. Y es con ese olor que
Romerogarcía da inicio a su novela,
pasando del duelo a la nostalgia y
de ésta a la orgía, en una abrupta
docena de líneas. La segunda, cuando
en trance de crítico literario, el
autor emprende una visión del
parnaso venezolano del siglo XIX,
demoledora a ratos, a ratos
celebratoria. Antes de hacerlo se
refiere a los versos que cantaba un
maraquero en una tarde de joropos.
Dice de ellos: “tienen sabor de
tomillo, ese olor de malvas y
albahacas, porque no ha ido a
nuestras cátedras de literatura”.
Podríamos tomar ese apetitoso rábano
por las hojas, dejarnos llevar por
los interesantes juicios de
Romerogarcía sobre algunos de
nuestros poetas decimonónicos y
discutir si Toro era mejor que
Bello, pero estamos obligados a
dejar esa provocadora arista de la
novela para otra ocasión. Ahora nos
convocan sus referentes
gastronómicos, a propósito del
sabroso seminario que sobre
narrativa venezolana y comida
estamos realizando en la UNEY.
La semana pasada concluimos la
lectura de Peonía. Sin temor
a pecar de exagerado, pienso que la
lectura resultó para todos una
fiesta, fiesta nada previsible si
consideramos la fama de la novela y
del autor, poco estimados por sus
virtudes literarias, de acuerdo con
la “crítica”. Pero la literatura
suele desentenderse de las
evaluaciones severas y permitir que
lectores ociosos como nosotros le
exprimamos el jugo, según el interés
lúdico o riguroso que llevemos a sus
páginas. Y eso hicimos.
Literalmente, preparamos “guarapo de
caruto”, como quien juega. Cuando en
la primera lectura, concretamente,
en el capítulo VII, nos topamos con
el caruto, se inició una gozosa
búsqueda entre nosotros. La
inmediata asociación con la
mundialmente conocida canción de
Simón Díaz, Caballo Viejo, no
se hizo esperar. Y por eso apareció
también el interés por el “guamachito”.
Así, el día que Pedro Cunill Grau,
autor de la monumental “Geohistoria
de la sensibilidad de Venezuela”
asistió a la clase, pudimos
compartir con él helados de caruto,
hechos por uno de los alumnos: el
acucioso profesor Leobardo Zerpa,
quien se hizo de una buena provisión
de la fruta en Pariaguán. Y para el
momento en que recibimos la visita
del poeta Ibar Varas, ya el guamacho
y su flor estaban en el aula,
llevados por Sayonara e ilustrados
por el estupendo relato de su suegra
quien evocó al guamachito como una
chuchería de su tiempo.
Luisa le ofrece a Carlos dulce de
mamey y guarapo de caruto en las
primeras páginas de Peonía.
Ahora el profesor Carlos Gazui, otro
aventajado alumno del seminario
gastronómico-literario, puede
hacerlo con sus compañeros de clase
y con su profesor, quienes esperan
pronto que las recetas leídas por él
se materialicen en una de nuestras
próximas sesiones. Tenemos
pendiente, además, el desayuno
sólido con “escudilla de frijoles
amanecidos, revoltillo de chorizos,
arepas y mucho café con leche” con
que se inicia el capítulo XX.
También “un pernil de váquiro,
cazado la víspera, que salía del
horno gritando a todo viento:
´¡Cómeme! ¡Cómeme!´” y que le hace
agua la boca a los lectores en el
capítulo XXIV. Eso, y más, espera su
turno en nuestras clases, dedicadas
a encontrar en la narrativa
nacionaal pistas para el estudio de
la alimentación en Venezuela.
Estamos conscientes de que nuestro
paseo por Peonía nos ha
conectado con varios temas
importantes vinculados a la mesa. No
sólo hemos detenido nuestra atención
en el menú de los personajes. Lo
hemos hecho también en su lenguaje,
en sus hábitos y en sus costumbres,
sin dejar de apuntar los trazos
sociológicos y económicos que
aparecen como telón de fondo de la
sencilla trama novelesca. Esos
trazos revelan el contexto de una
literatura, pero también de una
gastronomía. Mención especial
merece, por cierto, el excelente
glosario de “pronvincialismos” que
Romerogarcía incluyó al final de su
libro, probablemente el primero en
aparecer en una novela venezolana.
El seminario continuará con nuevos y
viejos libros. Mientras tanto, el
carutal reverdece, el guamachito
florece y la soga literaria sigue
resistiendo.
Freddy Castillo Castellanos
Rector