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COCINAR SOBERANÍA |
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Hebe de Bonafini no sólo ha prodigado lecciones de dignidad en la plaza. También lo ha hecho en la cocina, a la que considera un laboratorio para la transformación social y un espacio para la alegría compartida. Palabra más, palabra menos, así esta dicho en su reciente libro. Y lo que es más importante: así se ha vivido en el taller que desde hace tres años realiza en un lugar que fue siniestro y que las madres de Plaza de Mayo han recuperado para la cultura. Bien se sabe en nuestro entorno académico que a Hebe nos une desde hace tiempo la misma estimación por la cocina, por encima de las incomprensiones más tozudas o de los mezquinos “ninguneos” de los necios.
El libro de Hebe de Bonafini, Cocinando política sin que se queme, es, como su nombre lo indica con gracia y contundencia, un libro de cocina y política. El adelantado y heterodoxo pensador que fue Simón Rodríguez escribió una vez que quien no aprende política en la cocina no puede hacer buena política. Su frase no era sólo una metáfora -como tampoco lo es el elocuente título del libro de Hebe-, por la sencilla razón de que en la cocina se cuece algo más que comida. Se cuece nuestra cultura y ésta incluye, entre otras cosas, la política. Por eso, la cocina es una fuente inagotable de conocimientos y es también un lugar para el desafío antiguo de convertir lo poco en mucho. La polis nació en la cocina, alrededor del fuego. En la cocina se gestó una creación cotidiana y se desafiaron las carencias. Recordemos que los sabores más perdurables afloran casi siempre de la cocina pobre y sencilla, trabajada no sólo por el físico apremio de comer, sino también por la necesidad de amar. Sin duda, cocinar es un oficio que alberga una poderosa dimensión afectiva. También la política, aunque algunas bestias la ejerzan movidas sólo por el odio.
En este libro se habla de una experiencia culinaria, no separable en lo más mínimo de una experiencia política: la de su autora y sus compañeras de la Plaza de Mayo, adalides de los derechos humanos, que han sabido armonizar su labor cívica con la creación y difusión de diversos saberes, incluidos los alimentarios. Por ese sólido vínculo, en las páginas de Cocinando política, sin que se queme encontramos una permanente defensa de la cocina casera, contrapuesta a la moda gourmet. Esa cocina simple nos depara no solamente un gusto entrañable, sino también la restauración de una memoria y algo más trascendente: una libertad innegociable. Lo que llamamos ahora soberanía alimentaria supone necesariamente independencia en el gusto y en los fogones. Cocinar soberanía es cocinar política. Si sabemos hacerlo, no se quemará ni la una ni la otra.
Este libro da cuenta del acelerado proceso de erosión de nuestro patrimonio gastronómico, sobre todo a partir de la televisión como vehículo difusor de patrones ajenos a prácticas y costumbres culinarias propias. El peor efecto del colonialismo es la expropiación de la historia y la cultura, siendo el alimentario, precisamente, uno de los territorios más agredidos por ese morbo. Se nos impuso un tipo de consumo sin conexión con la tierra y se dio paso a la basura comestible y a la impersonal proliferación de mesas sin aura alguna para la convivencia.
Este libro también nos da una imagen de esa otra Hebe que quizá se conoce menos: la Hebe doméstica, pero siempre indómita, la Hebe que cocina y recuerda en ese bello quehacer a su madre y a su abuela. Con humor nos pasea por ese mundo del aprendizaje primordial (el de las afectos y emociones), refiriendo aquí y allá alguna anécdota o alguna travesura repleta de sabor y duende.
Este libro es un canto a la cocina y a la cultura gastronómica de Nuestra América.
Freddy Castillo Castellanos
Rector de la UNEY