UNA LLOVIZNA PARA LA MEMORIA Y LA ESPERANZA

 
   

 

"Mi estrategia es

que un día cualquiera (...)

por fin me necesites"

 

Mario Benedetti

 

Sentado bajo la sobra frondosa y suave de un milenario "Caracaro"; suelo ver cómo abuela con su alto talle, de pañuelo en la cabeza y sus alpargatas rojo-negro, conducía una manada de chivos a los linderos de "Musiú José". Era de tarde, tardecita ya. Abuela y yo solíamos tener esa rutina todos los días del año para que estos animales se sintieran bien en casa y no buscaran (sobre todo los chivatos padrotes) otros horizontes, otros lugares, donde pudieran terminar muertos, ocasionando disgustos y lamentos en el pueblo.

 

El zanjón de "Musiú José" era una depresión geográfica donde abundaba la altamisa, el cardosanto, el oreja e'ratón, el gamelote y las semillas de gusanillo. En lo profundo de la sabana se podía oír el canto de las guacharacas al caer el sol y el correrío de las perdices ante la presencia del zorro-perro y el viento soplaba fuerte como silbando flauta ante la diversión de la muerte en aquel zanjón donde dicen anduvo el "Mocho Hernández" en época gomera.

 

Recuerdo mi figurita delgada, con morral de cabuya al hombro, calzando viejas cotizas, con mis temores y preguntas detrás de la abuela Isabel. Gracias a su paciencia y sabiduría; propia de la vejez, mi memoria guarda cada uno de esos detalles suyos y míos en el cofre que me otorga la vida para evitar el sendero del olvido.

 

Este cofre cálido, hecho de concha marina, color de arco iris y oloroso a mastranto se llama: Recuerdos.

 

Hoy la casualidad me ha permitido participar en el Diplomado Formación de Cronistas del siglo XXI: "Gilberto Antolinez": que es promovido por la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy (UNEY). A través de él, he aprendido que todo este caudal de remembranzas no puede dejarse en la soberanía del olvido. Gracias a la sensibilidad de excelentes profesores tales como: Horacio Biord, Antonio Trujillo, Luis Alberto Crespo, Mirla Alcibiades, Leonel Muñoz, Edgar Colmenárez, Luís Molina (y su arqueología de lo que somos), Taylor Rodríguez, Freddy Castillo C. (y su sabor a las palabras). Orlando Bárrelo (con su místico abordaje de lo mítico y lo simbólico).

 

Todos ellos, a mi parecer, han trastocado de manera maravillosa esta manera de escribir hablando y bebo de ellos la sutil experiencia de hacer mi propia historia.

 

Cada día que entro a clases, mi alma sale fortalecida, llena de bosques de palabras, de ríos y mares mitológicos como el mismo mar Egeo. En tal sentido, miro a Marcelis con sus ojos de Orinoco crecido, a Soledad y su poesía infinita. Luis Orlando con su silencio prudente; a Daniela siempre reflexiva; Héctor y su voz de relámpago; Pedro con su humilde palabra cierta; Andrés y Rosana con el amor hacia los detalles bonitos; Eddy y su risa milenaria. Luis Paradas navegando en su sabiduría y sencillez; Jesús con su sombrero simbólico; Lisbella en su oficio de palabras; Rubén discreto y sabio; Noris preocupada por la toponimia de Obonte; Orlando Mendoza con el sacrificio maravilloso por la cultura de su pueblo; Marcelino relatando la memoria de Cocorote, miro a Marianela y Yamira sombreadas de ternura, José López y su candor por la historia, de Boraure. Isabel y su dulce sencillez de lo cotidiano, José Miguel con su silencio de palabras, Leonardo y su mítica ambrosía cultural, Ronald y esa bondad juvenil; Antonio con la expresión y la vida llena de talento. Todos somos esperanzas, vida, alma y renacer.

 

Y así con la mirada recorro el ambiente de estudios y llego a la feliz conclusión que todos nos hemos convertido en una familia colectiva que hace honor a la memoria de nuestro pueblo; utilizando para ello la crónica en sus más diversas expresiones.

 

Ha terminado la jornada, las penas y alegrías serán guardadas en el celofán del espíritu. Pronto llegaré a casa y continuaré mi historia del día a día con el canto de los gallos.

 

José Gregorio Cárdenas

 

 
   
 
       

 

 

 
 
 
 

 

 
 

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