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La
universidad de la cultura, por Freddy Castillo
Castellanos, rector UNEY
En otros tiempos la frase “universidad
de la cultura” habría sido
indiscutiblemente una redundancia. Hoy
en día parece una novedad e incluso, un
atrevimiento. Y es que el modelo de
universidad tecnológica que casi se
ufanaba (se ufanaba) de no tener vínculo
alguno con las humanidades, se impuso de
tal manera entre nosotros que nos hizo
olvidar una de las funciones que Ortega
y Gasset consideró fundamentales para
toda universidad: la función cultural. A
pesar de que ese modelo tecnológico fue,
en rigor, un modelo antiuniversitario y
académicamente limitado, aún hoy tiene
defensores a quienes yo prefiero llamar
dolientes, habida cuenta de que hay un
difunto de por medio: la universidad de
los claustros, aséptica, cientificista y
tecnolátrica. Por esa razón, cuando
hablamos de una universidad de la
cultura tenemos que hacer por lo menos
esa precisión, que no es otra cosa que
recordar la vieja relación entre la
educación superior y la cultura y que,
por lo tanto, no estamos siendo
originales.
Cuando hemos llamado a la UNEY
universidad de la cultura estamos
haciendo, en realidad, una constatación:
desde su inicio acá nos hemos propuesto
restaurar la presencia de la cultura
como tema central de nuestro trabajo
académico. Así, la UNEY no sólo ha
mantenido un discurso donde esa idea
figura como planteamiento fundamental,
sino también una actividad que la
respalda. Recuérdense los espacios
académicos Lengua y Tradición Cultural,
Filosofía de la Práctica y las cátedras
Etica de la función pública, El valor de
educar y Comprensión de Venezuela, así
como las numerosas acciones que hemos
desarrollado en el ámbito de la cultura,
entre las cuales una reciente permite
rubricar con elocuencia cuanto queremos
decir: el VII Encuentro iberoamericano
de Patrimonio Inmaterial, del que fuimos
no sólo sede acá en San Felipe y Guama,
sino también co-organizadores junto con
el Centro de la Diversidad Cultural.
La vocación de las universidades, su
perfil y su orientación no surgen de un
decreto, ni siquiera de un buen deseo.
Surgen de una realidad o de unos hechos
concretos. Por su breve pero fecunda
trayectoria, es posible afirmar que la
UNEY es en este momento una universidad
de la cultura. Además, nuestro esfuerzo
intelectual en el diseño de nuevos
espacios académicos, de nuevos pregrados
y de nuestros primeros postgrados, se
dirige a robustecer esa realidad. El
convenio que hoy firmaremos con el
Centro de la Diversidad Cultural se
inscribe dentro de esa línea maestra de
acción universitaria.
La pertinencia de dicha línea
programática es obvia. Venezuela posee
una de las pocas constituciones en el
mundo donde la cultura es un tema
fundamental, transversal, presente en
todos los ámbitos. Materializar esa
filosofía constitucional es un deber de
todos, en especial, de quienes
trabajamos en educación y en el llamado
sector cultura. Como estamos conscientes
de que no podemos seguir postergando el
inicio consciente y sistemático,
deliberado y firme, coordinado y amplio
de ese trabajo de formación, de
investigación y de creación, la UNEY y
el Centro de la Diversidad Cultural
suscriben un convenio que nos va a
permitir dar unos primeros pasos.
Queremos y debemos estudiar la cultura
integralmente y no sólo dedicarnos a su
difusión.
Queremos dar respuesta a los
requerimientos que nos plantean los
paradigmas de la diversidad cultural y
de los derechos culturales consagrados
en la novísima Convención sobre la
Diversidad aprobada por la UNESCO.
Una universidad que tenga clara
conciencia del carácter transversal de
la cultura, preparada para formar no
sólo profesionales, sino hombres cultos
y sensibles tiene que desarrollar
programas directamente encaminados a ese
fin y buscar las alianzas necesarias
para hacer ese trabajo con mayor
amplitud.
Una universidad que postule a la cultura
como la herramienta idónea para la
solución de nuestros problemas, dejados
en las manos de especialistas cada vez
más alejados de nuestro pueblo, debe
salir a la calle no para extender sus
saberes, sino para aprender de la calle
otros saberes. Que la universidad se
reconozca también como calle y como
pueblo. |
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