Para mí es un gran placer escuchar y saber que los que fueron mis grandes compañeros de aula, de pasillos y, en muchos casos, de largas caminatas a última hora de salida del turno de la tarde, sean ahora docentes de mi querida Universidad. Los recuerdos son muchísimos. En su gran mayoría son gratos. Cuando recorro el Estado Yaracuy haciendo mi trabajo vienen a mi mente infinidad de veces.
Los primeros años fueron duros para todos nosotros. No había transporte y los espacios deportivos eran muy retirados unos de otros. Cuando la gente nos veía con los libros en la mano y nos preguntaban “¿Ustedes son del IUTY o del CUAM?”, yo respondía enérgicamente: “¡No señor!!! Somos de la UNEY”. La gente desconocía totalmente lo que era la primera Universidad del Estado Yaracuy. En varias oportunidades muchas personas me preguntaron: “¿Las carreras que imparten allí son buenas?” y yo detenía lo que estaba haciendo y me ponía a explicarle las carreras que se ofrecían en la UNEY. Dentro de mis libros siempre conservaba uno o dos folletos informativos para dárselos a la gente con el propósito de que se animaran a estudiar allí, pero muchas personas me decían lo mismo: “No, yo me voy para Barquisimeto o para Valencia, porque aquí no hay vida!!!” Y yo les respondía: “Mucha suerte hermano, que le vaya bien”. Me sorprendía el hecho de que a muchas de esas personas yo mismo las había preinscrito y las había evaluado en las pruebas de destrezas para ingresar a Ciencias del Deporte.
Un día voy caminando desde el Terminal Nuevo, acompañado de Manuel Aponte “El Chévere”, como le decíamos en su época de estudiante y de Honorio Naranjo y vimos el aviso de un autobús, de esos que van para Cañaveral. El aviso decía: “5ta Avenida, Terminal Nuevo, UNEY y Cañaveral”. Estábamos en 2do año de la Carrera. Los tres quedamos atónitos y sorprendidos viendo aquella primicia. Llegamos al Ciepe y no lo habían abierto. Teníamos que esperar que el señor Manzanilla abriera la puerta para poder acceder al edificio. Mientras tanto, le comenzamos a contar a todo el mundo: “Hey, pusieron UNEY en los autobuses de Cañaveral” y todos reíamos sobre aquel gran evento.
Quiero escribir un libro sobre las anécdotas que vivimos como estudiantes. Pienso que muy pocas personas tienen la ventaja de ver nacer una Universidad desde sus cimientos. Yo la vi nacer desde un sótano del Ciepe y ahora la veo con 10 años y con unas bases muy sólidas y sobre todo con una gran visión de futuro y un personal humano increíble. En este momento conozco a menos de la mitad, debido a que estoy distanciado por razones de trabajo, pero mantengo contacto con mis compañeros que ahora son docentes de esta gran Casa de Estudios.
Recordar a la UNEY es ver cómo comencé a tejer mi vida profesional. Es recordar cómo se fusionan las Ciencias con las Humanidades. Es revivir la interacción Profesor-Alumno y verme, con anhelo y nostalgia, como el primer alumno regular inscrito en esta Casa de Estudios. Y es, además, saber cómo se fue formando, ladrillo por ladrillo, lo que es actualmente la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy.
Salvador Donadelli
C.I. 14.591.375
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